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Full text of "El Heraldo : Edición Mensual de Artes y Letras"

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EL HERALDO 

Edición Mensual de Artes y Letras 

I I H I r 



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Tomo 



INvimei-o 3 



I 



DIREaOR: 

Ed. A^uirre Velásquez. 



Guatemala, Agosto de 1910. 



V^: 



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C^í # #"#[! 



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Colección Luis Lujan Muñoz 

Univtfsidad Francisco Marroquin 

ww¥fLufm.edu - Guatemala 




Portddd Sur del Parque Estradd Cabrerd 




El Parque Estrada Cabrera 





Conferencia pronunciada en el "Comercial HigK School" de San 

Francisco California, por Joseph Branyas bajo los auspicios 

del " Boaíd of Education." 



Señoras, Señoritas, Caballeros: 

No debo ocultaros la honda satisfacci(5n «luí^ 
me ha causado la invitación del "Board of 
Education" de esta ciudad, á diritriros la pala- 
l)ra. No tanto por la honra, con todo y ser 
mucha, <iue para mi humilde personalidad 
sijrnifica. como por el interés aue esta impor- 
tantísima entidad educadora muestra por ta 
divulfiración de las manifestaciones hispano- 
americanas, diífnas, en verdad, de la más cari- 
ñosa observación y del más detenido estudio. 

Ditfánioslo, anuíiue sólo sea para estimular 
el interés lia<*ia los países de habla castellana: 
la América Latina no es conocida de los Estados 
l'niflosdel Nort»*: y como es un latino á <iui«'n 
le cal>e el honor de hablaros, no Muiero rxten- 
derme sobre esta verdad (lue ha de servirme 
de Introducción, sin apoyarme en una autori- 
dad amíTicana, en la de Mr. Charles B. Landis. 
<jur es la primera <iue acud«> en auxilio <!»• mi 
iiu'moria. por ser. acaso, la <iue tnií^ recií'nt*-- 
int'Mte sf ha maidfestado. 

Ku la sesión del Contrreso de la l'nión. del 2 
de nuiyo últlmt). dijo, entre otras «-osas, el 
honorable representante por Indiana: 

"Dentro dr cien anos, el historiador se admi- 
rará <le la evidentn falta de Interés inir i>arte 
d«' esta Kepúltllca hai'ia los paíst's y habitantes 
de este lu'mlsffrio. los cuales debían haber 
sido ol).iet<) df nuestra más viva soIlcUud." 
V más adelanlr: "Me consta <ju<' los F.staílos 
('nidos adolcee]! dr una falta <!<• concM'tmIento 
detallado acerca de la Ainérlea .Meridional, 
Cierto Ministro sudamericano nu- dijo hac»* 
poco, (int" la luensa de Kuropa iuibll«'a en una 
semana unís noticias de Sud- América, ipie 
la americana en lodo un año. Soy de la oplidón 
ríe (luc. auuí. en los Kslados ('nidos, «leln» Inl- 
ciars(> una cann>ana de instrueiMón sobre la 
América Latina, y creo une esa (*ainpaña <U«)h> 
ser lnsi)lra<ia ttor esta Cámara. ()i>ino «)ue In 
irr:iíuU'/;i ,\ el iHWvmii- «le aijiJcl Contincntr 



deben ser pregonados en riuestrosoentros Indus- 
triales, escuelas y colesrlos: que del>en ha«*ers«« 
patentes á nuestros capitalistas y obreros. iK>r- 
<jue en nintruna parte ericontrarán mercado 
más prometedor: uue deben ser inculcados en 
la mente de los jóvenes americanos<iue buscan 
campos'en donde el «^enio tensra ancha esfera 
de acción y en donde riuedan tranar victorias 
intelectuales y materiales.". 

"A mi juicio, ha Iletrado el tiempo de que los 
habitantes de los Estados T'nldos dedluuen 
atención preferente á la América Latina. De- 
bemos determinarnos á í'ultivar su trato para 
conocernos mutuamente, y es M>truro que esa 
dett'rmlnación sería corresiwndlda conllal- 
mente iK>r los habitantes (U> ««sas veinte Kepii- 
blicas, pues no s«)lo de nuestra parte existe 
estedeseo. sino también por la de ellos, liemos 
cambiado con la .\mérica Latina al»runns visi- 
tas. Debemos hacer unís. Es pre<'lM> que ma- 
yor número de luiestros i^intpatrlotas apitMula 
los Idiomas qiu» se hal»lan en aquellos i^íst's. 
y que. reclprtx'amente. ma.Nor n»1men> <le sus 
habitantes estudie el nueMtx». NI tan siquiera 
un cinco |M>r ciento de los americanos que van 
á la América Latb>a hablan el castellano: en 
cambio, el noventa iH»r «-lento de los eun>|HH»s 
lo hablan. No exai^'n) al decir que la .\mMoa 
Latina ofrece en la actualidad, mií.squenliMnin 
otro país. trramleso|H>rtunldadi*sá la nmblcItSn 
letrítlma. ¡5 la pericia y al jnMilo. A h*> trlunfof» 
y á las victorias IntelíM'tual»'!» f> Indu^trlalesi." 

La opinión «le Mr. Charles H. I^indls. estit. 
señores, nuis c<*nerall/aila tle lo que á primera 
vista pudiera cr»M'rse: yá nuestn» particular 
aml»ro. el II. .Ii>hn Harret Dlre^Morde la t>llcl- 
na Internacional de Itepúbllcas Americanas, 
con «lulen la América Latina ha «*ontra(do una 
irran deuda de ^'ratltud. déliene. en su mayor 
parte, esa k'ran ««orrlente de Inter^ y slmitatfa 
íiue «M«ple/a á extenilerse bada el sur del 
Conllnenl»'. 

No «*a)H' en mis pretensiones el mttst raros, en 
el transcniNíMh* esl«.s con f enriólas, lo que es 



■;.{ 



la América Latina, por ser materia muy supe- 
rior á mis escasas fuerzas. Sólo deseo intere- 
saros en su estudio: y, si como espero, mis 
pobres palabras os inducen á más serias inves- 
tigaciones, me daré por bien recompensado de 
mi trabajo. 

*** 

Voy á permitirme hablaros— y eso con objeto 
de Se-guir un orden g-eográfico— de la más im- 
portante de las cinco Repúblicas que componen 
la América del Centro, de Guatemala. No me 
ocuparé de la gran República Mexicana, por 
grandes que sean mis simpatías hacia ella y 
por interesante que sea cuanto á ese privile- 
giado país se refiere, por haberlo hecho ya tan 
competentemente en este mismo recinto, mi 
estimado amigo el ilustrado profesor, Mr. Jas 
Reade Watson. Por otra parte, México, por 
sus facilidades y por la cuantía de los intere- 
ses americanos allí invertidos, os es ya familiar. 
Trataré, pues, por hoy, de ese país en donde 
la Naturalela prodigó tan generosamente sus 
exhuberancias, que hasta á la Libertad dio 
símbolo: el Quetzal. 

Un viaje á la capital de Guatemala es el más 
interesante y cómodo de los viajes que pueden 
ofrecerse al tourista. Al pie de la grande 
arteria que divide en dos á la populosa ciudad 
de New Orleans, halla el viajero los magníficos 
vapores de la United Fruit Company. construi- 
dos especialmente para servicios tropicales, 
de corte moderno j- servicio esmeradísimo, 
con todas las comodidades que pueda apetecer 
el más exigente viajero y con servicio de tele- 
grafía sin alambres. Todos los martes sale 
uno de esos vapores veloces directamente hacia 
Puerto Barrios, que es la entrada que Guate- 
mala ofrece en el Atlántico. 

Durante nueve horas, el vapor sigue la co- 
rriente del gran Mississipi, de verdes y fantás- 
ticas orillas, que con sus caprichosas vueltas 
parece dar á entender lo mucho que siente 
dejar el territorio de la Unión Americana, y 
que, aún á su pesar, llega al delta en donde 
este río que ha fertilizado millares de acres, 
Que ha movido las más potentes turbinas y 
sobre el cual se han reflejado coquetamente 
las más hermosas ciudades, se divide en tres 
brazos antes de rendir al Océano ei tributo de 
su nombre y de sus aguas. El vapor deja la 
costa americana para atravesar el gran Golfo 
de México en busca del de Honduras, al que 
llega á los tres días después de haber doblado 
la Península de Yucatán. 

La puesta del Sol en el Mar Caribe, es uno 
de los espectáculos que más maravillan al 
viajero. Diríase que el astro rey funde su oro 
en el gran crisol del Océano y que el agua 
hierve. La vista no se cansa de admirar esa 
bellísima apoteosis de la Naturaleza. El fir- 
'mamento asemeja un gran incendio: y cuando 



el ascua inmensa se ha apagado, cuando aún 
se creen oir los últimos chisporroteos, va ad- 
quiriendo un bello matiz lila, que se convierte 
en violáceo antes de ser morado para rendirse 
á las tinieblas. 

Al día siguiente se llega á Puerto Barrios. 
Son tres días de viaje deliciosísimo; y tan corto- 
espacio de tiempo nos ha bastado para tras- 
ladarnos de las populosas ciudades de los. 
Estados Unidos á las selvas vírgenes de los. 
países tropicales. La bahía de Puerto Barrios, 
para el que por primera vez siente en su rostro 
la dulce sensación del cálido beso, ofrece un 
espectáculo al que no nos llevaron nuestros 
más bellos Isueños. Mientras el vapor camina 
buscando un buen fondeo, el panorama se 
acerca y se aleja de nuestra vista, ante la 
que presenta sus múltiples y variadas perspec- 
tivas, tal como podría hacerlo una cinta cine- 
.matográfica; pero con la ventaja de la realidad 
y del colorido. Un vaporcito conduce al viaje- 
ro hasta el muelle, en donde se encuentran la. 
aduana y la estación del Ferrocarril del Norte, 
con servicio de telégrafo y cable. Para todo- 
viajero, el servicio de aduanas es una pesadilla, 
sin embargo, puedo aseguraros que he recibido 
mayores molestias en las aduanas de Europa 
y de los Estados Unidos, que en la de Puerto 
Barrios. En Guatemala, jamás se mira con 
recelo al viajero, y 'el empleado público os 
sonríe como si os diera una silenciosa, pero elo- 
cuente bienvenida. 

Lo que primero llama la atención al poner 
el pié en tierra guatemalteca, es un cuadro^ 
gráfico, lujosamente editado por orden del 
Presi Ifnte de la Repilblica. en el que se dan 
toda ('.asede instrucciones prácticas para com- 
batir >• prevenir la fiebre amarilla, que,— dicho- 
sea de paso— ha dado los mejores resultados. 
Casi todos los empleados hablan el inglés y el 
español, y amablemente os proporcionan cuan- 
tos datos y noticias necesitáis para seguir 
vuestro viaje á la capital. 

Al día siguiente— el cuarto día de viaje — 
sale el tren por la mañana hacia Zacapa, á. 
donde deberá llegarse sobre las tres de la tarde. 
Durante algunas horas, toda la flora tropical 
que en minúsculos ejemplares habéis admirado 
en los invernáculos de nuestros jardines botá- 
nicos, van desfilando ante vuestra ventanilla 
en la más bella y admirable de las confusiones. 
Arlx)les seculares, gigantescos, de extraordi- 
narias hojas y preciados frutos, por entre los 
que se encaraman infinidad de plantas trepa- 
doras, que los unen y adornan con sus flores, 
formando las más caprichosas y matizadas^ 
guirnaldas. De vez en cuando, hienden el aire 
asustadas las aves de plumas metálicas y rojos, 
matices, como pinceladas fugitivas de sangre 
y oro, rasgando el azul purísimo del espacio 
para Ir á perderse en las frondosidades de una 



74 



vegetación exuberante y única. El ronco res- 
pirar de la locomotora por entre la fragosidad 
de aauella naturaleza virgen, os hace el efecto 
de esos monstruos que debieron poblar aquellos 
parajes en épocas antidiluvianas y aue avan- 
zarían por entre las selvas, tronchando á su 
paso árboles seculares para ir á extasiarse 
ante la salida del Sol. 

El tren se desliza sobre esa serpiente de acero 
bruñido y empieza á culebrear y á encaramar- 
se tan pronto como encuentra al impetuoso 
Motagua. ¡Es un río hermoso el Motagual 
pero caprichoso y juguetón como todos los 
ríos. El tren es más juicioso; parece como si 
cumpliera un deber. A pesar de eso le sigue, 
sólo aue cuando el río juguetea demasiado, el 
tren pierde la paciencia y lo cruza ; á veces lo 
hace porque le teme, pues hay que tener en 
cuenta que cuando el río murmura en señal 
de protesta, se hace imponente y; á veces, se 
torna agresivo. El tren sigue, como despre- 
ciando á la naturaleza esclava, y llega á Zaca- 
pa antes de que el sol se vaya. Los viajeros 
encuentran un confortable hotel en donde des- 
cansan hasta la mañana siguiente en que se 
sigue el viaje á Guatemala. 

Se está en la montaña y se va hacia la mon- 
taña. El tren siempre subiendo y el río siem- 
pre bajando: sólo á la vuelta están de acuerdo. 
Esta circunstancia hace al Motagua más impe- 
tuoso pues con la velocidad del tren la corrien- 
te del río aparece más rápida, Los silbidos de 
la locomotora, al salir estridentes de sus pul- 
mones de acero, repercuten en todos los ámbi- 
tos de aquella ciclópea sala de granito, como 
si todos los l)arrancos acusaran recibo del 
tiviso, y el tren parte de nuevo. Vuelve á cu- 
lebrear y á escalar ma.vores alturas, mientras 
el Motagua se estrella en cada revuelta como 
molestado de (lue el hombre haya cambiado la 
forma de su lecho. Más, el tren sube: sube sin 
cesar, encontrando á cada cumbre que con- 
■qulsta otras cumbre^s <iue escalar, oyéndose el 
resuello del monstruo fatigado <iue á cada 
palpitación despide l)ocanadas de fuego y humo 
como los simbólicos animales del Apocalipsis^ 
cuando t'cllpsaban ai Sol. Por fin cruza vleto- 
rlosamente, magestuosanuMite.como oi caudillo 
vencedor (lue liega del c()ml)ate. el atrevido 
puente d(> Las Vacas. C'oire algo más. se des- 
liza á lo largo de pintorescas llanuras y. á 
poco, su silbato ex líala un grito alegre y yix)- 
longado, como si dijera: ¡Aquí esloyl 

Son las tres (U* la tarde y sólo hace cinco 
diasque dejamos la ciudad do Now Orlcaius. 



Hasta luvce poco, las dudados vcstíanso antos 
de calzarse. Hoy se calzan y después so vl.sion. 
Los municipios «iue son los quo cuidan do la 
toilette de las url)cs, no siempre han sabido 



guardar la relación debida, lo que nos permite 
ver aún á ciudades que calzan relucientes 
zapatos de charol y van vestidas de andrajos, 
y otras muy emperifolladas que calzan zoolos. 
Bajo este aspecto, Guatemala, no ofrece nin- 
guno de estos extremos. Embaldosadas unas 
y enladrilladas otras, sus aceras son cómodas 
diciendo muy bien bajo la pesada arquitectura 
colonial de la mayor parte de sus edificios. 

Hagamos notar una vez más, que las ciudades 
son un reflejo fiel de los pueblos y que en la 
vieja arquitectura de sus construcciones se 
pueden leer página por página todas las etapas 
de su pasado, así como podemos deducir de 
sus modernas construcciones, el espíritu con- 
servador ó progresivo de su carácter. Es ello 
tan cierto, que aún en presencia de una ciudad 
abandonada de sus moradores, podríamos adi- 
vinarlos con sólo exartiinar el orden arquitec- 
tónico de sus últimas construcciones, y como 
que lo primero que uno ve de una ciudad cual- 
quiera, son sus edificios, á ellos nos referiremos 
por si el tiempo de que disponemos no nos 
permitiese abrazar otros aspectos. 

A pesar de las exigencias de las grandes 
industrias y la necesidad de construcciones 
rápidas, que cohiben, en parte, el desenvolvi- 
miento arquitectónico de los Estados Unidos, 
condenándonos á los órdenes jónicos y dóricos. 
sin que i>or milagi-o demos con una mala ojiva 
ni con un mal friso, que entre el aniultralío y 
la comiza nos muestre un motivo cualquiera 
de ornamentación pura, se ve la necesidad d* 
un desarrollo rápido y la carrera vertiginosa 
de un pueblo hacia un risueño porvenir. l\>r 
el contrario: en Europa, aparece la unidad 
arquitectónica dentro de una varU»dad exu- 
berante que carífcteriza y muestra la estabili- 
dad y las raíces profundas tle aquellas soi'lwla- 
des, y de entre los graiuhvs t\)rnlsament«.w 
sostenidos iwr robustas cariátides ó prlmonieaLH 
cartelas; por entre las t>strla«las ó ventrudas 
columnas que rematan en corintios cai»llolt«íi 
de esbeltas palmas, surjon alix>sas esas caladas 
y puntiagudas torres quo nln»vldas iH*ni*tran 
en la Innu'usldad del olor, y quo más pnrotvu 
obra th' la aguja quo dol clnct»l: hv ahí In for- 
mación y desarrollo do una stKM»Hla«l clrn vwt's 
conquistada en la quo cada raxa ha omtUo !»u> 
páginas é impreso su clvlUxachSn. 

Volvamivs á .Xniérloa. A la América histórica. 
y si« v»'rá tiuo en osas irran<loi* urbmd»! 8uJ*. 
como (>n Humos Atn»K. un a Utirarrftdo conjunto 
d<> dlvortMM órdenes on una w>la fábrica, nos 
muestra la heterogteea Inniiirraoión quo con- 
vierte las selvas en campos y que trata también 
do Imprimir su flsonomfa propia, su sollo par- 
ticular on las construcciones. No delata un 
rotf<Miora(K>r Individualismo, porque bay timi- 
dez y falta pureza. En realidad, podemos decir 
quo es una ciudad de arquitectura hfbrlda. 



- 75 - 



porque son pocos los edificios (jue conserven 
\in orden en to<los sus detalles. Lo mismo se 
observa en México, precisamente porque domi- 
nan las mismas circunstancias. En estas ciu- 
dades, no hay para que buscar ese hermoso 
titubeo que precede á los «randes cambios: no 
le hay. No se ve la conquista de la ojiva sobre 
el capitel bizantino, ni la emoción -digámoslo 
así — que debieron sentir aquellos artífices, 
antes de lanzarse de lleno á perforar las altu- 
ras. No podemos setruir el proceso que si^ruitS 
el bizantinismo antes de rendirse al erótico ni 
hallar las huellas de las rechonchas y pesadas 
columnas sajonas que le sucedieron. ¿No nos 
dicen claramente esas construcciones híbridas 
que se están amontonando materiales para la 
formación de un jfran pueblo? Porque hay 
que hacer notar, que, aun sin pureza alíruna, 
vense las huellas del trenío. y sin que por eso 
deba entenderse que Buenos Aires deja de ser 
la primera ciudad de la América Latina como 
México es la set?unda. 

Guatemala nos ofrece también su observa- 
ción, aunque ella nos lleve á otras considera- 
ciones. Ni es una ciudad nueva como las de 
los Estados Unidos sin huellas de su pasado, ni 
Koza todavía el priviletriode una j?Tan inmigra- 
ción. Suspáírinas de piedra corresponden en 
su mayoría al pasado, escritas entre salmos .v 
edictos, pero su fisonomía urbana ofrece evi- 
dentes señales de un hermoso despertar. No 
hay timidez en su orientación, acaso ixirque 
es más personal que colectiva, y lo (lue se 
observa á la primera vista es una latruna que 
ofrece el más l^llo contraste. Diríase que, 
durante cien años, aquella metrópoli ha estado 
despoblada, puesto que es la historia de un 
siglo la que falta por escriblí*. *Entre dos cons- 
trucciones coloniales, la Catedral y el Palacio, 
levántase el esbelto monumento á Colón, de 
erraciosas líneas, siempre rodeado de flores, de 
música y de hermosuras. Os escurrís por entre 
casas señoriales de corte monástico que no 
parece sino que les acaban de borrar los escu- 
dos nobiliarios .v por entre cuarteles que osten- 
tan los más raros mascarones, y vais á dar al 
Paseo de la Reforma, esa hermosa y amplia 
avenida que está reclamando un obelisco, por- 
que quiere llamarse de los Campos Elíseos. 
Al lado de esas creaciones pasadas de columnas 
amontonadas unas sobre otras, aunque bellas 
en sus detalles producto de la fiebre construc- 
tora de Carlos III, os halláis con lindísimas 
fuentes, esbeltos kioscos y jn'upos escultóricos, 
como flores que el arte derrama para romper 
la monotonía de un solo orden. Dirigios hacia 
el otro lado, y después de atravesar el más 
lindo de los parques al que la ciudad ha dado 
el mejor de los nombres, el de su Gobernante, 
seguís por una amplia avenida, la del Hipó- 
dromo, orillada de chalets que os parece haber 



visto ya en los Estados Unidos, .v os halláis 
ante ose templo frriesro. dedicado por el primer 
ciudadano de la nación á la juventud estudiosa, 
simbolizando aquella diosa que salió armada 
de la cabeza de Júpiter. Sorprende pues, muy 
agradablemente por cierto, dejar el orden dó- 
rico colonial para encontrarse con una arqui- 
tectura moderna sin haber hallado un orden 
transitorio que los eslabone. Mas. hay que 
t«>ner en cuenta, (lue cuando el cañón retumba 
el cincel duerme y por mucho que lo lamente- 
mos, no podemos evitar que lo <iue ha sido 
haya sido. 

A la .Vdministración Pública actual, débense 
una sei-ie de edificios que emVtellecen á la 
ciudad de («uatemala y á otras de la Repúbli- 
ca, en los <iue se imparte una educación racio- 
nal, práctica y moderna y en los (jue se enseñan 
las ciencias y se practican las artes. Y si bien 
de hecho no existe la enseñanza bisexual la 
educación de la mujer es estimulada y su 
importancia social, bien comprendida. 



Guatemala cuenta con medios bastantes para 
satisfacer las necesidades y aún las exigencias 
del hom>)re de mundo. Tiene buenos hoteles, 
magníficos servicios públicos, lujosos carruajes 
de al<iuihn- como .sólo se encuentran en las 
grandes urbes, un teatro espléndido, anchos y 
l)ien conservados paseos, banias de música, 
que interpretan las más difíciles producciones- 
en los parques pvíblicos, y almacenes en donde 
se venden las últimas creacionos de Londres, 
París y New York. No le faltan tampoco 
atraccion»'s artísticas: tiene una buena biblio- 
teca nacional, y, en general, dispone de cuanto 
constituya la vida civilizada: pero lo que la 
distingue de muchas otras ciudades y que la 
hace sumamente atractiva, es su hospitalidad. 
No es la acogida ceremoniosa y reservada que 
el viajero recibe en ciertos países ni la calurosa 
aunque efímera con que se le acoje en otras 
partes: en Guatemala, ese país tan cono(;ido 
por la región de la eterna primavera, el lou- 
rista encuentra una cultura social muy elevada 
y desde los primeros momentos presiente <iue, 
al marcharse, dejará convertidas sus relacio- 
nes en amistades que no se olvidan. 

Su movimiento intelectual ha ad(iuir¡do en 
los últimos años gran desenvolvimiento. En 
literatura puede decirse que. con Colombia, 
marcha á la cabeza del movimiento literario 
hispano-americano. Sus ixx^las correctos é 
inspiradísimos, riman la naturaleza .v las afec- 
ciones humanas con verdadera exuberancia de 
vida y de color. Las bellas artes hállanse 
algo estacionadas poniue. á pesar de lo mucho 
que el (iobierno se interesa en promoverlas» 
faltas de un gran movimiento industrial, care- 
cen de campo donde desarrollarse; á pesar de 



76 — 



esta circunstancia desfavorable se nota en 
ellas alfíún profrreso; pero las artes gráficas 
son cultivadas con provecho positivo en Guate- 
mala: el dibujo, el grabado y especialmente, 
la tipografía, rayan allí á írran altura. De la 
Tipofírafía Nacional salen trabajos á los (lue 
las casas de Chicago y Leipzic no desdeñarían 
poner su pié de imprenta. 

La Música, hermana déla Poesía, halló siem- 
pre en Guatemala ancho campo á sus inspira- 
ciones. En Guatemala, como en casi todos los 
países tropicales, el sentimiento de la música 
es innato, sin aue sea exclusivo de las clases 
educadas. La mar^imha. instrumento primitivo, 
lo manejan á maravilla las clases populares, 
interpretándose con dicho instrumento las más 
difíciles produ<'ciones y produciendo sonori- 
dades de gran originalidad. Actualmente, 
algunas fomi)aííías marimberas están cose- 
í'hando aplausos de los públicos europeos quie- 
nes con mucha justicia las han celebrado. 

Siento que el tiempo haya volado con tajita 
rapidez, porque hubiese aprovechado con gusto 
la oportunidad de ser (\scu«'hado con tanta 
at<'nci(5n ; pero otras se me han de presentar 
en las (lue os hablaré con ma.vor e.xtensión de 
la rica (iuatemala. Hoy ya no me es posiljle 
al)arcar otros aspectos cuyo estudio sentiría 
interrumpir, y. aain«iue no he logrado en esta 
conferencia e.xponer una idea completa del 
país (iu(í nos o<nipa. trataré de hacerlo en las 
sesiones pi'óximas. I'refieio aprovechar los 
minutos <iue aún nos concede el Reglamento, 
para hablaros algo del hombre á (luien la 
nación colocó en la (tumbre del Poder, del Lie. 
don Manuel Estrada Cabrera y del «lue sin 
duda alguna tenéis. los más conlradictoi'ios 
anteíM'dentes. 

Vo os ruego (|ue. ))or un momento, olvidéis 
todas las leyendas y os desi)ojeis de todos los 
lipí'juicios. No creo necesario deciros, - poniue 
no lia de escapar á vuestra fina penetración - 
(lue las pasiones políticas llegan á alterar 
l)r<)fun(lamente los hechos y á o.s<;ur('cer las 
más l)rilhintes figuras. ()se.stoy hal)landoexen- 
lo (le toda prevención, sin exiK)ner aquí parti- 
culares o))inlon»'s (lue no «-uadran con el carái*- 
tei- de estas confei'encias meramente Instruc- 
tivas. Relato y «'omunlco observaciones é 
Impresiones; no »>nilto juicios. 

De uiui entrevista que luve con el Lie. Don 
Matniel Estrada Cabrera, pude sacar deduce 
clones muy significativas. En primer lutfur, 



la facilidad que tiene el viajero que visita 
aquel país en estrechar la mano afectuosa y 
noble de aquel mandatario: en segundo, el 
interés que ha habido por parte de sus enemi- 
gos políticos en presentarlo de una manera 
muy distinta á la que es. 

Estrada Cabrera, es hombre fácilmente ase- 
quible. Basta solicitar de él una audiencia, 
para conseguirla en cuanto se lo permiten sus 
múltiples ocupaciones. Es la única vez que 
he logrado interviewar á un mandatario sin 
presentaciones ni molestias, y yo os fío que el 
(lue llega á hablarle recibe las más ainradablen 
sorpresas. 

Sin la menor ceremonia, con la mayor senci- 
llez, se presenta ante vosotros un hombre de 
regular estatura, algo grueso, con una sonrisa 
indefinida de innegable lx)ndad, vestido sin 
la menor pretensión de elegancia ridicula. 
aunque correcto y sencillo hasta el extremo de 
no ostentar la más Insignificante joya. Por 
medio de la más seductora de las conversa- 
ciones (iue revelan una educación completa y 
una ilustración vastísima, os habla de ix>lftica 
ó diserta sobre sociología, con la fácil se«ruri- 
dad de (juien .se mueve en su propia esfera, 
sin el menor e.scarceo retórico ni alarde alguno 
de erudición. Después os pregunta iwr vues- 
tros negt)clos, se Interesa por vue.stro viaje. 
dejándoos la Impresión Imlxjrrable «lue siirue 
siempre al conot'imlento de un hombre iwr 
mil conceptos superior. 

Esta sencillez y apa<"lbllldad cultren una 
energía y una actividad que le i>ernilten dedi- 
car dle/ y seis horas diarias al despacho de los 
negocios i)úl)licos. Es cierto que tal energía y 
una muy clara concejx'lón tie las cosas, era 
necesaria de toíio punto i)ara ivloi*ar á (iuate- 
mala en la situación prósp«'ra y claramente 
progresiva en »iue hoy se halla: iH?ro también 
lo es <iue sólo una naturaleza privlleffiada 
í'omo la de.Estrada Cabrera es capaz de dt»sa- 
rrollar tan gran esfuerzo. Hoy (iuatemala m» 
halla á la altura de los pueblos más aptos para 
la <*ompleta conquista de la (Mvillzaclón. y lo 
(iue falta imv ha«*er esya del exclusivo dominio 
de la colectividad. En realidad. pu«Hlt> «xuar 
de la reparatlora satlsfmvlón tiel deU»r cum- 
plido: iH'rosu <>spírltu eniprendedor y xu Infl- 
nito amor hacia el pueblo no le permitirán 
abandonar .su obra social. 

HE DICHO. 



77 



MI PRIMA 



( CUENTO > 



"Recuerdos de aquella edad 

De inocencia y de candor. 

No turbéis la soledad 

De mis noches de dolor. 

Pasad, pasad, recuerdos de aquella edad. 

Mi prima era muy bonita " 

Guillermo Blest Gana. 

Y realmente lo era. Más bien dicho, debe 
serlo, porque está viva y porque 

*■ — mi prima en mi memoria, 
Jamás, jamás envejece: 
Y siempre está como estaba 
Cuando según me parece. 
Ya sus catorce contaba," 

Ella era mayor que yo, puesto que ya contaba 
catorce años, cuando yo sólo tenía seis. 

Circunstancias de familia habían disuelto su 
hog-ar: y ella, del Coleg-io fué directamente á 
mi casa donde mi Madre, bondadosa y tierna, 
la aceptó y la quiso como si realmente hubiera 
ííidosu hija. 

Yo la acepté también como hermana. Era 
ella tan dulce en su cariño, de intelig-encia.tan 
despierta, y tan discreta, que en mi casa ocupó 
el lugar de la hija que Dios negó á mis padres. 

¡Cuántas caricias llenas de inocencia y de 
candor nos prodigábamos ambos! Sus gustos 
eran los ipíos: iguales nuestras afecciones é 
idénticos ideales acariciaba nuestra, mente de 
niños. 

Solía leer las novelas en voga. "María".de 
Jorge Isaacs, "Amalia" de Mármol. El Expósi- 
to.Luisa, la colección de Pérez Escrich y otras 
por el estilo: y los apasionados versos de Acu- 
ña; y cosa rara, yo amaba los seres que ella 
amaba : comprendía su lectura y fijaba mi ima- 
ginación infantil en la trama de la obra. 



Mis Padres, sin ser ricos, tenían una posición 
desahogada y eran dueños de una hermosa pro- 
piedad, ubicada en los alrededores de esta Ca- 
pital. 

Allá nos íbamos con mi Madre á cuidar nues- 
tros intereses, cuando por Agosto llevaban 
ganado á repasto; ó por Noviembre y Diciem- 
bre á cosechar maíz ; y entonces era de vernos 



correr juntos á pié por la extensa llanura ó á 
caballo en dirección de los baños, que eran 
deliciosos. 

Los amigos de la familia, con aquella honesta 
y respetuosa familiaridad que ha desaparecido 
de entré nosotros para dar lugar al lujo diso- 
ciador y á una ridicula etiqueta, organizaban 
días de campo en que no faltaban la guitarra 
magistralmente punteada, acompañando las 
dulces tonadas de Cástulo Morales ó Goyo Gu- 
tiérrez, ni el indispensable pepián con las sa- 
brosas tortillas recién levantadas del comal.... 

En tanto que los grandes se divertían á su 
modo, nosotros, descalzos y armados de anzue- 
los, recorríamos los baños y el río pescando 
p^esillos para traérnoslos en botellas: ó subi- 
dos en los árboles cortábamos guayabas agrias 
ó bajábamos á buscar corronchochos 6 escarbai- 
jicamos. 

Nuestras temporadas eran famosas. Chinau- 
tla era entonces el lugar de cita de las familias 
acomodadas: y aunque no éramos de los pri- 
meros en llegar, no éramos tampoco de los 
últimos. Teníamos de antaño nuestros mar- 
chantes que nos guardaban su rancho, amplio, 
dividido en tres secciones y levantado en medio 
de un patio extenso que por un lado daba al 
río y por otro á una calle (valga la frase si 
ella se puede aplicar á ese pueblo) que conducía 
á la Pila Seca y á la residencia de las primoroms 

Al llegar nosotros, á nuestro rancho se tras- 
ladaba Manuel Manrique, que había marchado 
con la primera familia y volvía siempre con la 
última. 

Era un bohemio: pero que simpático, con 
su carácter siempre jovial, su dulce y hien 
timbrada voz de barítono y su inalterable buen 
humor. Era la alegría de la temporada: la 
cual con todo y sus incomodidades, y á posar 
de lo primitivo del pueblo, era tan poética 
como no lo son hoy Amatitlán ó Escuintla con 
sus hoteles y con el ferrocarril. 

¿Que no es cierto? i Quién sabe ! Yo conser- 
vo tantos recuerdos gratos de mi niñez, (lue 
talvez encuentre bueno lo malo, por aquello 
que dijo el poeta, de que todo el tiempo pasado 
fué mejor. 



— 78 



TRANSEÚNTES CONOCIDOS 



f 




ti iíempo 




[| "StSCSTRIS" que una ola gigantesca echó sobre la playa en Ocós 




Camino carretero que pondrá en comunicación á San Marcos con la Eslación de Pajapita 
del ferrocarril Pan - Americano 




Pero volviendo á mi prima, diré que la dife- 
rencia de edades, hizo difícil mi posición, por- 
que ella creció -antes, naturalmente, y fué á 
bailes y banquetes, en tanto que yo me quedaba 
en casa estudiando la doctrina á palmetazo 
limpio. 

Sucedió lo que tenía que suceder. Ojos ne- 
gros y expresivos, tez de ese moreno claro que 
revela el fuego del alma, talle esbelto y con- 
versación chispeante, elementos todos fueron 
para que ella flechara un corazón ; y se dio tal 
maña, ciue no estuvo satisfacha sino hasta 
rendir con el matrimonio al flechado. 

E*or poco enfermo de la tristeza. Mi compa- 
ñera de jueg-os, penas y placeres, mi hermana, 
había salido de la casa, que sin ella me parecía 
lóbrega y tétrica. 



Toda dicha es pasajera en este mundo! Ella 
tuvo que ausentarse y yo me quedé. 

Cuando traigo á mi mente estos recuerdos, 
gozo con ellos; y sufro ante la idea de que ese 
tiempo pasó hace mucho y no volverá jamás! 
Sí, no volverá, como 

"No vuelve al nido vacío 
. El ave muerta en la selva." 

Todo ha pasado: las alegrías del niño con sil 
bagage de afecciones y juegos Infantiles: las^ 
emociones ardientes del joven, que amó á quien 
no lo comprendía : y el hogar paterno que sé 

hundió para siempre : sólo me quedan los 

recuerdos tristes, y las lágrimas que al evocar- 
los se cristalizan en mis cansados ojos, á ma- 
nera que las estalactitas, pétreas lágrimas de 
la Tierra, se cristalizan en el fondo de las 
grutas olvidadas! ^ 

Francisco Quinteros B. 



s 





Al colocarse la primera piedra del Monumento que el pueblo de San Marcas 
elevará al General Barrios 



7» 




EN LA MUERTE 
DE eligía MANeiLLA 



Bocas que te hesahan en la frente 
y que te la oprimían largamente ; 
ósculos dados en tu haca pura 
como ana precaución de la ternura 
contra el alejamiento ya cercano; 
¡por todas las ternuras imposibles!; 
manos que .íe enlazaban á tu mano 
como si procurasen retenerte ; 
y el roce de las alas invisibles 
con que llegaba el ángel de la muerte. 



En el mortal silencio los sonidos 
adquirían extraña- resonancia 
y de pronto estallaban, reprimidos 
vanamente, los llantos en la estancia. 



Nos llenaba el misterio. Por la alfombra 
parecían sonar pasos esquivos; 
se oían como cánticos inciertos; i 

cual si un desgarramiento de la sombra 
comunicase el mundo de los vivos 
y el misterioso mundo de los muertos. 



Y es que te ibas; que alguna oculta puerta 
te descubría la verdad sin velo 
y tu alcoba de virgen, entreabierta, 
era como un vestíbulo del cielo. 



II 



El frío de la fría 'sepultura 
como si fuese el fúnebre avanzada 
de la muerte, te hirió tr aidor amenté : 
y al mismo tiempo ardía en tu mirada 
el fuego de una lenta calentura 
y quemaba la nieve de tu frente. 



— 80 — 



Tu mano que entregaste á nuestra mano, 
solicitó calor. ¡Lo pidió en vano! 
El marmol es helado. Están cubiertos 
los sepulcros de vallas de cipreses 
para guardar el sueño de los muertos 
en un limbo de frías lobregueces. 

Las manos que estrechaste con tus mano 
al acercarse á tu cadáver yerto, 
ya no t,e pueden arrancar del frío 
y en el herido hogar de tus hermanos 
ha quedado sin dueño tu cubierto 
y está la angustia de un lugar vacio. 

KAFAEL AREVALO MARTÍNEZ. 

Agosto de 1010. 



PREMIOS DE LAS FIESTAS 



Gracias á las fiestas mayas, las hijas 
áe doña Paz, que padecían de empacho 
de celibato, van á ingresar en el gremio 
matrinw)nial un día de estos, premio me- 
rocido á su virtud. 

Tití y Mimí (transformaciones fantás- 
ticas de Nemesia y Gorgonia, que aun- 
que no muy lindos, son los nombres de 
pila de ambas niñas), están que no calien 
en sus polleras. Gomo que han engorda- 
do; antes eran nniy largas y muy estre- 
chas y á la presento resultan tauíbién de- 
masiado largas, sí, pero más redondeadas. 

Nadie que no sea doncella puede inui- 
ginar la intensa satisfacción que produ- 
cen frases como ésta que sigue: 

"Te adoro y seré tuyo eivil y canóni 
camente. ' ' 

y cosas de este valor lumias oído re- 
cién Tití y Mimí y han repercutido en el 
oído de doña Paz, que en celebración de 
ellas se ha comprado rulos y un corsé de 
esotj que desfiguran el Vientrtv y contrac- 
tan las entrañas, pues juzga <|ue una fu- 
tura suegra ha de presentar as|a»cto co- 
mo de cosa nuí'va. 

Tití miraba los escaparates y ojeaba 
á los varones; Mimí suspiraba por la 
Avenida. Ambas, al contemplar las ma 
nifestaciones j)atrióticas <|ue se renova- 
ban cada tres cuartos de hora murmura 
ban por las profundidades de sus almas: 
''¡(-uántos hombres! ('on tan poquitos 

qnc! nos confornuiríanuis ésa y yo 

¡('on dos nos bastan, Dios mío! yu senil 
d(>l país ó e.xtranjeros. " 

Parc<e «pie la Providencia s<» apiadó 
<!»> las infelices. 

(Üritaban los nuinifestantes: 

— ¡Fuera sombrorosl 



Y dos individuos esquivaban el cuerpo, 
así como para no obedecer. 

— ¡Fuera sombreros! ¡Fuera! — se- 
guían los de la manifestación. Y con 
gran furor se acercaron á los que no se 
descubrían. Por poco les (*ortan la ca- 
beza. • 

— Yo no llevo sombrero — se excusó el 
uno — Voy de gorra, porque soy santa- 
fecino y porque no me da la gana. 

Y imirmuró el otro, llevándose las ma- 
nos á su turbante, pues usaba la inisniu 
cuanto típica indumentaria de los hijos 
de Mahoma. 

— ¡Ja-nuila-ja! ; eso es. 

Hubo gritos, confusión. Tití y Mimí 
cayeron desmayadas en l«»s brazos del do 
Santa Fe y el moro, á t|u¡enos el pueblo 
perdonó la vida. Terció doña Pnx, vol- 
vieron en sí las niñas y en un café pro- 
.ximo, tomando té y medias luna.s, aquel 
quinteto selló su amistad eterna; los ga 
lantes se prometieron A las muchachas y 
la (jue va á ejercer de mamá ¡MiUtira juró 
serlo levemente. 

Total, dos bollas próximas. Tití immi- 
para su lugar de honor en el mostrador 
«le una pastelería de Santa Pe y Mimf 
será posadera en Cafaf, un pueblo que 
no está en tierra de nioroN, sino en Ks 
paña. Co:uo que el iiuihometnno que con 
su mano le brinda, ni conoce el África. 
Ks un catalán que se vino con una trttupr 
de lH»relH»res, por **mor" de presenciar 
las fiestas y ahorrarse el viaje. 

¡(/uánta rabia les dará á alffunas no 
haú'r obtenido durante estas fiestas pre- 
mios semejantes! 

J. VÍCTOR TOMBY. 
lUiemx AinK. tOlO. 



81 



£jT^JU=^ 



POSTAL 
LA GIOCONDA 

El más enigmático rostro de mujer que kaya podido aprisionar la pintura en 
los hilos de una tela; la creación excelsa que hace hundir la frente en el polvo á 
Teophile Gautier maravillado; el cuadro ante el cual los siglos han abierto los 
ojos de su admiración entusiasta; la Gioconda de Leonardo de Vinci ha sido robada 
del Museo de Louvre 

Ella decía allí el insondable enigma de sus pupilas que nadie pudo penetrar: 
Edipo caía deslumbrado, pero no comprendía. Caravanas de creyentes han des- 
filado ante la divina Monna Lisa, y el pictórico prodigio sonreía eternamente — son- 
reía con la boca, con los ojos y con las manos, y era algo cruel esa mujer que desde 
su frágil lienzo contemplaba cómo el ansia de comprender se desesperaba ante su 
impasible sonrisa 

Qué decían, qué dicen, pues, esos labios distendidos apenas? ¿De qué mundo 
llegó el rayo ^ue ha inmovilizado en las pupilas el mágico resplandor? De qué seda 
luminosa — la más suave, la más diáfana, la más blanca, — están hechas las impecables 
estrofas de esas manos? — Boca que llevaría hasta la muerte el extremicimiento de 
la caricia y hasta el dolor de voluptuosidad del besó 

Esos ojos, esa boca y esas manos son profundas en fuerza de ser transparentes: 
el resplandor que ilumina ciega en las rutas de Damasco del arte; así es cómo si la 
pureza es la línea, la expresión es la esfinge. Acaso en el misterioso sonreír esté el 
alma complicada y sutil del Eenacimiento, hecha de oro, de fragancias, de encajes, 
de sensualidad y de muerte. Alma en que al par del agrio gesto del Buonarotti 
brillan como mieses maduras los bucles del de Urbino ; alma del salto felino de 
César Borgia y de las supremas orfebrerías de Benveiiuto; alma de los Papas que 
compraban mármoles y de los cardenales que juraban por Cicerón, de las princesas 
que extrangulaban á sus amantes y de las beffas sangrientas, de los festines en que 
se retorcían envenenados, de los reyes que eran artistas y de los artistas que eran 
como reyes. 

Y en esa cordillera del espíritu, el de Leonardo es la cumbre más azul y más alta. 
Tuvo todas las energías, todas las curiosidades y todas las audacias en aquella época 
en que los talentos eran genios y los hombres eran gigantes. Hizo cuanto quiso, y 
todo lo hizo maravillosamente. En aquel amanecer del mundo moderno, tiene el 
torso de un Hércules y la frente de un Dios. El tomó del asa el ánfora y bebió 
hasta embriagarse en el jugo de las viñas griegas que hervía al sol de Italia y del 
Eenacimiento. Se ha perdido ya, en la mezquindad contemporánea, el secreto de 
esas almas, fuertes y gloriosas en la espléndida unidad que en el verso del poeta 
constituye el mérito más alto "de un libro, de un diamante y de una vida"; unidad 
en la que Eoma puso su médula de león, Venecia la femenina curva de sus góndolas 
y Florencia el ramo de rosas de su alegría. 

Y la obra estupenda del estupendo artista, la perla del Louvre, abandonó su 
estuche de raso: el museo se ha quedado sin su Paladión. Fue en Junio el sacrilego 
robo, según información de Le Cri de Paris. En la gran ciudad ha causado pro- 
fundísima impresión la partida del lienzo inmortal, acaso porque en la bella y 
enigmática sonrisa de la Gioconda creía ver Lutecia el misterio y el encanto de su 
propia sonrisa 

JOSÉ EODEIGUEZ CEENA. 

— 82 — 



(^ 



Crónicas Argentinas 



La Mujer ante el Hombre 




La señorita Barreda, á cuyos pies me 
pongo, ha tenido que librar una batalla 
para inscribir su diploma y poder ejer- 
cer la abogacía. Opúsose á que tal he- 
cho se realizara el procurador doctor Es- 
cobar, pero la Suprema Corte de la pro- 
vincia resolvió por fin favorablemente «1 
pedido do la interesada, mostrando de 
este modo suprema cortesía. 

Los dos apellidos, que etimológicamen- 
te talvez se relacionan con los verbos niAs 
adecuados á la limpieca, halláronse fron- 
te á frente. Así es que la cuestión ha- 
rreda-Escohar levantó una gran polva- 
reda. 

Ello es que al presentarse entre noso- 
tros la primera abogada, ha surgido 
también el debate acerca del feminisnu), 
que no conocíamos más que por los tele- 
gramas y el cinematógrafo. Hay que 
afrontarlo. 

Por mi parte, yo no discuto, como al- 
gunos, citando opiniones en pro ó en 



contra de filósofos que so han capado del 
asunto desde la más remota antigüdad 
hasta nuestros días. Hay hombres 
así. En tratándose de mujeres, en se- 
guida piensan en las citas. Son muy 
atrevidos. Yo creo que lo primero es el 
trato. 

No soy feminista, ni antifeminista, ai 
afeminado. Soy sanguíneonenrioso, se- 
gún mi médico. Además, tengo ideas 
propias, y esta propiedad me da para vi* 
vir, porque la vendo por lotes de artí- 
culos, que vienen á ser como lotos de te- 
rreno en el campo da las letras. 

Hecha esta dedaraeión, entremos en 
materia. |La mujer dc(be tener los 
mismos der^os que el hombre t Esa es 
la pregunta. La eontestadón es lo di- 
fícil. Porque Taira usted á saber los 
que las mujeres llaman derechos. Las 
hay que se eontentan coa muy poeo, pe- 
ro son las menos. Las que a 
como verdadero sexo débil. 



— 83 



A'amos ahora á los (k4)eies. ¿También 
lian de ser iguales? ¿Van á deber lo 
mismo? ¡Entouees no pagará nadie! 

Yo creo que estamos partiendo de un 
principio equivocado. De varios princi- 
pios, mejor dicho. Hemos empezado mal 
y lo conocemos ahora que ya estamos en 
los postres y ha llegado el momento de 
los brindis. La culpa es de la Biblia, con 
notas ó sin ellas, que está llena de lite- 
ratura simbólica, f muchos . machos la 
toman al pie de la letra. De aquí que 
llamen á la hembra "wít costilla," por 
que se figuran que el Génesis es ese bí- 
blico por el cual resulta que, estando 
Adán dormido, se entretuvo el Hacedor 
Supremo en operarle sin cloroformo y 
le sacó ese hueso con ol cual hizo á la 
mujer. Cuando Adán se despertó quedó 
sorprendido al notar que la costilla que 
le faltaba en la espalda tenía muy bue- 
nas carnes y estaba á su lado, pidiéndole 
que fuera galante y le diera el brazo. 
¡Hipótesis falsa! Pero de esta suposición 
parten los antifeministas para negar á 
la mujer esa igualdad que pretende. 
Igualdad, libertad y fraternidad, pulcri- 
tud y aseo.... j Y nada de huesos! 

8e le concede que sea la bella mitad 
del género humano, únicamente. Se le 
da la mitad del género, y eso puede con- 
tentar á las bellas, pero ¿y las feas? 
Se quedan sin hombres, es decir, con los 
perros falderos y los gatos. Dura lex, 
.sed hx. 

Esto no puede seguir así. Qué dife- 
rencias hay entre ambos sexos? Es cues- 
tión de forma, se me dirá. Bueno, pero 
ha llegado la discusión á un punto en 
que, olvidándose los respetos, nadie guar- 
•da las formas, y en Inglaterra estamos 



viendo que en las manifestaciones de las 
sufragistas, hombres y mujeres se vienen 
á las manos, como la cosa más natural 
del numdo, perdiendo su habitual sangre 
fría. 

No pretendo yo que se presenten las 
cosas al desnudo, pero vamos al fondo, 
profundicemos. La mujer tiene inteli- 
gencia igual á la nuestra. Talento y 
delicadeza, buen gusto, sensibilidad ex- 
quisita y sentimientos elevados. Ener- 
gías ha demostrado tener en ocasiones y 
valor y hasta heroísmo, carácter y hasta 
mal genio. Lo mismo sirve para escri- 
bir, pintar, esculpir, tocar el arpa ó coser 
y cantar. Para un barrido como para un 
fregado ó para montar á caballo ó subir 
en aeroplano. Si quiere ser aviadora, lo 
es, aunque tarde más que el hombre en 
aviarse, Si quiere volar, vola.. Hay mu- 
jeres eseribientas á máquina, ó sea dac- 
tilógrafas habilísimas, mucho más rápi- 
das que los hombres en este oficio, y da 
gusto ver con cuánta presteza mueven los 
dáctiles. Las hay que se dedican á los 
ramos de contabilidad y teneduría de li- 
bros. Otras á los ramos de flores. No 
faltan profesoras de idiomas que enseñan 
la lengua ó profesoras de belleza, cuya 
especialidad es el cutis. Manicuras, pe- 
dícuras y dentistas, que sacan las mue- 
las sin dolor, por la anestesia y por el 
éxtasis. 

¿Por qué razón no han de poder ser 
abogadas, médicas, ingenieras, generalas 
de división ó de multiplicación y hasta 
sacerdotisas¿ Pueden serlo todo, porque 
para todo tienen bastante capacidad. 
Más que nosotros mismos. Los que no 
se la reconocen son seres faltos de pene- 
tración. 

El del Verde Gabán. 




— .84 — 




Matrimonio Paniagua - Gáivez Pertocarrero 




Ll rio Villalobos 




Ruinas de la Antigua Guatemala 




Edificio de la Administración de Rentas de San Marcos, reconstruido 
durante la Administración Estrada Cabrera 




.3^^- 



'¿X: 



RESEÑA HISTÓRICA 

de los sistemas propuestos para explicar el origen de los terremotos 

PRIMERA PARTE: LA ANTIGÜEDAD 



Don son las razones por que los temblo- 
res, la más visible de las manifestacio- 
nes de los cambios que sufre la costra te- 
rrestre, han sido siempre uno de los pro- 
blemas más importantes que se han im- 
puesto al estudio de la humanidad: los 
desastres que ocasionan y los rastros vi- 
sibles que dejan en la tierra, y la pér- 
dida para el hombre de la noción, tan 
arraigada en él, de la fijeza del suelo. 

Las diversas teorías emitidas por los 
sabios antiguos y modernos sobre estos 
movimientos h^n ido transformándose en 
el curso de los tiempos,* y acercándose á 
la verdad á medida que se han tenido 
mayor conocimiento de la naturaleza y de 
la vida del globo terráqueo. 

En general los antiguos erraron en sus 
concepciones buscando la causa de las 
perturbaciones fuera de la tierra. 

La primera idea emitida sobre este 
fenómeno, basada en las ideas mitoló- 
gicas, consideraba como su causa inme- 
diata el movimiento de gigantes y ani- 
males fantásiticos que habitaban en las 
cavidades que se suponía existían en el 
interior de la tierra. 

Séneca resunuó las teorías emitidas 
por sus antecesores sin dar opinión pro- 
pia, ni decidirse entre los partidarios do 
los cuatro elementos: Agua, Tierra, Airo, 
ó sus combinaciones. A la teoría de Ta- 
les de Mileto, que compara hi tierra á un 
barco flotante sobre una nuisa de agua, 
le objeta, con razón, (|uo si así fuera 
debía temblar en todas partes á la vez. 
Otros suponen ríos subterráneos, ó, como 
Lucrecio, un mar interior, y señalan conío 
causa las corrientes y tempestades do és- 
tos. 

Los partidarios del fuego sólo están 
de acuerdo en el papel predominante do 
la cavidad terrestre, en donde se pro- 



ducen tempestades internas á causa de la 
entrada de corrientes de aire caliente y 
á su condensación. Como el aire tiende 
á subir y necesita una salida debe abrir- 
la, y al lograrlo mueve violentamente la 
tierra; una vez establecido el escape, la 
intensidadide los temblores disminuye. 

Las teorías de Aristóteles son las más 
importantes, no por ser las mejor conce- 
bidas sino porque fueron ley durante la 
edad media hasta más acá del Renaci- 
miento y la iglesia las protegió como 
confofmes á sus doctrinas y se sirvió de 
ellas para refutar las demás ideas emiti- 
das por los sabios de aquel tiempo. La 
inquisición las tuvo casi por artículo de 
fe, y ellas fueron casi las únicas que na 
enseñaron en las Universidades. 

Aristóteles atribuía los temblores á la 
• evaporación constante dsl suelo, en la su- 
perficie por la influencia de loa rayos 
solares, en el interior á causa de fu^pos 
internos, un soplo, de arriba hacia abiuo, 
que al encontrar obstáculos producía los 
temblores. 

Esta teoría es la que parece que pre- 
fiere 8éii,eca, y nota en su apoyo la poea 
extensión de los países movidos, prueba 
(|ue el movimiento es proporeionaí 4 las 
cavidades subterráneas, aunque emite de* 
das en cuanto á Egipto, entonces sujeto á 
temblores y cuyo suelo está eutiierto por 
una capa gruesa de limo que eierra el 
paso á toda clase de cireolaeióii de aire. 

Lucrecio, ecléctico en seismología, da- 
si flcu los temblores en cuatro claites: 

1.» Temblores de hundimientos; pro- 
ducen gol|>e8 bruseos y son debidos á mía 
erosión subterránea; 

L».«. Temblores d'- '* '• ón. opila- 
ciones debidas á rr- 'H de massi 
tt'rrfxtn**» que ai cav. ^.. ^1 mar interno 



_ 87 — 



hacen golpear niaí^as de agua contra los blores, basada solamente en la observa- 
pilares que sostienen la tierra. eión y debido al mejor conocimiento de la 

3.a Temblores ondulatorios, producidos Geografía y la Geología, 

por tempestades del aire subterráneo; !a Plinio el Naturalista, victima de la 

suprficie de la tierra sube y baja. erupción del Vesubio que destruyó Poni- 

4.a Temblores de expansión. Son los peya y Herculano, reproduce las ideas de 

más temibles y son producidos por tor- Aristóteles; lo único que debe recordarse 

bellinos de viento introducido del exte- es la aplicación que hace de esas con- 

rior, que al penetrar en las cavidades mociones para la formación de las islas. 

subterráneas causa los movimientos. Cree que sólo se verifican los temblores 

Strabon, según parece, debe haber sido en primavera y otoño, é indica que por 

el que mejor conoció la repartición de eso no tiembla en las Gallas ni en Egip- 

los temblores; relata muchos hechos de to, que gozan respectivamente de invier- 

observación, método poco seguido por los no y verano perpetuos, 

.sabios antiguos. • En resumen, la antigüedad no tuvo 

Plutarco relata que Demócrito de i^eas precisas acerca de los temblores, 
Chio creía que las porciones de la tierra aunque esta, cuestión haya preocupado 
podrían libremente bajar y subir por la ^ucho á los filósofos que han dejado in- 
acción de la gravedad ,al mismo tiempo teresantes recuerdos epigráficos. A creer 
que otras porciones debían al contrario á De Eossi, hasta se encuentran repre- 
subir y bajar para mantener el equi- sentados en un bajo relieve de Pompeya; 
librio; el lazo de unión está netamente Pero la interpretación de dicho bajo re- 
indicado; Strabon extiende esta teoría á lieve ha encontrado muchos opositores. 
las islas y fondo del mar. En germen, 1910. 
ésta es la concepción moderna <<te los tem- FERNANDO CRUZ 



La selva tiene notas de infinita tristeza 

Escritas en la clave der la Naturaleza 

La selva es á manera de una grandiosa orquesta ♦ 

Que sacude sus notas de huracanada fie&ta 

O que acjuerme en las sombras de una perpetua siesta 

A veinticinco tribus de toda una floresta. 

Ya es el nervioso ritmo con que el raudal ahueca 

La cordillera virgen, ya la hojarasca seca 

Que bajo el sol crepita con un tono salvaje, 

O ya el zumbar del salto que lanza en un oleaje 

Su espuma á los abismos como estrujado encaje. 

La seha siente el fuego divino de una oda 

Que hace temblar sus ramas y la estremece toda; 

Acaso un soplo Homérico agita en su rapsoda: 

Un redoble de cascos, un sacudir de crines, 

Un relinchar de potros — metálicos clarines 

Cuyas dianas el eco snaviza en los confines. 

La sinfónica selva es formidable pauta 

En donde cada nota de una armonía incauta, 

Es el trinar de un ave como si fuese flauta; 

Donde el grillo en la sombra sus violines aguza 

O en el ramaje se oye silbar á una lechuza 

Que fatídicamente por la tiniebla cruza 

Escucho los gorgeos y armonías del campo 

Y vivo historias viejas, me siento algo Melampo; 

Y así es como descifro esa alada armonía 
Con que trina el sinsonte^ ó la monotonía 

Con que el viento en las hojas reza su letanía 

La selva tiene notas de infinita tristeza 

Escritas en la clave de la Naturaleza 

CARLOS RODRÍGUEZ CERNA. 



88 




BAIBINO DAVALOS 

escritor Mexicano, autor de ** Jardines Trágicos " obra que presentó 
al público de Guatemdla Virginia fábregas 




Antigua Guate.nala Ruinas de San francisco 




Escuela Práctica de Señoritas Clase de Bordado 



mm-mm mm mm ^m 



AUENADOS Y SANTOS 

— POR — 

MEEIO A, ROJAS 

Indudablemente/ la ciencia es casi cruel con la religión cristiana. No satisfecha 
con emanciparse, comenzó la obra destructora del análisis de sus dogmas, que 
hicieron vacilar el edificio poco firme de sus axiomas evangélicos. Y hoy, como tiro 
de gracia definitivo, llega hasta dudar de la cordura de los santos, estudiando ante la 
psicopatología sus almas virtuosas para hacerlas descender de la claridad celeste de 
los limbos á la media noche de la alienación mental, mientras se toma oscuro el nimbo 
de luz sagrada que envuelve gloriosa la santidad de sus frentes. 

Y lo más curioso es que estos alienistas no se valen para sus diagnósticos d? 
narraciones desconocidas, sino de las palabras de ambos Testamentos y de propias 
biografías de los santos, que, según ellos dic^n, son verdaderas historias clínicas, 
donde los signos reveladores de la alienación los constituyen precisamente los mismos 
pasajes que eran hasta ahora las pruebas más evidentes de su divinidad y que glo- 
sara, hebdomadariamente y llena de unción, Da « oratoria doméstica de los púlpitoe. 



Es sabido que en todos los movimientos colectivos la sugestión es un factor im- 
portantísimo. De ahí la psicología subalterna de las multitudes, bajo la sugestión 
propicia á todo los excesos y á todas las inconsciencias. 

Respecto á la naturaleza niisnuí de la sugestión los psicofisiólogos no se habían 
puesto de acuerdo, hasta (jue (Jrasseí. al estudi;ir el hipnotismo, valiéndose de su 
íamosa concepción geométrica, dio la definición de que es el polígoiui ilel sugí'sti- ' 
obedeciendo al centro O del sugest i()ua<lor. ('t)nu» es. entonces, que nMjuier»» un - 
impresionable ,cny() psiquisnio inferior se independice fáciluMMtte »le su centro «i» •.. 
■"personalidad j)lena y verdadera"; y otro sujeto, suiH»rior por sus cundiciones inte 
lectuales y su aspecto exterior. 

Invidentemente, estas condiciones las pos<>ían los santos jH'rsonujes de la leyenda 
católií'a. .Jesucristo, un tipo bello. aun(|ue poco varonil. su|H»rior en nuMitalidad á su»; 
compañeros y d¡scíj)ulos, agregando al origen y la finalidatl que se ntríbuia. < 
fácilmente, los atributps necesarios A un sugest ionador. Sus apóstoles, siendo ^ 
rústica é ingenua, de escasa inteligencia, no es difícil comprtMider que fueran terreno 
]»r()j)icio á las misteriosas parábolas del hijo de Dios. 

Kn cuanto á los santos y vírgenes ulteriores, la psico patología ae encarga d6 
<lasificarlos convenientenumte en la foruui clínica que le corres|»onde, 

l']| prof. Binet Sanglé, de l'arís (1). estudia con «lotcncion v«iluptuoKii. la vida de 
<'luist(), y. analizando desde la juventud, donile ya denuncia su desequilibrio, llega 
á la conclusión un poco dura de (jue era un "aliené typique, classique. «- •»-••••■ " uftr- 
Miaiulo (jue la humanidad ha viviílo bajo la influencia de un error de .i •. 

Cristo fué un ent'<«nn.. de lomrn «i^^tiMunt r/M.lM ri«lii»io»a, como hay : 



(1) La tolie de Jes 



Ingegnieros ha dicho: tuvo todas las suertes: no existían alienistas pol* ese en- 
tonces, haciendo el paralelo con aquel genial descarrilad* de Weimar que anunciará el 
advenimiento del superhombre. 

Y como es natural, por ese camino fácil es desvirtuar el milagro de sus curas 
maravillosas, que, si antes fueron rechazadas por reputarlas imposibles, resultan en 
la actualidad verosímiles. ^ 

Así puede opinarse sobre el ''levántate y anda'* con que marchara el paralítico,, 
encuadrado en lo natural de la ciencia, hoy que registra muchos milagros iguales con 
histéricas caminando ante la orden del médico. 

Loh apóstoles, débiles de espíritu, se mantuvieron bajo la sugestión en la penum- 
ba de los fronterizos, ó llegaron posiblemente á la locura, como Pedro, caracterizado 
siempre por su carácter nervioso é impulsivo. Es bueno recordar que fué él quien 
tuvo más alucinaciones de la muerte del maestro. 

Eenán (1), estudiando estas apariciones, las explica por el amor exaltado de 
aquellos hombres sobre ''una escasa inteligencia unida á una .excelente bondad de 
corazón." Pero algunas de- las alucinaciones del oído y de la vista, semejantes á 
las de cualquier alienado, denuncian la morbosidad de esos espíritus. 

Entre la lista de santificados posteriormente, se encuentran también desequili- 
brados ten los umbrales de la alienación, cuando no francamente neurópatas. 

Gilíes de la Tourette (3) ha estudiado la neurosis histérica, que padeció San 
Francisco de Asis, como también la de Luisa Lateau, entre las que encuentra mucha 
semejanza clínica. 

En cuanto á los éxtasis de vírgenes y Santos, que con tanto detalle describe 
Teresa de Jesús — cuyo nombre figura por igual en los libros devotos que en los de 
psicología — ^no es necesario insistir ^bre su carácter evidentemente patológico, ya 
que en ellos juega tan importante papel la fijeza sistemadizada. 

En todos ellos constituye el eje primordial la pasión que poseía sus espíritus 
algo enfermizos y debilitados por la abstinencia; condiciones propicias para descer.- 
der hasta la alienación, ya que, según Letourneau, la pasión es hermana de la lo- 
cura. (3). 

La histeria no andaba alejada de los conventos, y todos los milagros de inspira- 
ción divina, perdiendo su carácter sobrenatural, los acepta fríamente la ciencia neu- 
rológica', como un diario caso de hospital | 

Así pasa con los maravillosos sudores de sangre que causaron el asombro de 
creyentes y de incrédulos, y que hoy se repiten y se explican por siemples alteraciones 
de vasomotricidad constituyendo la hemothidrosis, denominación bien poco evangé- 
lica, por cierto. 

Es sabido que la histeria lleva por lo común á las enfermas á excesos tales, que 
únicamente pudieron explicar los antiguos localizando el mal en el útero. De tal 
manera, que ha de dudarse también de la impoluta castidad de las vírgenes! 

De este modo, los limbos celestes se convierten, dolorosamente, en agrupaciones 
de alienados y de histéricas. Sin duda, el Gibelino, viajante por el Paradiso, estaba 
lejos de sospecharlo. Pero estas demostraciones heréticas tan sólo pueden afligir la 
religión estrecha de los curas párrocos, incapaces de comprender nada simbólico en 
la vida y en el martirio del profeta. 



(2) Los Apóstoles. 

(3) Ingegnieros: Histeria y Sugestión. 

(4) C, Letourneau: Las pasionss Humanas. 



— 90 — 



bibliografía 



La Somhra de la Empusa, es el título 
•de una colección de versos, recientemente 
publicada en París por su autor el Viz- 
<ionde Emilio Lascano Tegni. 

El poeta es argentino ó por lo menos 
reside en Buenos Aires, y en tal supuesto 
tiene para nosotros especial interés el 
nuevo libro, considerándolo como una pro- 
duccióji literaria hispano-americana. 

Se equivocaría quien, á juzgar por el 
título mitológico, pensara que La Som- 
bra de la Empusa es un conjunto de ver- 
sos clásicos. Al contrario, el libro es 
ultra-modernista, si con esta palabra se 
ha de expresar algo raro, insólito y no- 
vísimo en las letras; es el libro de versos 
en lengua castellana más extraño que 
hemos leído. 

De aquí la dificultad de juzgarlo equi- 
tativamente, porque todo en él choca 
contra nuestros hábitos meijtales, contra 
nuestros gustos formados y, si se quiere, 
contra nuestros j)rejuicios. No respeta 
tradiccjón literaria, cánones métricos, ni 
reglas gramaticales. En materia de len- 
guaje es arcaico y neológico; incorrecto, 
vulgar y ])rovincial en algunas expresio- 
siones, afrancesado en otras; sencillo, en- 
fático, noble y j)Ofctico, desmayado y ba- 
jo, difuso y conciso, delicado y l)rutal, 
cínico y pudoroso. Tiene versos melódi- 
cos y versos, que no lo parecen ]K)r unti- 
rítmicos; cortos y larguísimos sobro toda 
ponderación. Las rinms ora son ricas, 
ora son pobres. La disposición de la» 
estrofas es ad libitum,. Los símilos y me- 
táforas son inesperados y expresivo» 
cuando no ininteligibles. l*recede á la» 
composiciones del volunjon una uata, en 
que el autor dice que él vibra en su libro, 
que es un dolor. Advierte que no va 
tentando la gloria, <|ue el púl)Íic() pueda 
darle ó reconocerle. i)orque O» "escoria 
la (floria (¡tu- juxh'is darme" 

El libro está dividido en BÍete parte» 
tituladas: La liucua Pata, Las Tres ('ni- 
cas, ÍjOs Entretenimientos, Les Chansons, 
La Mala Pata, Cuasi Epístolas y La VI- 
tima Calaverada. 



La maligna divinidad, mensajera de 
Hécate, la terrible Empusa, á cuya som- 
bra fué engendrado y compuesto el libro, 
aulla como un can furioso, en cada pági- 
na, sorprendiendo al lector inadvertido. 
La densa obscuridad que en la obra se 
cierne, si nos impide con frecuencia ver 
brillar el pie de bronce del espectro, casi 
siempre oculta á nuestras miradas el 
otro pie deforme y repugnante. Las ti- 
nieblas mismas en que lúgubremente re- 
vuela el vampiro de la sensualidad, que 
persigue y atormenta al mísero poeta, nos 
atraen, como un abismo, cuyo misterio 
queremos penetrar. A plena lúa. en más 
respirable atmósfera, en rutas conocidas, 
volveríamos la espalda á la sucesión dolo- 
rosa de sensaciones, que el autor ha que- 
rido atrevidamente representar en formas 
artístituis.. 

Pero es tiempo de que tratemos de jus- 
tificar algunas de nuestras aprtH* ¡aciones. 

La Jinena Pata comienza |)or íais Dot 
Nítvenas, cuyos títulos son: GrHcratorimt 
y Parturoe tempus. 

El primero se inicia así: 

A diérisis amarga, aquel diptongo 

De nuestras fatuidades (Hist finieras 

St» abrió; 
y la seguntla: 

¡KunuMude! tú /¡.usír.'» esa mum 
"StMuper pulcra" que tlistenH» de Orfeo, 
l'n |HM)»amiento obs<'uro, una alimaña. 

Aparte dtv h\ hermosura (puleritudo) 
de una Furia, la metáforn propia de un 
versificador que necesita de una sUabs 
para ipie conste el verso § el rtH*urao, 
pata el mismo efecto de agre^far etct á 
la S4>gundn iM^rsona del sinf^ilar de mbni- 
nt»» tieniiM)» verbales, no non los medios 
u\{f HoguroM de atraer al lector. 

Tam|»oco un poeta exqui. . . .sito, como 
parece que I^iscano Tegtii aspira á SflrlOt 
del>er(a haber ptiesto á este endecasflabo 
de L(ts dos Crepúsculos, el aditamento del 
provincialismo ó barbarísmo. de lurtjtt. 

Yo uo miré el crepñsculo de luetjo, 
sin que baste á redimirlo la j^llardía pin- 
toresca de la expresión que sigue: 



— 91 - 



Su mejilla, aquel pétalo, en la ojiva 
De una malvada ojera ahogó su fuego. 
Después de haber escrito en Pausa Cruel, 
un cuarteto que si puede descontentar 
por las * * yantas, ' ' es muy bello por los 
dos últimos versos: 

Y se entornó en sus ojos, una larga 
respuesta. 

Tornando luego á abrirlos, tal como 
dos respuestas, 
escribe : 

Me dije: ¿porque fuere, que esas chi- 

cuelas lindas. 
Las pálidas, me hacen entristecer sin 
causa ? 
Si en el empleo de los tiempos del verbo 
no es el señor Lazcano Tegui muy rígido, 
tampoco es muy exigente en la acentua- 
ción prosódica de las palabras : 

Que tal á alguna enferma Margarita 
Fué á perderse en los países de la som- 
bra. 
Esta plebeya sinéresis se codea ¿quién ha- 
bía de pensarlo? con el más rancio ar- 
cacísmo, con el magüerismo. Pruebas: En 
el soneto Entre paréntesis del día: 

Y abrió sus grandes alas un impío 
Murciélago en las ruinas de una igreja 
Copiaré íntegro el II soneto, de los tres 
que forman la última parte. Calaverada, 
para que el lector pueda darse ^ mejor 
cuenta de la manera original del poeta. 

Mi torva calavera irreverente 
Que aún cubierta por pellejo aterra, 
Quisiera que volcará la simiente 
De su misericordia por la tierra. 

Ah ! . . . . nadie la ha escuchado, fué 
una perra 
Sarnosa en un umbral falto de gente, 

Y nadie aún ha sabido el bien que en- 

cierra * 

Bajo el techo abollado de su frente. 
Ni la desconocida que intranquila 
Abrió la jaula azul de su pupila 

Y abandonó un deseo la crisálida, 
Tornó á buscar después mi calavera 
Maguer deposité mi postrimera 
Lágrima, allá en su mano verde pálida. 

La igrega por la iglesia, y el maguer por 
aunque, no son obstáculos á que emplee 
las palabras más nuevas, ó las invente, 
ó dé á palabra conocidas significaciones 
inusitadas. Ejemplos: 

Y echando catorce garfios en aquel falaz 

momento, 
Se oportunizó el soneto. 

Donde iba oraculizado selente 
Tu mano. 



Vino un gato negro; 
Vino un gato negro 
Silente y astrólogo 
Oracuspulizado. 

Que las filomelas con su melancolía 
Estropeaban la flauta del loor. 
En que me convencí, irse con el día 
El acreoplano de la ilusión. 

• 
Dijiste que amabas en un ocaso 
Bajo del absoluto del alameda, 
Y fueron tus ojos tristes como una seda 
Negra sobre tu cara de blanco raso. 
Mal año para mis amigos los poetas pe- 
lechantes Don .... y ... . mas en boca 
silente no entra mosca .... Aunque «e 
oportunízaba aquí oraculizar un poco ba- 
jo del absoluto de la crítica, mejor es no 
habérselas con los oracuspulizados. Con- 
sérvelos Dios en el aereoplano de la iüu- 
sión. 

Más no es necesario que sigamos entre- 
sacando los pasajes que justifican nues- 
tos puntos de vista. Estos se destacan 
mejor de la totalidad ó de parte consi- 
derable de algunas composiciones. Le- 
yendo ''La Jorobada," en sus principa- 
les estrofas se juzgará bien de las com- 
paraciones. Suprimimos los versos que 
juzgamos demasiado expresivos y sólo in- 
sertamos los que hacen más á nuestro 
propósito : 

Hay un frío de lluvia. 

Por la alameda húmeda 

Paea la jorobada prostituta. 

El follaje se agita y su sombra muy 
negra 

Finge una dispersión de sanguijuelas 

La prostituta lleva los pómulos en 
rosa, 

Como los ajusticiados en las horcas. 

Por contraste, su frente es blanca y 
tersa de seda 

y sus ojos negros como la mano 
achicharrada de Muscio Scévola, 

Y esos ojos simiescos me ofrecen el 
placer, 

y así su boca con sus treinta y ua 

dientes como un mes, 
y al ver que me cautivan le ríe hastsi 

la hiél. 
El diente que le falta (un incisivo) 

lo lleva en un anillo, 

Y me. lo hunde en la carne cuando 
me dice; mío! 

Al tenerme entre sus manos flacas^ 
como las tapas de marfil de un 
libro. 
AI mismo tiempo que el lector ha po- 
dido apreciar las comparaciones, se ha- 



92 



brá convencido de que no exagerábamos 
la longitud kilométrica de algunos, que 
llamaremos versos, por no cometer la irre- 
verencia de decir prosa rítmica. Así, 
como acabamos de ver los pareados aso- 
nantes, fijémonos en las rimas consonan- 
tes del soneto '^La Sombra Cruel**: 

En la pupila azul de aquel ocaso 
Vino una sombra en duda desde lejos, 
Desde los cuentos, desde "allá más 
lejos ' ' ; 
Desde que no hubo flores en el vaso. 

En la intangible estela de su paso 
Fruncieron los obscuros entrecejos 
Las alamedas de los parques viejos. 
Que sentían la ausencia de su paso. 

Y esa sombra, fué una pollera negra. 
Como una larga campanada negra 
De un campanario en ruinas casi negro; 
T^na pollera que arrastró una enferma 
Kn todos los destinos, yendo enferma 
De santidad como un pájaro negro. 

No menos caprichosa es la distribución 
de rimas perfectas é imperfectas de este 
otro soneto, A la inahordahle, que con- 
cluye con una exclamación de delicada y 
penetrante melancolía, que es el más sen- 
cillo de prof unáis del amor: 
Tendió un hilo la araña del Silencio 

entre los dos; 
Llegó un vampiro, como la paloma bíbli- 
ca desde tu soledad. 
Tal un destrozo de papeles blancos abro 
una constelación 

Y rumia en el hondo buche sus arenas el 

mar. 
El viento asusta al bosque en un amago 

de tos, 
Al umbrío bosque, domo de una negra 

Stambul ; * 

Y al pincel de un Sansoferrato, lleno de 

inspiración, 

La Madona del cielo recoge su gran clá- 
mide azul. 

Mi amor, que es un Bizancio, llora su 
spleen "en or." 

Y afila una cigarra su postrer canto on 

tu loor 
Kn un rubio crepíÍH(^lo do (HiabáH. 
So dobla mi tristeza, tal un sauce lloróUi 

Y os pregunto (una lágrima oh una in- 

terrogación) : 
— ¿Por qué, estando tan lejos, aún !•• 

vas? 
Imposible dar ¡dea aproximada exacta 
(le este libro dosconcortanto. Cnlln, ú 
uuMiudo, el oU)gio íein«'ros«> tW Iuumtko 
cómplice de las más IlugrantoH alnTra- 
clones, y las censuras (pie sin quererlo, 
se van levantando á cada jiaso, se det le- 
ñen ,'inte la posibilidad de una injusti- 



cia. Sin embargo ni aquél ni éstas pu •- 
den ser formulados sin muchas salveda- 
des y distingos, que exigirían espacio y 
tiempo de que no podemos disponer. No 
concluiremos estas líneas sin mencionar 
la composición, en que vibra por entero 
el hombre, la composición en que el au- 
tor, extraviado erf Europa, escribe al 
oír suspirar por su patria, por América, 
al espíritu criollo de un hermano nos- 
tálgico. Hela aquí: 

En tanto 

Me hablas de tu patria y Ianguide(*e 

Tu tristeza en un sueño. 

Como las flores de los lotos blancos 

Sobre el estanque, que os azul de 
cielo, 

Se desmayan pensando en su Tokio, 

Y en esos lagos donde no hay invierno. 
En tanto las marquesas volnptuosus 
Te brindan la prosapia de sus besos. 

Y sueña tu nostalgia, y es muy triste 
Soñar con un on. sueño. 

En 1^1 país celeste á quien jazmines 
Han entorchado su blasón guerrero; 
Mientras liban su gloria las abejas 
En la heraldía de sus triunfos nuevos. 

En tanto se arremanga la pollera 

Pompaduroscamonte 

La francosita do los ojos negros. 
¿Has sentido un galope de centauros 
Sobro la pampa que enarcó el misterio f 
¿Y hoy te pide el lirismo <lo las alus 
Algo épico, asi, que pase huyendo f 
4 Un rapto do oanderas por Tindá- 

rydas 
fin una vorágine de fuego f 

En tanto que en Vorsalles los 

Trianones, 

Sienten ruidos extraños 

Y, 80 agigantan los emperadores. 
¿Tienes novia f talves una morocha; . 
Una rubia do sol, guardas seeietot 
A Una Ofelia {H^rdidu en Ift florwta 
Kocoloctandu roja flor de eeibo« 
.\ quien no hsH dicho adiós, y halo 

impodido 

X'iiostra ron versación llena de beeoef 

En tanto aqui, xe alejan, no se 

olvidan, 

Y sienten muchos |>octas 

Y sleniprt» rememoran de su* versos. 
y.\ ronco pnMudiar de las guitarras 
Bajo el marco florido del alero. 

No llega á tu iMihnrdilIn donde míe- 

fias 
(^on rosas en tu invierno nmarillonto; 
Donde el roclo que bajó fu^ enrarcha. 
Donde I» lluvia, que cayó fut^ hielo. 

En tanto en sus abrigtis oncerradas 

Las lindas modistitan 



93 



Llevan por calorífero el deseo. 
Di; que tienes de allá? ¿por qué estás 

triste 
Aquí donde las rachas del pampero 
No arrancan las guirnaldas de la fiesta 
Borracha de champagne; donde Sileno 
Trae mensajes de Venus en las vides 
Y en las palomas del presente egregio? 
En tanto que esto ríe, no es posible 
Que sueñe tu nostalgia en que: 



* ' Ha brotado en las grietas del se- 
pulcro 

Un lirio amarillento." 

La vivificante brisa de la poesía ameri- 
cana orea el campo maldito, en que 
como fúnebre paño cae j^a Sombra de la 
Empusa. Aspirémosla á plenos pulmo- 
nes. 

JAVIER Z. MONTES 



•Al Excelentísimo Señor Don Ricardo 
Beltrán •}- Rózpide debemos el amistoso 
envío de varios tomos del ''BOLETÍN 
DE LA REAL SOCIEDAD GEOGRÁ- 
FICA," de Madrid (Revista de Geogra- 
fía Colonial j Mercantil, muy im{)ortan- 
te periódico trimestral en el que aquella 
docta Corporación científica da á conocer 
los meritísimos trabajos en que se ocupan 
sus respetables miembros. 

El tomo VII No. 2 de la expresada 
Revista española, registra un cargo en 
tono muy generoso y leal, pero en cierto 
modo grave á los pueblos de Centro Amé- 
rica, Lejos del escritor la intención de 
zaherir nuestros sentimientos, se nota el 
deseo de estimularnos á la pronta reali- 
dad de nuestro hermoso ideal. 

Dice la Revista, bajo el epígrafe ''La 
Unión Centroamericana." 

"Estamos dentro del período (1909- 
1924 en que los pueblos hispano-ameri- 
canos celebran ó van á celebrar el Cente- 
nario de su independencia. Se vuelve H 
vista al pasado para compararlo con lo 
presente y para hacer inventario de los 
progresos realizados durante un siglo, Y 
de esta comparación y de este inventario 
iio todas las jóvenes Repúblicas de Amé- 
rica pueden deducir iguales satisfacto- 
rias conclusiones. Las del Centro aún no 



han conseguido realizar el ideal que aca- 
riciaron desde los primeros días de la 
independencia. 

''Libertad y Unión" fué el lema de 
los hispanoamericanos que en 1821 se hi- 
cieron independientes y constituyen las 
Provincias Unidas del Centro de Améri- 
ca y se acerca el año 1921 sin haber lo- 
grado esa unión y sin garantía sólida y 
efectiva de esa libertad, expuesta de 
continuo á los eclipses y quebrantos que 
ocasionan las revoluciones y las guerras. ' 

Debemos congratularnos de que nues- 
tra antigua madre patria nos hable así 
en estilo cariñoso, aunque parezca cen- 
sura que bien la merecemos. 

Pero qué es lo que nos demora tanto 
en el camino ? 

Que nos falta juicio? No se confunda 
el juicio con el patriotismo. Sí puede 
resumirse el uno en el otro. Y para de- 
mostrar que no carecemos del primero, es 
preciso lo evidenciemos en los hechos que 
no nos costarán un sacrificio. 

Reavivar más y más ia idea es misión 
altísima del periodismo centroamericano. 
No divaguemos: comenzar por algún 
punto práctico: siquiera por la inme- 
diata unidad de las leyes de Instrucción 
Pública. 

F. CONTRERAS B. 



ÍK 



Astorga "For Ever 



ff 




Si fuera poeta, no podría resistir .la 
tentación de llnmar en mi auxilio & lu8 
nuove hornmiuiH y, en cimnío «intioni so- 
bro mi fronte ol soplo divino, ompufuuulo 
I:i póñola, entonar un himno al dios del 
vegetarismo, Astorga, su profeta, y k 
Kzourra, su ministro. 

Pero, sí... ¡Para poesías estamos! 

Gracias que, á los (jue vivimos en este 
valle (lo lá;;rimns y liitinedades nos quede 



humor para pasar nuestra exitt«ncia en 
pnmn. 

l)<>Ntlo que se dewubri6 aquello de loa 
toros tuberouloao^ae nos puso carne de 
K»llina y eetarooi^n el alma 6 con el 
estómafro en un hilo. 

l/os que. como un scn-idor de 
senttamoH aficiones carnívoras, 
de pósiune y de cólera. 

8<* ncnliaron los bifes á caballo. Nos 
hemos quedado á pie. 



J)5 



¿Y qué me dicen ustedes de la leche? 
4 Quién se atreve ahora á tomar ese lí- 
quido, como no le presenten un certi- 
ficado de que es más estéril que los pla- 
nes del Ejecutivo? 

Precisamente ahora que por temor á la 
tuberculosis nos habíamos acostumbrado 
á no escupir sobre ni bajo la vereda; 
ahora que habíamos aprendido á tragar 
saliva, viene á descubrirse que estamos 
sobre un volcán, que el bacilo se ha in- 
troducido en nuestra ganadería, que la 
tuberculosis nos rodea por todas partes 
... ¡ Qué horror ! 

Pero no hay que asustarse. El peligro 
es grande, pero no irremediable. 

Esa es, por lo menos, la opinión de un 
médico amigo mío, quien, para librarnos 
del mal que nos amenaza,- piensa someter 
al Departamento Nacional de Higiene 
un proyecto de medidas profilácticas en- 
tre las que figuran las siguientes: 

Prohibición del expendio de leche por 
más adulterada que sea. 

Prohibición del uso de calzado de be- 
cerro y de los peines y otros artículos de 
guampa. Y como toda precaución es po- 
ca, piensa solicitar también se prohiba, 
en la conversación el uso de ciertas pa- 
labras, como cuerno, asta (sin y con h). 
De modo que si el proyecto se lleva á 
cabo no tendremos más remedio que des- 
pedirnos de los amigos en francés ó en 
italiano y substituir la frase: ¡Hasta 
luego! por ¡Au revoir!, ¡arrivederci! ó 
; ciao ! 

En cuanto á la aclimatación,- se hace 
apóstol de Astorga y pide se declare 
obligatorio el sistema vegetariano. 

Por mi parte, me he entregado por 
completo á ese sistema, no sólo en la 



alimentación, sino en todos los actos de 
mi vida. 

Como entre los vegetales predomina ol 
color verde, todo en mi habitación es de 
ese color; me desayuno con yerba-mate y, 
salvo muy pequeñas variantes, todas mis 
comidas se componen del siguiente menú: 

Sopa de pámpanos. (La recomiendo 
á mis lectores, por que es verdaderamen- 
te despampanante-. 

Chauchas rellenas en salsa verde. 

Pasto á la parrilla (plato muy pas- 
toso). 

Cotorras en escabeche. (No pican). 

Ahali pororó á la paraguay. (No es 
verde, pero es muy duro). 

Berros á la maitre d'hotel. 

Licores: Bananas^^y compota de pasto 
seco. 

Toda mi ropa es verde, en parte porque 
la he comprado así, y en parte por el uso. 

No leo más que cuentos verdes, y tra- 
tándose de teatros voy á donde hacen 
obras de ese color. 

Confieso que maldita la gracia que me 
hace ese sistema, pero entre eso y comer- 
me un bife colonizado de microbios, la 
elección no es dudosa. Yo no he nacido 
para colonizador. 

Habrá quien observe que podría comer 
pescado, pero desde que he sabido que 
para conservarlo suelen emplear el ácido 
fénico, he renunciado por completo á los 
pejerreyes, corvinas, besugos y demás su- 
balternos de Neptuno y de Betbeder. 

No me negaréis que el dilema es terri- 
ble: ó carne tuberculosa ó pescado con. 
ácido fénico. 

El vegetarismo se impone. 

¡Astorga, recíbeme en tu seno ! 

JULIÁN J. BERNAT. 




96 — 



FIMAL DE UM DUELO 



Padrino l.o — ¡En guardia, señores! 

Comhaticiile 1.0 — Me han colocado á 
veinte pasos de mi rival y á él á treinta 
de mí. Eso lo da ventaja. 

Padrino. — ¡Ea! A matarse como Dios 
manda. A eso hemos venido. 

Combatiente 2.o — Es que me tiene pá- 
nico. 

Combatiente l.o — ¿Quién? i Yo? Hom- 
bre, si le doy así, con la pistola, en un 
moflete. . . (Suenan tres palmadas y se 
oye un disparo). ¡Ayl ¡Socorro! ¡Me 
he agarrado un dedo con el gatillo al dis- 
parar! (Oyese otra detonación). 

Combatiente í2.o — ¡Socorro á mí tam- 
bién! Se ma ha escapado la bala. (Aulla 
un perro tristísimamente). 

Padrinos. — ¡Cese el duelo! La honra 
de nuestros apadrinados ha quedado en 
su sitio. 

Médico. — Y cúrese al herido. ¡Pobre- 
cilio! Es de caza y le han desollado el 
rabo. 

Todo*.— ¡Toma! ¡chist! ¡chist! (Sil- 
ban. El perro sigue aullando. Aparece 
una señora muy gruesa, sofocadisinia). 

Señora. — Caballeros, ¿está por aquí ol 
campo de honor? 

El médico. — Lo está usted hollando. 

Señora. — ¡Ah! Gracias... no puedo 
más. . . ¿Saben si han matado á mi mari- 
do? Un señor bajito, picado de virue- 
las... Lo pregunto para llorar mucho. . . 
sí, sí... ya estaría llorando si, con la 
precipitación, no me hubiera olvidado el 
pañuelo, y si no temiera que so mo co- 
rriesen los polvos. • 

(Combatiente l.o — ¡Mi mujer! 

Señora. — ¡Anacleto! ¿Pero crea tú 

Combatiente l.o — ¡Tecla! 



Señora. — ¡Grandísimo pillo! Desafiar- 
te por una pindonga que todo lo lleva 
postizo y no me llega á mí á la suela del 
zapato... (Todos ríen; el perro, á quien 
acaban de vendar el rabo, ladra). ¿Se 
ríen de mí? ¡Diles algo, Anacleto, ó 
nos veremos las caras! 

Combatiente 1.0 — (entre dientes). — 
¡Ay! Demasiado nos las hemos visto. 

Señora. — ¿Y cuá.1 de esos era el que tf 
quería hacer pupa? Puede que aquel de 
la pistola. . . 

Combatiente i.o— Pero, Teclita... ve- 
te... 

Todos. — ¡Fuera! ¡Fuera! 

Señora. — ¿Va eso conmigo? 

Todos. — ¡Sí! ¡Vayase! Este lugar (m 
para hombres solos. ¡Fuera de ahí! 

Señora. — ¡ Defiéndeme, Anacleto ! 

Combatiente i.o— 4 No comprendes que 
...? 

Todos. — ¡Fuera! 

Señora (quitándi>íe una bota). — ¡Fal- 
tarme así, tras de querer aifebatamie 
la existencia de mi marido! (Repartien- 
do goli)es). ¡Toma! ¡toma! Mira, Ana- 
cleto, cómo los casitigo... 

Voces. — ¡Es una furia! 

— ¡Casi me salta un ojo! 

— Y parece aue tiene para rato 

— ¡Huyamos! 

Señora (en el paroxismo del furor). — 
Se fueron. . .¡Anacleto, ya eetáa Teni- 
do!... Pero si vuelves á batirte por nin- 
gún pingo... (agarrando 4 au eónyug^ 
por las orejas) |te desuello I Vaja, qu^ 
si hubiese unaa comataa cono 70, pnint*» 
se acababan los desaffoa. 

.1 VÍCTOR TOMEV. 



- 97 - 



f^:^^^,l^:.^i:^kM^:^ki 



Mú^ímmtm m&m í@m WmitQÍmm 



Como hay gente que protesta 
de las condecoraciones, . 
se ha pensado en una encuesta 
para pulsar opiniones; 

, y aunque no nací hijodalgo, 
pues fué plebeyo mi hogar, 
quiero también decir algo 
sobre ese j)articular. 

Injustas á todas luces 
son las críticas acerbas 
üontra encomiendas, y cruces, 
y cordones y otras hierbas. 

¿Acaso en nuestra nación 
democrática, está mal 
mirada la institución 
de la encomienda... postal? 

I No hay quienes su vida amargan, 
y venden su alma al demonio, 
porque velis nolis cargan 
con la cruz... del matrimonio? 

¿Hay quien sublevarse pueda 
contra la existencia actual, 
del cordón ... de la vereda, 
ó el cordón... umhilicial? 

¡Bah! ¿Y no se ve ca^R día, 
sin que nadie diga nada, 
que imparte la policía 
la orden. . . de retirada? 

De nada me maravillo; 
yo sé que el culto corriente 
•es el culto al amarillo 
del oro, sencillamente. 

Todo lo demás es humo 
<jue el viento disipa; y vana 
la protesta, pues presumo 
«que durará una semana. 



Lluevan condecoraciones, 
pequeñas, grandes, tremendas; 
yo, sin muchas pretensiones, 
opto por las encomiendas. 

A cambio de ellas crearía 
cruces, cordones, collares. . . 
toda una quincallería 
con sus santos tutelares. 

Allá va: Una distinción 
para marinos empleo ; 
y para ellos el cordón 
de Santa Bárbara, creo. 

Para que no haya tenores 
ni tiples, sin beneficio, 
creo para los cantores 
la cruz de San Cantalicio. 

Daré al pianista el collar 
de Santa Tecla; y á cada 
diputado popular, 
el de Santa Regalada. 

Para el caudillo ó votante 
más ó menos malandrín, 
crear es cosa importante 
la orden de San Quintín. 

Quien con costura y labores 
se gana la vida á diario, 
con hilo haciendo primores, 
será cruz de San Hilario. 

'E\ que bebe sin* medida 
y haciéndolo pierde el tino, 
se tiene muy merecida 
la cruz de San l¡f^nquilino. 

Y, en ñn, el que por su daño, 
anda sucio y anda en pata 
junto con la orden del Baño 
el cordón. . . de la Alpargata. 

JULIO S. CANATA. 



Ci/TT^ :^==^^ r5\\sy 



MODERNAS 



SAGRAMOR 



I VERSIÓN DE E. CASTILLO 

SAGEAMOE Y CECILIA 

i 1 

Al anochecer. Calle estrecha, de aspecto medioeval, ennegrecida por la sombra 
de un viejo palacio transformado en prisión. En una de las ojivas aparece Cecilia, 
linda doncella de diez y seis años, rubia y blanquísima.. Sus dedos sostienen una 
frágil cuerda de la cual pende, hacia la calle, una pequeña cesta, en que recoge 
las dádivas de los que pasan. 

' Cecilia, viendo á Sagramor : 
t Señor, una limosna! 

8 Saoilvmor 

í Quién eres? Tu belleza 

I* es la belleza lírica de una real princesa. . . . 

f Qué liacos !ihí tan triste, tan pálida f 

Á Cecilia 

I e'stoy presa .... 

í Saoramor 

i Presa! Y por qué estás presa f • 

Cecilia 
Prendiéronme inhumanos 
• porque robé unas joyas de daros resplandores, 

para adornar con ellas y enflorecer mis manos; 
mis ojos, con el llanto salobre que los ciibre, 
se van descolorando, st» van poniendo tristes, 

cual los arbustos bajo las lluvias del Octubre. ... , 

Ciñen mi sien diademtw 
de indecibles martirios.*. . . 1 

# Sagramor 

Mas no vieron — ¡Dios mío! — cjue tus dedot son lirios 
dignos, por su hermosura, de un rot'ío de gemas f 
Dulce crimen el tuyo: crimen de singel travieso.... 
Qué ojos tan doloridos! ^ 

Cecilia 
Tenían lus de aurora, 
señor; mas ni yo misma los reconoseo ahora. . .'. 

Sagramor 
Tu eíadf 

, ClCILIA 

Diez y seis afios. 



Y tu nombre? 
Cecilia. 



Sagramor 

Tan niña todavía! 

Cecilia 



Sagramor 
El nombre de una santa .... 

Y tus padres? 

Cecilia 

Murieron en ya lejano día. 

Sagramor 

Y tienes novio? 

Cecilia 

A nadie mi juventud encanta: 
i quién ha de amar, señor, á una pobre cautiva? 

Sagramor 
Yo te amo j he de amarte, Cecilia, mientras viva. 

Cecilia 
Amarme vos! Amarme! Es cierto lo que escucho? 
Mas qué podría daros, si no poseo nada? 

Sagramor 
Dame el luar de tu alma, la miel de tu mirada. 
Cecilia, te amo mucho. 

Cecilia ' • 

Ah! Si eso fuera cierto, señor! Pero, quién sabe 
si son vuestras palabras palabras mentirosas! 

Sagramor 
Habla! Que voz la tuya tan límpida y tan suave! 
Respóndeme: te agradan las piedras luminosas? 

Cecilia 
Oh, sí! Qué irradiaciones, qué celestiales brillos! 

Sagramor 

Y tienes muckas? 

Cecilia 
Túvelas, de resplandores ledos; 
pero me arrebataron las gemas, los anillos, i 

y ahora mirad: no tienen un adorno mis dedos! 
Envuélvelos, á veces, al verlos tiritantes, 
en las copiosas lágrimas que lloro, por fingir 
diamantes. Ellos júzganlas verdaderos diamanfes, 
y se alborozan, y hasta parecen sonreír! 
Como los niños, deben los dedos ser mimados, 
mas con aquel engaño me punzan los abrojos: |^ 
también son hijos míos mis ojos desolados, 
y por mimar las manos hago penar los ojos! 

Sagramor, sacándoí^e algunos anillos que trae en 
. los dedos : 
Pobres deSos que están pidiendo albos armiños, 
yo quiero engalanarlos como para una fiesía ; 
toma esas joy^s para que agasajes los niños. , . .• 
Mas, cómo habré de dártelas? 
Cecilia 
Señor, en esta cesta. 
Cecilia hace descender la pequeña cesta. Sus manos, al 
desenvolver la delgada cuerda, albean llenas de gracia. 

— 100 — 



Sagra MOR 
Nunca más bellas manos tuvo mujer alg:uii:i ; 
diríanse dos flores caídas de la luna! 

De pronto se romi>e la cuerda. 
Ay! como hacer ahora? 

Cecilia . 

Soltaré mis cabellos; 
hasta la calle en sombras habrán de llegar ellos. 

Cecilia desata sus reales cabellos, que descienden majE^í- 
Acámente á lo largo de! muro. 
Sagramor 
Llueve oro. Qué esplendor! Qué divinos torrentes! 
Llueve oro; llueve sol! Qué idílico tesoro! 
Entre esas áureas ondas tus manos transparentes 
son ángeles que ríen en una selva de oro. 
Qué escala de Jacob para mis embelesos! 
Qué escala para ir hasta tu boca en flor! 
Qué estrellado jardín para adormecer besos! 
Vén; te adoro, bien mío! 

Cecilia 

Estoy presa, señor. 
Sagramor 
Iré hasta tí ! • 

Cecilia 
Imposible! Muy alta es esta ojiva. 
Sagramor 
Para mi amor ardiente toda distancia es corta: 
yo quiero estar cautivo, pues que te hallas cautiva. 
!#' y amarte, amarte siempre. . . . I^ libertad, qué im)>orta? 

jÍ Sagramor dirígese alucinadamente á la puerta di» la prisit^n. 

I instantes desjiués, óyese crujir una puerta violentada. 

í Gritos, espadas que brillan. 

I sale un murnuirio de besos y de palabra» pasionadas. 

1^ Al nacer de la luna, por la ojiva de la prisión de Ceeilim 

( palé un murmurio de l>e80K y de palabras apanionadma. 

r SAGRAMOR Y CECILIA 

.II 

De noche. Ihi calabozo. Válido como un coiulciunlo á murrtt, con ¡as cabrüo» 
en desorden y Ion ojos crtraviadan. Sac/ramor «v hallo seutado i'h un mistro camas- 
tro, cerca de Cecilia dormida. . 

Cecilia, deHiiertando : 
Sagramor. . ' Sngramor. . . . ! I 

^ Sagramor 

Qué uío quieren, Cecilia? 
Ckcima 
Ke|)ósate. Abandona tu sien Hobro mi |KH*ho. 
• Sola, el canuisíro m(s«»ro n»o parecía enlrtH-ho; 

nuis contigo, cuan grantle me pariM-e este Un-ho! 
■ A veces, si tu cuerpo s«» simpara del mió, 
figuróme (|ue te hallas lejano, muy lejano, 
y qu<' este jergón ásjMTt» es un bosque bravio 
por entre cuyas sombras vi»y buscándote en vano. 
Vén; descansa en mi seno. Mis brazos s(*ritentino« 

en tonu» de tu cuello se anudar&u Iravieso» 

Mas, qué dolor »lescúbres4' eu tttí ojo»dirino8f 

- 101 - 



Sagra MOR 
La saudade cruel de tus primeros besos 

El amor es un pobre enfermo caprichoso: 

adora lo lejano, lo breve y pasajero 

Tan sólo el primer beso es suave y voluptuoso; 
los otros, son fantasmas y sombras del primero. 
Es el amor un día, un relámpago escaso 
que glorifica nuestras floridas mocedades; 
es el beso primero, es el primer abrazo, 

es la primer caricia Lo demás, es saudades. 

Cecilia 
Pobre de mí! Si es cierto que no me amas, qué importa 
mi vida miserable? 

Sagramor 
Llora; el llanto conforta. 
Cecilia 
Y, qué harán nuestras almas hoy que todo ha acabado? 

Sagramor 
Llorar nuestro amor muerto; llorar nuestro pasado. 

Cecilia 
Para el dolor nacida, para ser siempre triste, 
sabía que la dicha no puede persistir; 
pero, por qué, Dios mío, mis preces ^desoíste? 
Si sólo llorar debo, por qué aprendí á reír? 

Sagramor 
Oye: el amor engaña las almas inocentes; 
sólo ilusiones crea, vanos sueños inspira; 
de antros obscuros hace palacios esplendentes, 
y de guijarros, flores y llamas de mentira. 
Esta sombría cárcel que el claro sol no besa, 
parecióme, al entrar, un palacio de hadas, 
y ese jergón, el lecho real de una princesa 
cubierto de brocados y sedas delicadas. 
Vi telas suntuosas y cornucopias bellas, 
lámparas que fulgían entre verdes guirnaldas, 
en cestas de oro plantas florecidas de estrellas, 
y en los mosaicos, ónices, beriles, y esmeraldas .... 
Mas esa incomparable, divina maravilla, 
desvanecióse en una visión de pesadilla. 
En este calabozo, un hondo pavor siento; 
los muros me parecen espectros vengativos, 
que con extraños signos preparan el momento 
de desplomar sus moles y sepultarnos vivos. 
Huyamos; vén! Con dádivas gané á las centinelas. . . . 

Cecilia 
Y, á donde iremos solos por los caminos? Di. 

Sagramor • 

Al acaso No sé ... . Cual navios sin velas. 

Cecilia 
Tan fiel como una sombra, siempre iré en pos de tí. 

Sagramor, levantándose para huir: 
No tardes. Vén aprisa. Con un divino encanto, 
ya empieza el sol naciente á verter su tesoro 
de luz. Cubre tu cuerpo, y vén. 

Cecilia, irguiéndose desnuda: 

No tengo manto. 

Sagramor 
Desata tus cabellos. Irás vestida de oro! 

EUGENIO DE CASTEO. 
— 102 — 




Río Suchiate que sirve de línea divisoria entre Guatemala y México 




Kiu buchidlc. Lugar donde se construirá el Puente Internacional dd pM-A«er»caM 





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-2 

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EL VELO DE LA NOVIA 

( PARA " EL HERALDO " ) 



I 

En aquella mañana bellísima de primavera en la que ponía el sol befos de faej^ 
en los corolas de las flores y chispas de luz en las hojas de los árboles, las campanas 
de la iglesita del pueblo repicaban anunciando unas bodas al vecindario. Kste no 
se encontraba "contento," como dice Domingo Estrada en su linda traducción 
de la hermosa poesía de Poe. Estaba triste, inquieto, medroso. Paretía que un 
velo gris hubiese de súbito envuelto las almas, siempre alegres y jubiloyas de lo«< 
pacíficos habitantes de aquella aldea. Sobrado motivo había para tanta >ri:..:7a y 
para tamaña inquietud. La guerra ardía en ¡as fronteras <lel país. La patria 
peligraba. Era fuerte y terrible el invaf-or y si no lográbase contenerle en las prime 
ras batallas, todo estaba perdido. Por esto todos los esfuerzos se harían en la 
frontera. No distaba nuu'ho de ésta la aldea en que celebrábanse las bodas. Por 
elhi había pasado días antes e! ejército nacional y entre los reclutas que formaban 
la retaguardia marcharon todos los nujzos del ¡)ueblo. Con dios debió partir tam- 
bién Pedro, el que en el día aquc' celebraba sus bodas con Carmela, la más ((uapa 
de las uuu'hachas de la aldea; mas, j)or ser guardia rural y uno de los jóvenes más 
formales, determinó el coronel dejarlo para que ayudase en el pueblo á. los ()obre« 
viejos que quedaV)an encargados <le guar<lar el orden y eu caso necesario, de de 
fender la })oblación, Pedro aproxechose de esta circunstancia para realizar el ¡ilenl 
de su vida, la aspiración suprema de su alnuí, su matrinu)nio con Carmela. Tenía 
un secreto presentimientí> de que si no se casaba entonces ya no se casaría nunca 
é impulsado por esta voz del corazón, aceleró la boíla. Fué ésta triste. Kl cortejo 
nupcial estaba fornuido sólo por nnijeres y por viejos. Ia\ novia no oyó al pasar la 
iglesia los burras y los vivas en (|ue su hernu)surn haría prorrumpir á los nioxos. 

II 

CoiiKMi/.ó la ceremonia nupcial. En el solemuc momeutu en que el viejo párroco 
preguntaba á los novios sí re«'íprocanuMite se aceptabiui por eapoaoa, dejoae oír á lo 
lejos un ruido etxraño, nuMios fuerte cpu» el íle una tem|)eatad, pípro más continuo. . . . 
Un soldado inválido (jue fornuiba parte del cortejo dijo al oído al ptuire de !'• 
"se ha dado la bata.lla." Kn a«|uel instante los novios estrechábanst» toni' 
las manos anlc el sacenlote, qu«» pnmunciaba las frn :unentalt»j«. 

(huuxio hinca<l()s de rodillas ante el altar. lt»s ii. > la misa de NmUh, 

tornóse A escuchar a(|uel ruido; ca<la vez más fuerte, ;....- .¿..ciisu. mh» terrible. — 
Unas lágrimas rodaron por las mejillas de Carmela. • IVdrt» con vo« alterada, decía 

á la iu)via: nada temas, es una tenqM'statl lejana y no se Apiivocaba: era t»ii 

reiilida<l una tempestad, ihas no lejana. Cerca, muy cerca de nauellos dos tlesven- 
turados cernía sus alas de sombra y de luto como un cuervo fatídico é inmeniH). 

A\ salir de la iglesia los novios clavaron sus miradas en el cielo: ni una nulw 
veíase en él. Kn la aztd innuMisidad destacábase solamente el sol. que hacía su 
<liaria «-arrera poniendo besos de fuego en laa corolas de las^ores y chispaa de lut 
en las hojas de los árboles. 



III 

Habían pasado pocas horas. La tristeza é inquietud que reinaban en la aldea 
troeádose habían en terrible ansiedad j después en inmenso pavor. Estaba perdida 
la batalla. Por la aldea pasaron primero los carros de heridos j á poco en desorde- 
nada fuga, varios grupos de soldados. Algunos oficiales de alta graduación llegaron 
al galope y tras una breve discusión, acordaron organizar en las afueras de aquel 
pueblo unas barricadas para intentar resistir tras ellas algún tiempo á los vence- 
dores entreteniéndoles así, mientras se lograba detener y moralizar algo á los sol- 
dados que huían derrotados. 

Pedro encontrábase en casa de la madre de su novia. El pequeño banquete 
nupcial que se había preparado no se efectuó. Al oír que tratábase de defender la 
aldea, Pedro puso un beso febril en los labios de Carmela, j se alejó corriendo como 
un loco hacía las afueras del pueblo. Comenzábase en éstas la construcción de barri- 
cadas. No había que perder un minuto porque ya no tardaría en llegar el vencedor. 
Pedro trabajó como bueno. Era sano y era fuerte y la idea de que aquellas bancadas 
defenderían su pueblo y su Carmela, le hacía centuplicar sus esfuerzos. Una hora 
después la obra estaba terminada. A lo lejos destacábase ya la vanguardia del 
enemigo. 

IV 

La lucha fué terrible mas no de dudoso resultado ¿Qué podían hacer los heroi- 
cos defensores escasos en número y débiles de fuerzas, contra las vencedoras huestes 
enemigas? Compadecido el jefe del ejército invasor de aquellos hombres generosos 
que iban á perecer inútilmente, les intimó la rendición antes de usar la artillería 
para barrer aquellos débiles parapetos. Los defensores rehusaron y dos cañones 
emplazados frente á las barricadas comenzaron á vomitar fuego y hierro sobre ellas, 
contestándoles los que estaban dentro con fuego de fusilería. Pedro se batía como 
un león. Sus disparos siempre certeros como los de todo buen cazador, habían 
hecho á morder el polvo á varios artilleros. Pero los disparos de estos redujeron 
pronto á escombros el parapeto tras el que luchaban los defensores y estos tuvieron 
que emprender la retirada dejando abandonados sus muertos y sus heridos. Fué 
Pedro de los últimos que abandonaron su puesto. Quería agotar hasta el último de 
sus cartuchos. , Quedábale aún uno é iba á disparar cuando un casco de granada le 
derribó al suelo mortalmente herido, á orillas del camino entre unos matorrales. 
Muchos de los defensores yacían también allí, unos muertos, mortalmente heridos 
otros. A poco las columnas vencedoras invadían la aldea. 



La noche comenzaba á tender su manto de sombra y de luto sobre aquellos 
campos de desolación y de muerte cual si quisiese ocultar la obra nefanda de los 
hombres. Una mujer con el velo blanco de la desposada cruzaba en loca carrera las 
callejas de la aldea. Iba como la esposa del Cantar de los Cantares en busca de su 
amado, y preguntaba á cuantos en su camino encontraba sí le habían visto. Ninguno 
sabía de él. Encontró al fin al viejo tío Perico, el alcalde de la aldea. Este le 
dijo que Pedro había quedado junto á la destruida barricada y que allí le encon- 
traría. Vivo?, preguntó Carmela con el alma entera en los labios. Vivo, afirmó 
aquel hombre mientras en sus ojos veíase reñejada una inmensa conmiseración hacía 
aquella infortunada. Carmela continuó su carrera. 

Un destacamento de Ijas tropas vencedoras habíase quedado en la aldea de 
orden del jefe. Algunos soldados ebrios por el triunfo y por el vino cruzaban las 
desiertas callejas. Los habitantes de la aldea habían huido. 

Pronto llegó Carmela al sitio en que encontrábase su amado. Comenzó á lla- 
marle con desesperado acento mientras procuraba remover los cuerpos de los que 
yacían en tierra, para ver si podía reconocer á Pedro. Una voz débil y moribunda 
contestó á su llamamiento; Carmela lanzóse en aquella dirección. Eeconoció al fin 
al amado de su alma que agonizaba, mas antes de poderse arrodillar para besarle, 
sintió que unos robustfp brazos la sujetaban fuertemente por detrás. Eran los de 

• 
— 104 — ■ • 



tres soldados vencedores. Carmela estaba perdida. Ningún hcmano auxilio podía 
llegarle. Su amado yacía moribundo en tierra y allí, ante él, iba á ser deshonrada 
por aquellos desalmados. Una lucha terrible trabóse entre ellos y la débil mujer. 
Fué breve: pronto sonó un disparo. Pedro haciendo un grande esfuerzo había dis- 
parado su último cartucho. Eran tres los enemigos y de nada hubiese sen-ido matar 
á uno de ellos; pero era uno sólo el corazón de Carmela y ahí fué á incrustarse la 
bala disparada por su amada. Cayó la novia al suelo y los soldados huyeron aterro- 
rizados de su obra. Los labios de la moribunda articularon un "graias bien mío'' 
con que Carmela pagaba á su amada el don supremo de la muerte; y de las rosas 
blancas de la corona de desposada fueron cayendo deshojadas en la última convulsión 
de la agonía, mientras el viento de la noche iba extendiendo sobre los cadáveres de 
aquellos dos infortunados el blanco velo de la novia. 

HABOLDO. 




Hospital MiliUr 



- 106 - 



wimjmm mmmwmmm 

Vibra en los claros bronces el Ángelus doliente. . . . 
Los rodales que trepan del viejo campanario 
perfuman con su hálito virginal é inocente 
el ambiente tranquilo del barrio solitario. 

Bandadas de palomas cruzan la quieta plaza. 
Y, ritmando el silencio, en la fuente de piedra 
el agua quejumbrosa cae de taza en taza, 
y apaga su sollozo entre la espesa hiedra. 

Paseo por el atrio, con lento paso, el cura.... 
y las gentes afirman que los sueños lejanos 
nuevamente, en las tardes de autumnal dulzura, 
florecen bajo el hielo de sus cabellos canos. 

Al fin de una calleja todas las tardes suena 
una flauta tañida por un mendigo ciego, 
de luenga barba obscura y triste faz morena, 
que á la flauta confía su doloroso ruego. 

Hay en el aire lento, que la flauta deslíe, 
l^io de la tristeza lánguida de sus notas, 
una amable dulzura que en el fondo sonríe 
y que esparce el perfume de las cosas remotas. 

Del cura los plateados mechones de cabellos 

el viento agita á veces; y deshoja las rosas 

del recuerdo en su mente: cuando él hacía bellos 

sonetos en elogio de todas las hermosas. 

(Fué soñador y libre cuando escribió sus versos 
á la amada, y, ahora, que la vejez ya vino 
el consuelo le resta, en los días adversos, 
de remozar el alma en el cáliz divino ) 

De los tiempos galantes de juventud florida 
todo murió; y hoy quedan sólo los otoñales 
ensueños en que torna de aquella muerta vida 
la fragancia indecisa de sus rosas ideales. 

En la larga calleja el sonar quejumbroso 

de la flauta se apoya,... Se va con su breviario 

el cura Y los rosales del alero ruinoso 

se deshojan al viento que bate el campanario.... 



CARLOS WYLD OSPINA. 



1910. 



— 106 






EL DESEO 



Si de algo se enorgullece el hombre como de su más rico tesoro, es de su inteli- 
gencia, de ese poder de comprender y de obrar que le abre en el mundo todos los 
caminos del éxito y le hace sentirse en la naturaleza como un imperio dentro de otro 
imperio. 

El hombre llega á la vida atado de las manos y desprovisto de diseemimiento. 
Sus órganos esperan ía segunda creación que hará de ellos la función más activa, 
y su espíritu se despierta con la débil potencia de sus recuerdos hereditarios, pronto 
á realizar por sus experiencias sucesivas su adaptación al ambiente. En un lento 
trabajo que es una alianza de victorias y descalabros, de tentativas y triunfos, la 
luz de la inteligencia se va haciendo, y en las tinieblas del mundo ella es la lumbre 
que ilumina el sendero. 

El lenguaje completa de manera admirable la evolución del espíritu; no basta 
observar, recoger hechos, es menester clasificar las experiencias, encontrar sus 
afinidades y dependencias, erigir sobro sus múltiples aspectos las generalizaciones 
y las síntesis y buscar la intersección de la experiencia personal en la trayectoria de 
la circulación universal de la vida. TjHes servicios están encomendados al lenguaje, 
que presta los símbolos y las abstracciones para estas lalwres de la razón. Sin el 
precioso auxiliar del lenguaje articulado, nuestra razón sería, con la diferencia de 
nuestra evolución específica, la razón imperfecta del animal; bastaría para nuestra 
orientación en el mundo y la atención de nuestras necesidades, |>ero estaría muy 
lejos de poseer la riqueza de nuestro pensamiento y la acuidad de nuestra imagina- 
ción creadora. 

La palabra articulada ha sido por eso un fator inestimable de la evolución de 
la especie humana. 

Sin embargo, ella misma ha Férvido de vehíulo para la adaptación del error y 
do instruniento que el hombre ha aprovechado en su Un-a aspiración de substraerse 
á las leyes naturales y ha<'er varias empapadas al mundo inuiginario de lo sobre- 
natural. Nada en efecto hay más A propósito para producir ilusión que la figura- 
ción del lenguaje. Por ella prestnnuis á las cosas cualidades que no tienen, y con 
sus artificios pretendemos nnu-has veres cambiar nuestra naturales:! humana en 
una naturaleza sobrehunuina (|ue sólo existe en los desarmllus verbales de nue«tni 
imaginación. 

Se puede afirmar (pie el lenguaje orea un caudal de necesidades intelectuales 
que no tienen su origen en las necesidades materiales. !^ mayor parte de bui 
satisfacciones llamadas intelectuales olK»d<M'en A niM-esidades que crea la palalwm 
articuladla y (|ue son reales unas veces ó imaginarias on nuichns íM'«»¡»»nes. 

La multitud de nuestros dcyeos puranuMJte intelectuales s<ui un rt>sultado del 
lenguaje. Kl presta á la fanta^'a el elementt» riipiísimo y variado de las ideas <^uo 
no son experinuMitales-, la lógica misnui. producto de la adaptación del espíritu 
al mundo, encuentra en la palabia el instrumento útil pura totla olaiv de desarro- 
llos, pero engañosa casi sieuípre. Las palabras, instrumentos im|H>rfertos, el 
lenguaje figurado de que nos valemos á cada paso, S4»n la fuente copiosa de todos 
nuestros deseos irracionales, de todas nuestras aspiraciones que no responden á una 
necesidad natural de nuestro orgjinismo. 

VA deseo, en su fornuí más eleuiental, no es más que la manifestación inte- 
lectual de una necesidad orgánica. S<»ntimos hambre, fatiga, sueño ( m^oesidades 
orgánicas), y la sensación pronuune en la conciencia la idea de «onuT. la aspira- 
ción del reposo ó »»! deseo de dormir. # 

- 107 — 



Sólo una verdadera necesidad orgánica puede producir en el individuó sano el 
fenómeno del deseo. Un hombre harto no siente el deseo de comer; quizás, por 
glotonería, querrá comer más, pero lo hace sin gana, por vicio ó por capricho y no 
por la impulsión del deseo. 

Pero no es tan sencillo el acto del deseo. Las necesidades materiales lo en- 
gendran del modo referido y logran así su satisfacción; pero en muchos casos nace 
por sí mismo, acto intelectual que se produce sin el concomitante físico, y que 
puede prolongarse indefinidamente, porque su campo de acción no es el limitado de 
las necesidades naturales sino el vasto é impreciso de la fantasía. 

Por un' abuso de sus facultades imaginativas el hombre extiende la esfera de 
sus deseos mucho más allá de los linderos de su naturaleza específica. En su locura 
querría en un instante destruir y construir; si un Dios hubiera atento á satisfacer 
todas sus caprichos el mundo no sería mundo desde que hubo un hombre sobre la 
tierra, capaz de alimentar otras aspiraciones que las de sus necesidades materiales. 
En la religión y fuera de la religión, en el amor, en la alegría, en el duelo, en el 
lenguaje cuotidiano, se formulan deseos y votos contradictorias, absurdos los más, 
sensatos algunos, que, sin embargo, no tienen por sí mismos ninguna consecuencia. 

La poesía, cuyo lenguaje figurativo y falso demuestra más que ningún otro 
ejemplo hasta qué grado de extravío y error puede llegarse por el abuso de un 
instrumento tan útil como la palabra articulada; la poesía, que es uno de los tim- 
bres de orgullo de la especie humana, es acaso la forma intelectual que más ha 
explotado la falta de sensatez de la mayor parte de nuestros deseos puramente in- 
telectuales. No hay poeta que no pida á la noche que se prolongue indefinidamente 
para eternizar su ventura amorosa; no hay trovador que no pida al viento que lleve 
sus palabras á la amada, ó que no desee que los muros que la guardan se derrumben, 
que las puertas se abran y los guardianes celosos se adormezcan. Los deseos insen- 
satos van á la par de los pensamientos absurdos. Se desea que la vida sea sólo 
dichas ó se asegura que la imagen adorada alumbrará el claustro de la tumba. En 
una estrofa del Lago Lamartine pide en vano que el tiempo se detenga y paren 
las horas su carrera fugitiva: 

O temps! suspends ton vol, et vous, heures propices, 
Suspendez votre cours! 

Ser ave, ser brisa, un rayo de la luna, un rey ó el mismo Dios, no es cosa que 
deseen sólo los poetas; en todas las circunstancias de la vida formulamos esos ó 
parecidos deseos, que en último resultado sólo vienen á demostrarnos la ausencia 
de libertad en nosotros y lo estéril de la faena de confiar á la buena fortuna lo que 
nos agradaría contemplar realizado. 

En todo deseamos más de lo natural; comenzamos por olvidarnos de que somos 
hombres y aspiramos á tener alas; hacemos una vida sencilla y obscura y ambicio- 
namos el fausto, el poder y hasta la gloria. Somos seres que vivimos modestamente 
sobre la tierra y que querríamos cruzar como el águila los dominios de las nubes. 

Para ser justo, debemos, sin embargo, hacer observar que muchos de los bienes 
de que goza el hombre los ha alcanzado por el impulso de sus ambiciones. La ambi- 
ción es una forma superlativa del deseo; ella tiene de activa lo que éste de inútil. 
Por eso, cuando querremos poseer una cosa, no la deseamos, sino la ambicionamos, 
y la ambición es fuerza y es poder, con tal que la apliquemos á la consecución de 
un fin humano que corresponda á nuestra escala de hombres. 

ADEIAN EECINOS. 



^%Ísú.J^á^ 



— 108 



(a^^-- 



La Pla^a de Toros de Guatemala 

Adversarios y defensores, acérrimos aquéllos y éstos firmes, ha 
tenido en los últimos tiempos la Plaza de Toros de la Capital. Época 
hubo en que se dio por caduca y proscrita la castiza diversión espa- 
ñola, y en un discurso pronunciado por Ventura Saravia se rezó de 
profundis á la sanguinaria lidia y se declaró que Guatemala había 
llegado á tal altura de civilización que jamás consentiría aquella 
suerte de espectáculos. Veinte años después el público deliraba con 




Valentín y rompía en ex))IoHÍoneH de entusiasmo nnto In faiMia nía- 
^nstial (le Mazzantini. Si his corridas de toros s(»n bj'irbaras. HebomoK 
reconocer que en Guatemala estamos en eompleta barbarie, porqu" 
la afición á las lidias iiállase profun(biment«' arraigada on el pueblo. 
Lo (jue ha faltado á veces son los medios de satisfacerla: carecemos 
de ganado \\ propósito y ha habido que importar diestros y Hcraa. 

Los ataiiues referidos fueron siempn* á la diversión, \\ laa eorri- 
(las de toros; y, guardando una especie <b» respeto por el loca! en 
(jue éstas se habían verificado, pensábase en darlo un destino man 
conforme con la eult\ira nuestra, conservándolo siempre eomo un 



— 109 — 



lugar consagrado a otro linaje de espectáculos. La guerra que hov 
se le hace es más grave: se tiende nada menos que á hacerla desam 
recer. ^ Ayer eran idealistas los adversarios : hoy fos enemigors'^n 
los prácticos representantes de la civilización yanqui y el peligro 
de la Plaza de Toros es más serio. ^ Pengro 

Antes de que el edificio de la época colonial caiga en manos de 
la empresa americana ó venga á tierra, quiero hacer%l recuerdo de 

:Lrtfe=:ddT "° ^^^ ^^^ '^'^ ^--^^ ^'^^ --^'t" y ™--- 

V el^ilnÍfrp".tí'°'.''°'!,^^"r*''° ^'^"\'' ^^'"""^ ''«t^^o ">'»1 ^formado 
Pl nJf í '■^'^'■'^^«.d^'i ^F«tín Meneos, que escribió algo sobre 
o rí nue ér'^'r-"""" ^^"'^''l "° equivocación, suponiendo uno y 
don ZtnL r -r T,^u- ^^^^ •'^ ^°^'<^™° '^«' Capitán General 
Pe^áp^? % '"''''''\^^°"'"'"^° y ^'^^^'^í «1 Arzobispo García 

morías V Z T/ ^'"n^'" 'K'?'' '''^''^'^ '^'^ ™« apreciables Me- 
morias y don Antonio Batres Jáuregui no trae más datos que los 
que suministro Toribio Villatoro en un artículo de impugnación al 
Licenciado Agustín Meneos. mpugnacion al 

,r..J ""í™",-^ P'™*" '^'^ '^í'"'''*' Villatoro es la misma pecadora que 
traza estas lineas no se dirá que espigo en campo ageno si repico 
conceptos ya publicados; como no se dirá que queda duda respecto 

rJvP^r^'' '^'''"'' '^' '^ edificación, en vista de los datos qu^ho 
ra \en la luz por primera vez. 

un« nr/r*H 'I ^°'"T'' '^'' ^*P'*^° ^'^"*'™' ^^••'^^«. «e construyó 
ZfJT K, I'^V *^*' ™''°''''' provisional en el llano del Cuadro 
entre el pueblo de Jocotenango y el barrio de San Sebastián; y era 
tan insignificante y defectuosa la construcción, de madera, si¿ techo 
ni comodidades, que no tuvo duración alguna, y el Brigadier don 
José de Bustamante y Guerra, cuadragésimo te'rc^ero gobe^ador de" 
Remo construyo otra en la Plaza Vieja, enfrente del Batallón del 
vil t pT**, t '" antecesor, en el mando, y tuvo así mismo esta 
íijo y en el lugar en que andando el tiempo edificó el General Ca- 
rrera .el teatro actual. El nuevo redondel ordenado por el agrio 
perseguidor de los independientes no era meior ni más cómodo v 
co?t"a duración.'"'" '" antecesor, en el mando, y tuvo así mism'o 
Desde el año de 1814 pensó el Hermano lAIayor del Hospital 
don Narciso Payés y Romana, en construir una plL de toros,'^for: 
mal, de mampo.steria, amplia y con la necesaria .solidez, que no des- 
Z^Zl, ^\ ^*'"!f' edificaciones con que se estaba hermoseando la 
naciente ciudad de Guatemala y que al propio tiempo fuera una 
tuente segura de ingresos para aquella casa de caridad. El entu- 
mí" w"/-/,"" ^^'■?''° Payés se comunicó á la Hermandad directiva 
del Hospital, y la Junta elevo á la Corte la petición correspondient- 
a fin de conseguir la venia del monarca. 

Regía á la sazón el cetro de las Españas Su .Majestad Don Fer- 
nando Vil; y SI en la península estableció con paternal solicitud 
cátedras de tauromaquia para que sus amados subditos hicieran 

--. 110 — 



curso completo en el arte del toreo, es de presumir que vería cou 
buenos ojos la erección de circos taurinos en sus apartadas colonias 
del Nuevo Mundo. Prueba de ello es que el día de San Lorenzo már- 
tir del año de gracia de 1816 llegaba á San Juan de Dios un pliego 
con las armas reales y el sello de su excelencia, dirigido **á los S. S. 
Herm-Mayor y Srio. de la Junta de Caridad del Rl. Hospitar* y que 
contenía á la letra lo que sigue : 

"Con fecha 12 de marzo de este año, se me ha comunicado por 
el Ministerio de Estado y del Despacho IJniversal de Gracia y Jus- 
ticia la Real Orden siguiente : 

"Condescendiendo el Rey con la solicitud que ha hecho en O 
"de mayo de 1814 la Hermandad de Caridad del Ilospital de esa ciu 
"dad, se ha servido concederle permiso para construir de su cuenta 
"una plaza de firme en que se corran toros, ó novillos despuntados, á 
"fin de acudir con sus productos á la mantención de aquel piadoso 
"establecimiento; siendo la voluntad de Su Majestad que L'd. cuidt» 
"de la recta inversión de los fondos que se colecten.*' 

"Lo que traslado á Ud. para su inteligencia y efectos corres- 
pondientes. ' ' 

"Dios guarde á Ud. ms. as.. 

Bustamante. 

Rl. Pal"., Agosto 10 de 1810. 







l'iscaso andaba el erario del Hospital, y para acudir á la urgen- 
cia (le la edificación do In plaza de toros, dt^stinó el Reñor don Juan 
de Barrcucchc cu una memoria piadosa la suma de nuevo mil tres- 
cientos cuarenta y cinco pesos, y un real; y para que e«ta cantidad 



— 111 



se acrecentara con intereses, la reconoció á usura el señor don Pedro 
de Aycinena y Larrain, obligándose á ir cubriendo las planillas 
hasta amortizar el capital y sus réditos, según todo consta de certi- 
ficación extendida el 12 de junio de 1818, por don Felipe de Alva- 
rado, Escribano de Cámara interino del Supremo Gobierno, Capi- 
tanía General y Junta Superior de Eeal Hacienda. 

El señor Payés, inspector de la obra, la contrató con el alarife 
Manuel Antonio Arroyo, y tenemos á la vista una nota de este maes- 
tro, fecha el 3 de mayo de 1819, en donde constan las medidas do 
los cimientos hechos en la plaza con materiales suministrados por 
Pascual González; nota aprobada por este sujeto y poi" el albañil 
Simón Aquino y revisado por el Hermano Andrés Minera. 

Bastante adelantados viéronse ese año las tareas, al punto de 
haberse verificado las primeras corridas, que produjeron al Hospi- 
tal quinientos sesenta pesos; y podemos formarnos idea de los pro- 
gresos alcanzados leyendo los siguientes pasajes de la Memoria del 
Secretario don Manuel Montúfar y Coronado, presentada en la junta 
general de 6 de enero de 1820, que presidió el oidor don Miguel Mo- 
reno por delegación del Gobernador y Capitán General don Carlos 
de Urrutia y Montoya. 

^'Los capitales impuestos — dice el Secretario de la Hermandad — 
han decaído mucho por las razones que se dieron en la relación de 
los actos del año anterior, y porque uno de ellos está invirtiéndose 
en la fábrica de la plaza firme de toros 

''La plaza formal de toros se continúa trabajando con la posible 
brevedad. Están fabricadas 917 varas cúbicas, sacándose desde el 
cimiento hasta la elevación de dos varas á que se halla igualada todo 
el circuito que abrazó." 

El propio año de 1820 el Hermano Mayor don José de Isasi y eí 
Secretario don Manuel Francisco Pavón y Aycinena, comisionaron 
al señor don Domingo Payés para celebrar el arriendo de la plaza 
y al efecto se remató en don José María Siliézar para una temporada. 

Al año siguiente, el memorable de nuestra independencia, se 
concluyó toda la parte de calicanto, quedando repellados los muros 
y las gradas de mampostería hechas en anfiteatro, bien apisonado el 
coso y circuido el corral anexo. 

En carta que el 31 de diciembre del referido año 1821, dirigió 
don José de Isasi al Hermano mayor don José de Urruela, se lee á 
este respecto el párrafo siguiente : 

''Acompaño dos cuentas liquidadas con don Pascual González y 
maestro Simón Aquino, asentistas de la obra de la plaza de toros, 
bajo los núms. 1 y 2 ; una del costo de cimientos y otra de fábrica de 
tres varas doble de alto sobre ellos en toda su circunferencia. Por 
ellas resulta librado por don Manuel Pavón y por mí contra la casa 
de los señores Aycinena la cantidad de cuatro mil trescientos treinta 
y dos pesos, sin incluir el costo de seis mil ladrillos para la bóveda, 
mochetas de piedra y otras de poca consideración, librados contra 
dicha casa necesarios á la obra y no del cargo de los contratistas." 

— 112 — 



El mismo año, el ya citado Hermano mayor don José de Urruela 
hizo los demás libramientos, hasta liquidar el crédito del Capitán don 
Pedro de Aycinena y Larrain, los cuales cubrió el señor Licenciado; 
don Juan Fermín de Aycinena y Pinol y hemos revisado con toda 
minuciosidad. 

Faltaba únicamente cubrir de azotea la parte de los palcos y ten- 
didos y al efecto se hicieron los siguientes contratos: uno el 13 de 
septiembre de 1822 con don Antonio José Arrivillaga para el sumi- 
nistro de la madera, procedente de la "Hacienda Nueva" en el valí»» 
inmediato de Canales, y otro el 15 de abril de 1823 con los maestros 
Andrés Aguirre y Manuel Alvarez sobre ejecución de las obras d" 
madera para los aljarafes y gradas, las cuales, á razón de dieciocho 
reales la vara lineal, deberían estar concluidas en el próximo mes 
de noviembre. 




Vemos, pues, por todos estos datos njj:urosiimrnlr comprobable» 
y sacados de documentos fehacientes, (pie nuestra plaza de ttirtw 
fué principiada en la época colonial, bajo los auspieioM de Fernando 
VII y durante el Gobierno <lel General don José de Hustamaiite. y 
se vio concluida en los prinienw años df nuestra vida independiente; 
no dejando lugar á duda sobre estos particulares, ni permitiendo por 
ende suposiciones inexactas y aseveraciones sin fundamento al mino 
de verdad. 

El amplio edificio ha rendido en favor del Hospital los anhelado» 
frutos (pie prepararon sus generosos iniciadores, constituyendo una 



US — 



renta Perpetua y apreciable para nuestra más importante institución 
de caridad. Además de las personas ya nombradas, colaboraron con 
sus esfuerzos para alentar la obra, los venerables proceres de la inde- 
pendencia canónigo Doctor don José María Castilla Rector de San 
Pedro, y Doctor don Antonio García Redondo, Deán de la Iglesia Me- 
tropohtana y protector de la Hermandad de San Juan de Dios 

No nos perdonarían los manes de tan egregios patricios que deiá- 
ramos arrebatarse al Hospital una tan importante fundación, siquie- 
ra fuese con la promesa insegura de un cambio ventajoso. El edificio 
reúne condiciones adecuadas á la lidia de toros; ha sido dedicado •. 
circo de equitación, de ejercicios gimnásticos y de pruebas acrobáti- 
cas: en su recinto se elevó el globo aerostático del infortunado Plo- 
res cuyo ñn trágico forma época en los anales de nuestras diversiones 
publicas; allí vimos lá montaña espiral y mil otros espectáculos 
oímos el rugir espantable de las fieras domesticadas bajo las portá- 
tiles carpas de errabundos domadores, y acudimos á ver monstruos 
exhibidos, ágiles contorsionistas, graciosos payasos, generosos aficio- 
nados al toreo en corridas de beneficencia y un ensayo del teatro 
nacional indígena. 

^Dejemos el edificio como está, que así- está bien, es un monumento 
histórico y un centro útil para diversiones públicas y provechoso 
para las entradas con que angustiosamente se sostiene el Hospital de 
San Juan de Dios. 

Quede al cronista de "El Nacional" la tarea de una descripción 
de la Plaza de Toros, pues para ello tiene prendas y aptitudes como 
ninguno, y yo me limito á la parte histórica de la construcción; con 
lo cual se acorta el fastidio producido al lector paciente por lo enfa- 
doso y cansado de este articulejo. El cual termino haciendo votos 
porque nuestro circo perdure largos años, en el temor de que el que 
en cambio se proyectara pudiera quedar ad kalendas graecas. 

EL DR. PBNCBS RBDISH. 



^ 



114 — 



día deportivo 



1T de: agosto 



CA^J^Y^T^T^JS^^, Í)K MICTCTI .in A. 



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DON PABLO CHEVILLON 

Vencedor en la carrera de bicicleta y que obtuvo 

la medalla de oro 



.jIéü M^i 



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uu , iWiiio Rosmiu 

Veniedor en la carrera itntni de biciddas y 
que obtiiyv d príMcr prcait ea cfectiv* 



CAMPEONATO DE "EL NACIÓN AI 

CARRERAS DE A PIE 




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SENOR don ÓSCAR QUIZADA 
Medalla de oro. Primer premio 



Sfl^ DON AiroNM) (Kl/ 
Medalla de piala. S'v'undo premio 



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Re?a por mi tristeza 

á Nereida 



4 



líntra Adorada, el tiMiiplo está callado, 
cubro con tu mantón color de duelo 
tu virginal semblante idolatrado, 
que así parecerás ante tu amado 
como una estrella en enlutado cielo. 

Entra, y reza en la sombra solitaria 
por mis perdidas y muertas alejarías 
y suelta la torcaz de tu pleyfaria . 
para (pie lleve entre %us abis frías 
la (pieja de mis liondas ajjonías. . . . 

Habíale á Dios d(» mí, que 8Í te eseueha 

le i)ondrá fin á la espantosa lucha 

de (»ste mi amarfío corazón cobarde 

Que no muere, que te ama y te venera 

j Kntra!. ... no es tarde 

para este condenado. ¡ Kntra ! KI espera. 

Lee en tu libro suplicantes preces 

por el triste po<»ta (pie te adora. 

por este soñador (pie tantas veces 

desesperado llora, 

sin el consueh) de mojar con llanto 

tus cabellos »»spesos. . . . 

por mi (pie sufro tanto 

sin (lue apague el furor de mi rpiebranto 

la caridad de tus nnücnfr^ b.-sos. 



^ 115 — 



j Entra tú ! Yo no puedo, soy ateo 
y solo en ti, mi Virgencita, creo ; 
y tu puedes rezar por que la noche 
no se haga entre mi espíritu sombrío, 
si yo elevo á los cielos mi reproche 
tu eleva una oración, ídolo mío. 

Entra y mira á un rincón, donde fulgura 
entre la luz de moribundos cirios 
Jesucristo mostrando sus martirios 
, cuéntale mi amargura, 

mis pálidos amores, mis delirios 
y mi negra y constante desventura. 

Ese gran visionario 

nostálgico del Bien, te oirá en la calma 

del místico silencio conventuario, 

ya que sintió la muerte en el Calvario 

y yo siento un Calvario dentro el alma. 

Llega al pié de su cruz, y de rodillas, 
lleva á El tus ojos celestiales, 
y dile, con el llanto en las mejillas, 
una oración por mis inmensos males. 

Y, como imploradora Magdalena, 
habíale de mi pena 

Reza por mi tristeza. 

Dile que en las tinieblas en que lucho 
no hay más luz que tus tjos; que no escucho 
más ritmo que tu voz; que solo siento 
entre el infierno de mis penas mudas 

pasar las tempestades de mis dudas 
entre mi huracanado pensamiento, 
pídele en tus fervientes oraciones 
que reviva mis muertas ilusiones; 

Que alcance á mi tormento 

la bondad que derrama, 

¡dile con explosión de sentimiento, 

poniendo toda tu alma en el acento, 

i Piedad ! ¡ Piedad ! para el que tanto me ama 

CARLOS H. VELA. 

-Por la impresión de '*A Nereida*' de mi amigo-hermano Carlos. E. Martínez. 

C. H. V. 



116 — 



NUESTROS PINTORES 
EN LA EXPOSICIÓN DE CHILE 



La prensa local se ha ocupado de des- 
cribir varias de las pinturas que paní 
Chile, dirijen algunos de nuestros pinto- 
res. 

Queremos nosotros referirnos ahora á 
uno de los más geniales artistas, nuc»<t tu 
amigo don Julio Lowenthal, que envía tres 
cuadros originales, pero de verdadera y 
auténtica originalidad, indiscutible, por 
que es la copia de nuestra frondosa y 
bella naturaleza tropical. 

Por primera vez concurre él á la Amé- 
rica del Sur con sus producciones; pero 
para nosotros es ya el conocido pintor qu»» 
en las Exposiciones nacionales do i!)01 y 
1905, obtuvo los dos grandes premio?», — 
medallas de oro, — do los concursos. 

Entre los cuadros proparados, figura 
primeramente una miniatura qu»? rfpro- 
senta con colorido apropiado, la calle de 
Arco de la Antigua Guatemala. Ks toífa 
luz y Sol; y nos detalla con verdad, esa 
poética Metrópoli, que fué de la Capi- 
tanía General de Guatemala, y qiio ai rui- 
nó el terremoto de Santa Marta do 1774. 

En segundo lugar, irá A Chile, un pai- 
saje pequeño, que dolinoa uno do Iom al- 
rededores de esta Ciudad Capital: ol ca- 
mino á la finca * ' El Narnnjo. ' ' 
— En él, el artista so afana on dar ol co- 
lorido que tienen el cielo, la tierra y la 
vegetación de las jiartos altas do hi Ko 
pública; especialmente ol ciprén, ol on- 
ciño y la granuí, osos siMipátioon habitan- 
tes do nuestras altiplanicies. 

Pero el tercero, de dinionsionen moyoH'H 
(un metro do ancho por niotro y niotlio 
de alto) os ol do mAs mérito A nuontro 
juicio y so ha inspirado on la lujuriosa, 



en la rica y variada naturaleza de nues- 
tras costas, tan abundante en parajes de 
sublime poesía. 

Figura en primer término, vegetación 
pequeña al pié de dos colosales cedros que 
están en segunda línea; separando á és- 
tos de dos beHos conacastos, un tortuoso 
camino natural de travesía; y en el fondo. 
el bosque verde-oscuro con sus hamacas 
de juncos y enredadoras; y á lo lejos en 
último término el cielo del medio dfa, 
límpido y radiante. 

Es un verdadero estudio de la natura- 
leza selvática, de la sorprendente tonali- 
dad de colores del trópico y de la capri- 
chosa é infinita variación de Une^ de 
nuestras montañas. 

Adornan el primero y segundo cuadro, 
figuras do indígenas con sus trajee Üpt* 
eos; el tercero es sólo la inspiración de 
nuestra montaña. 

Todos los cuadros van en arUstieoa 
nuircos y llevarán una noticia deeeriptiv». 

Además de éstos, el sefior l^\y 
tiene en su estudio, las obras pr< 
á «lue nos referimos al principio; y va 
rías pinturas mis, todas originales f que 
lo noroditau do »"•♦"• vnnajijrta. 

Va nuestro « a á un gran Oon* 

curso, donde U' <: u pintoree eoncurri* 
rán disputándose la victoria; pero ó el 
orgtillo nncional nos ofusca, ó el mere* 
ceri una distinción, la que por modesta 
que sea, se la deseamos muj dsfsras por 
él j por Guatemala. 

Nuestros parabienes al amigo Lowen- 
thal que asi honra á la tierra en qns 
nació. 



- 117 - 



MADRILEÑAS 

En la Fiesta de Covadonga de México 



A ALFREDO SIERRA VALLE 



üstez perdone, arma mía, 
disimule ustez, mi reina, 
¿quiere ustez bailarse un chotis 
con este cura ? . . . . 

— ¡So pelma! 
¡ya he dicho que no me gusta 
bailar con gente de iglesia! .... 
— ¿Me ha visto ustez la corona?. . . . 
— ¡he visto á ustez. ... la coleta! .... 
— Pero siga ustez, cacho é g'oria, 
mujercita ebúniia j bella, 
¿ustez me ha tomao por otro 
ú por quién?. . . . 

— ¡ Por mi portera ! . . . . 
¡pues no tiene pocas ínfulas 
el gacho ! . . . . 

— las que me quedan 
después de pasar el vómito, 
la fiebre y la disenteria, 
—Pues ¡valiente cataplasma! .... 
— ¡Pa servir á ustez princesa! .... 
— ¿ A mi ? ... . ¡ vaya con el hombre ! . . . . 
¡ande y sirva usté á su abuela! 
— ¡Se murió! .... 

— ¡Pues que la entierren ! . . . . 
— ¡Si ya está enterra! .... 

— Pues ¡ ea ! . . . . 
hemos acahao; y chito, 
que me duele la cabeza. ... 
— ^Pero venga ustéz, serrana ; 
¿ á qué son esas pamemas ? . . . . 
¡si no vale hacerse fuerte 
ni poner la cara seria, 
cuando se tiene en el cuerpo 
un alma de madrileña! 
¿A que baila ustéz conmigo?. . . . 
¿ Se quié tiste hacer una apuesta ? . . . . 
¡ Arza, carita gitana, 
vamos á dar cuatro vueltas 



y vamos á dar envidia 

á todos los que nos vean, 

moviendo los cuerpecitos, 

muy juntitas las cabezas, 

con toas las reglas del arte 

de la gracia madrileña. . . . 

— ¡Caray, si sabe usté hablar! .... 

lo que es con esa elocuencia, 

no tendrá ustez frío.... ¿eh?. . . . 

— ¡Guasona! 

— ¡Cursi ! . . . . 

— ¡De veras! . . 
pero, con muchismas ganas 
de marcarme una habanera 
con la morena más barbi 
que hay esta tarde en la fiesta; 
con la ministra encargada 
por lia Península Ibérica 
de representar aquí 
á {a mujer madrileña, 
im que esta tarde en el Parque 
se sepa lo que es canela. 
¡Anda, salero del mundo, 
reclina aquí tu cabeza, 
y Dios bendiga á tu madre 
y á tu padre y á tu agüela 
y, ole ya por las mujeres 
que gastan prosopopeya 
y distinguen y presumen! .... 
¡Arsa allá, zaragatera! .... 
¡que no se diga que hay gracia 
cual la gracia de la tierra, 
ni hay mujeres en el mundo 
donde está una madrileña! .... 

¿Que me dice usté, arma mía?.... 
— ¡Que ha ganao ustéz la apuesta! 

.TOSE DE CASAS. 



— 118 — 



I 




El artista señor Lowenlhal en su estudio 





Casa en que nació el General Barrios en San Lorenzo (Departamento de San Marcos^ 




-}- El maestro Santiago Ochoa que ensenó las primeras letras al General barrios. 
Murió el 12 de Julio de 1910 



aZ7t^=^^==^^/7^=-^=^:^^0^^ 



MULTICOLOR 



(recuerdos de la feria) 

Uno que se ha desvelado 
estudiando las propuestas 
de empréstito, fué á las fiestas 
á apuntarse al colorado. 

— Treinta millones, es pisto, 
(dijo el pobre á su señora), 
¡ qué ricos están ahora 
los que mataron á Cristo I 

Veras que este camarón 

(y mostraba uno de á cien), 

si se le maneja bien, 

se convierte en un millón. 

Y perdida la chabeta 
en ese mar de ilusiones 
soñaba ganar millones 
apostando ú la ruleta. 

Salto á salto y brinco A brinco, 
entre la{runas de faii^o, 
llegó hasta Jocotcnango 
y pidió fichas de á cinco. 

Al colorado una puso 
y el negro salió en seguida; 
volvió á la carga, y perdida 
vio la segunda, confuso. 

Quiso buscar el reintegro 

de su pisto, y, aferrado, 

apuntó en el colorado 

dos fichas, y. . . . volvió el negro. 

Por rescatar las tres stiinas, 
veinte pesos fué después; 
y salió el 8, (jue es 
más negro que Oboiy Domas 

— 119 - 



—Ahora debe repetirse 
?ste malvado color. 
Fué diez pesos, y, ¡ oh dolor 
el dos. neffro, dejó oírse. 



— Me saca el negro de apuros 
pensó, — y en él me desquito 

del ruletero maldito, 

y perdió otros veinte duros! 



4 fichas le quedaban 
tan sólo, y avergonzado 
de no haber una acertado, 
vio Que todos lo miraban. 



Entonces, ¡ oh idea rica ! 
por cobrar alguna vez, 
puso en cada lado diez 
y salió i la casa chica ! 



— Hay que irse del otro lado — 

diez en el negro apuntó 

y en esta ocasión cayó 

la bola en el colorado ! 



CHAS CARRILLO. 




Interior del Hospital Militar 
— 120 — 



C, L. FLEISCHMANN 



k 



Estudio sobre los Indígenas Mayas 

DEDICADO AL ATENEO DE GUATEMALA 

Sin título alguno que uie acreditara, este Centro Cientí- 
fico me distinguió con el inmerecido honor de acogerme 
entre el número de sus ilustres socios: inmerecido porque ni 
mis aptitudes me autorizan, ni mis estudios arqueológicos pro- 
fundizan lo suficiente para que se me cí>ncefla el derecho de 
formar parte de este lucido círculo. 

Tan solo la circunstancia de que mis díaí* en este bello 
país, que durante casi un cuarto de siglo me ha brindado la 
más cordial hospitalidad, son contados, me decide desechar 
por un niomento mi encogimiento y á dedicar al Ateneo de 
(ruatemala el siguiente artículo, no sin rogar que se me dis- 
pense indulgencia por mis escasos ccmociuiientos de la mate- 
ria, y por otra parte por el modo imperfecto de expresarme, 
ílefecto inherente á mi condición de extranjen). 

Nada más satisfactorio para mí que coadyuvar á pene- 
trar las tinieblas (pie envuelven la historia de los indígenas, 
moradores de este privilegiado suelo, de esas bravas liuestetf 
((ue con un heroísmo (pu* busca su paralelo en la historia, se 
defendieron contra el avance victorioso del Conquistador. 
\() seré yo juez del procedimiento empleado para la subyu- 
.ia( ion de esos infelices aborígenes: atpiella epíxa, grandiosa 
<i í^e quiere, pero que simultáneamente ha p(Hlido dar origen 
.i la hKpiislción, ha sido ya Ju/.gada por la Historia. Desde 
t 1 jmnto.de vista del anpieólogo, es de <leplorars«* que el fa- 
natismo religioso por una parte y por otra las miras políticas 
<le destruir cuanto pudiera significar un lazo de unión de las 
razas indígenas y la idea de patria en las regi<mes sojuzgadas, 
hayan ofuscado el ánimo de los invaiíores hasta tal grado de 

• 



que bajo el disfraz ó la pretensión de la religión, hayan des- 
truido casi todas las huellas de una antigua civilización, que 
en muchos puntos superaba á la de los opresores, quienes se 
creían llamados á difundir entre "aquellos salvajes" la luz del 
Cristianismo; y si uno ú otro objeto que hoy sirve de guía 
para nuestros estudios se ha salvado, es porque el indígena, 
que fué verdaderamente devoto, lo pudo sustraer y ocultar. 
Con todo el rigor y el fanatismo los dominadores solo consi- 
guieron el exterminio del culto á medias, pues hoy todavía 
invoca el indígena, que aparentemente es buen cristiano y 
cumple con los mandatos que la iglesia impone, á los dioses 
de sus antepasados cuando se ve en serios apuros. Las atri- 
buciones del dios Mam, (el Viejo, el Abuelo) causa de los 
retumbos y de los temblores, aun viven en la mente de mu- 
chos pueblos; y mi amigo, el señor don E. P. Dieseldoríf, en 
un reciente artículo sumamente interesante, cuenta que al 
acusarse á un Quecchi de hurto, este, para probar su inocen- 
cia, señaló al sol y exclamó que la verdad la sabía el señor 
Xbalamké (el Dios del Sol.) Me cuentan que en el departa- 
mento de Huehuetenango, donde los indios conservan muchas 
de sus antiguas costumbres, se elige cada año una Municipali- 
dad para los asuntos administrativos y otra para los religiosos. 
Huelga decir que estos últimos se relacionan tan solo con 
costumbres antiguas, como v. g. mantener vivos ciertos fue- 
gos. Aseguran que, si resultan hueras las siembras, los in- 
dividuos del pueblo castigan á los encargados del antiguo 
rito, culpándolos por haber desatendido su deber y haber así 
provocado la ira de los dioses. El cuento del "cadejo" y el 
alboroto en casos de eclipses, pertenece á esta misma catego- 
ría y tiene su origen en la superstición de los indígenas. 

No será por demás consignar aquí unas palabras que se 
refieren al indígena como hoy lo conocemos. Por cierto, su 
suerte no es envidiable. Desde el "Vae Victis" con que le 
maldijera el conquistador, el indígena, hablando en términos 
generales, ha descendido de la altura donde lo colocara su 
antigua cultura á la degeneración completa, pero, bien en- 
tendido, no por su propia culpa. Dada su tendencia á su- 
persticiones y siguiendo el ejemplo que le diera Moctezuma 
(véase la segunda carta de Hernán Cortés al Emperador Car- 
los V fechada en Villa Segura de la Frontera el 30 de octu- 
bre de 1520) aceptó al ñn la subyugación como la realización 

— 122 — ■ 



de una antigua profecía — el destino contra el cual era inútil 
combatir. Y en efecto había de ser así: el poder con que la 
inquisición armara á los conquistadores, empedernidos é 
inexorables por el fanatismo, y la aspereza bruta que lleva 
tras sí una guerra salpicada de aventuras, y el uso exagerado 
de bebidas embriagadoras calculadas para minar la virilidad 
indómita del vencido, tuvieron que culminar en la formación 
de un ser cansado de persecuciones, falto de voluntad, vicio-- 
so y al misino tiempo astuto. Si he de aducir alguna analo- 
gía histórica, ninguna más evidente que la reclusión de los 
Judíos durante muchos siglos en los Ghettos, donde sus ras- 
gos radicales se borraron y su emancipación de los defectos 
adquiridos se vino efectuando lentamente. Mi vida en las 
ciudades no me ha dado suficiente oportunidad de estudiar 
el carácter del indígena moderno; pero he teñido ocasión de 
tratar á individuos eo quienes se reconocen aiin las trazas 
distintivas de los antepasados que demuestran que aquella 
raza extinta debe haber producido individualidades á quienes 
tenemos que señalar un puesto bastante elevado en el escala- 
fón del género humano contemporáneo. Hoy están, si no 
perdidas, por lo inenos ocultas aquellas cualidades, más son 
aprciables cuando el indígena se desviste de su desconfian- 
za justificable y estudiada, y permite al extraño un vistazo 
su verdadero carácter. Abriguemos, pues, la esperanza de 
que el sentido justiciero y el afán de educará las multitudes, 
que hoy prevalece en el mundo, se ocupen de nuestro indíge- 
na y consigan que resalten otra vez brillantes sus cualidades 

' recomendables que hoy están enterradas bajo una densa capa 
de retracción, consecuencia de la subyugación y de la preven- 
ción que nos legaran los conquistadores y sus detscendientas. 
De los abolengos de la raza de que tratamos se podría 
decir mucho más de lo que permite la índole del presente 
trabajo y por ende me concretaré á lo más necesario. He li- 
mitado mis estudios á los Mayas, que pueblan el norte de 
este país, la península de Yucatán y el noreste de Honduras y» 
están emparentados con los Quichés. Sobre los [x)l>laciore6 
de este país, hay relativamente poco escrito por los antiguos 
historiadores del tiempo de la Conquista, pero para nuestro 

• objeto nos bastan las obras de Landa, Lizana, López de Co- 
goiludo y otros que han escrito de las cosas de Yucatán, ha- 
bitado por la misma familia de los Mayas. Me serviré de la 

— 123 — 



traducción de un cuadro sintético compilado de la literatura 
antigua y moderna por el gran sociólogo inglés Herbert Spen- 
cer, para resumir á grandes rasgos la vida de los Mayas y 
solo me resta decir que el origen de ellos está envuelto en la 
más impenetrable obscuridad. Hay quienes aseguran que 
han imigrado en Yucatán del lado Sur, pero me inclino á la 
creencia general de que la ingresión fué verificada, como 
sucede también con todas las tribus mexicanas, por el lado 
del Norte. No faltan quienes cuentan á los aborígenes de 
las Antillas, v. g. Cuba, entre la familia Maya, pero arqueo- 
lógicamente nada se ha podido comprobar. 

Después de presentar al indígena tal como vivía y se 
gobernaba, será del caso dar una idea de su vida intelectual. 
Dejaré por el momento las artes prácticas y ocuparéme en 
primer término de sus conocimientos en el ramo de los ele- 
mentos gráficos y matemáticos. Vemos, pues, que el sistema 
geroglífico que se halla en los objetos encontrados en Yuca- 
tán, Chiapas, Guatemala y Honduras, es el mismo, y que to- 
das estas regiones formaron la liga lingüística Maya. En 
casi todas las ruinas de aquellos estados se encuentran monu- 
mentos esculpidos, más ó menos bien conservados, que testi- 
fican' del adielanto de los moradores pasados — desgraciada- 
mente 'os conquistadores, viendo en todo lo que tocaba á la 
vida íntima Maya, y por ende en sus tradiciones una obra 
del diablo, trataron de su destrucción y por lo tanto dejaron 
de trasmitirnos el fondo de esa ciencia gráfica; y aunque el 
celo de los estudiantes, especialmente en los últimos veinte ó 
treinta años, ha hecho luz sobre una cantidad regular de ge- 
roglíficos, especialmente en los que se relacionan con los nom- 
bres de los días y de Jos meses (que nos legara el. Obispo 
Diego deLanda), los períodos del calendario, signos astronó- 
micos y astrológicos, monogramas de los varios dioses, signos 
de los puntos cardinales, en fin todo lo que se refiere á deter- 
minaciones del tiempo y de números, no nos es posible, has- 
ta la fecha, leer sino muy poco de los elementos neutros ó 
de cosas. 

Grandísimo impulso para el estudio de esta ciencia han 
dado los Códices ó Manuscritos Mayas, de los que solo cuatro 
han sido conservados y los cuales nos convencen de que los 
indígenas, ó por lo menos sus sacerdotes, han tenido un vas- 
to conocimiento en materia del calendario, en astronomía y 

_ 124 — 



que sabían calcular fácilmente con números muy altos; un 
cálculo á que se refiere Foerstemann en su '*Descif ración de 
los Manuscritos Mayas" llega á la respetable suma de 
12,299.040. 

El más importante de estos códices es el **Codex Dres- 
densis," conservado en la Biblioteca Real de Dresden. De 
como y cuando llegó á Europa nada se sabe: como cosa in- 
comprensible y por ende sin valor fué regalado al biblioteca- 
rio por un desconocido en 1739. Contiene 39 fojas, de las 
cuales 35 están ilustradas en colores é inscritas y cuatro en 
un lado solamente, de modo que se compone de 74 páginas 
escritas. Su largo total es de 3. 5 metros por 0.295 de alto 
y 0.085 metros de ancho. La composición del material de 
estos manuscritos es de hojas de maguey cubiertas de un bar- 
ni^/ blanco que permitía la escritura ó el dibujo; plegado al 
modo de un abanico que, cuando está cerrado, se presenta 
como un libro en cuarto, poco más ó menos. Debemos al 
Dr. E. .Foersteinann la edición facsimilada de este doiaimen- 
to valiosísimo en cromofotografía. De los Có^r*--^ »*< A más 
artístico y el más cuidadosamente escrito. 

Otro códice es el *'Códex Peresianus," que se encuentra 
en la Biblioteca Nacional de París. Desgraciadamente no es 
nada más que un fragmento que el Prof. León de Kosny en- 
contró en la Biblioteca Nacional en 1869 entre legajos de 
papeles viejos. El papel que lo envolvió llevó el nombre de 
Pérez en letra española del siglo XVII y de allí se le nombró 
"Peresiano". Consta de once hojasósean 22 páginas de 9 pul- 
gadas inglesas de largo por cinco y una cuarta pulgadas de an- 
cho. La escritura está luuy lK)rrada pero evidentemente fuéde 
nu carácter altaiuente artístico. En 1887 I^n de Rosny editó 
el facsimile de este hermoso manusíTÍto en cromofotografía. 

K\ tercero es el **C(KÍex Cortesianus" que se encuentra 
en Madrid en el Museo Ariiueológico, cuya edición en fot<^ 
grabado también debemos á León de Kosny en 1888. Pro- 
bablemente hay conexión entre »^ste y el cuarto, el **C'odex 
Troanus." La publicación de este valioso códice la debemos 
al entusiasmo de Brasseur de Bourbourg, quien visitó Madrid 
;í su regreso de Yucatán y lo encontn> en jK)8e8Íón de don 
Juan Tro y Ortelano, profesor de paleografía y desi-endiente 
de Hernán Cortés. Se compone de 85 liojas ó sean 70 ivigi- 

- 125 ~ 



ñas y mide 14 pies de largo por 9 pulgadas de ancho. Las figuras 
y caracteres están pintados, como los otros, en negro, azul, 
colorado y color café. 

Los códices, en lo general, se ocupan de observaciones 
astronómicas, del rito, de las ceremonias de las varias fiestas 
religiosas y principalmente de asuntos relativos al calendario, 
que lo tenían ajustado á las mil maravillas, pudiendo los 
Mayas fijar acontecimientos memorables por miles de años 
atrás ó cualquiera fecha venidera con toda exactitud. 

La cronología Maya es sumamente interesante, diría, lo 
más interesante del estudio Maya, si no temiera pecar de 
precoz, pues poco conocemos de otros ramos de la vida Maya 
intelectual que puede haber sido muy despierta, tomando 
como norma sus conocimientos matemáticos. El sistema nu- 
.mérico fué vigesimal, siguiendo por multíplices de veinte 
hasta sumas muy elevadas. Los números de uno á cuatro 
fueron representados por puntos, el cinco, diez y quince por 
uno, dos ó tres palitos y los otros números intermediarios 
hasta 19 por una combinación de puntos y rayas. También 
había un sistema de expresar los números por signos, caras ó 
figuras, pero estos casi siempre se refieren á denotaciones de 
épocas desde un dia ó mejor dicho O días á 144,000 
días; respecto de épocas mayores hay dudas todavía. Para 
escribir números altos los Mayas tenían que servirse de co- 
lumnas que se leían de abajo para arriba y teóricamente se 
aplicaba el sistema vigesimal llevado á la segunda, tercera y 
cuarta potencia; pero Foerstemann, al aplicarlo á la descif ra- 
ción del Códex Dresdensis encontró que en la tercera línea 
contada de abajo no multiplicaron sino por 18 para ponerlo 
de acuerdo con el calendario, como más adelante se verá. 
Para explicarlo mejor daré un ejemplo: 

___ = 9 (1 = 7,200 X 20 = 144,000 días = 1 ciclo) = 1.296,000 días 
_•-•_ = 12 (1 - 360 X 20 = 7,200 " = 1 katun) = 86,400 " 

-^ = 5(1= 20X18= 360 "=ltun) = 1,800 "• 

_ = 3 (1 = 1 X 20 = 20 ^' = 1 uinal) = 60 " 

;^= 0(1= 1 = 1 - =lkin) = O " 



1.384,260 días 
líOTA — Las fechas que así se expresan en los códices, seg-uidas por el g-e- 
rog-liñco numerado del día y del mes se computan de tantos días después de la 
lecha mitolog-ica ó sea el principio de la era, 4 Ahau 8 Cumhu, de la que hablaré 
más adelante. 



126 — 




E 

a 



E 



•o 



El calendario mismo es sumamente complejo: había 18 
meses (uinal) de 20 días (kin) cada uno, pero siendo esto 
demasiado inintelegible para las masas, los sacerdotes dispu- 
sieron dividir el período en ''semanas" de 13 días. Cada 
uno de los 20 días tenía su nombre, pero el décimo cuarto se 
contaba otra vez por el primero, de manera que el segundo 
mes- empezó con el mismo día del primer mes (v. g. Kan) pero 
ya con el número 8, pues teniendo cada mes 20 días y divi- 
diéndolo en períodos de 13 días, el segundo mes empezó con 
el número 8, el tercero con 2, el cuarto con 9, &. <fe. El dé- 
cimo cuarto mes tenía que empezar, según este sistema, con 
el mismo número del primer mes. Para el cómputo de las 
eras en los monumentos, se sirvieron los Mayas de este año 
(tun) * de 18 meses de 20 días ó sean 3H0días: más sabiendo 
que el giro de la tierra duraba 365 días, intercalaron después 
de terminarse el décimo octavo mes, 5 días (uayeyab) que no 
pertenecieron á ningún mes. Estos eran los días sin nombre, 
los días de dolor, en los cuales apagaban el fuego en todas 
las casas y en los templos y se celebraban ceremonias funes- 
tas. Par esta interpolación de cinco días, el segundo año 
empezó con el sexto, el tercer año con el undécimo, el cuarto 
año con el décimo sexto día, de modo que solo cuatro días 
fijos había en que pudieron comenzar los años y por la divi- 
sión singular del período de 13 días y la interiH)lación de 5 
días "sin nombre" una vez en cada 52 años, ixxiía comenzar 
el año en el mismo sitio y número del día. La observación 
de años bisiestos no está comprobada plenamente. 

Para el señalamiento de fechas, los Mayas se valieron 
del año de 3H5 días. Kl principio de la cronología era una 
fecha iiútológica, 4 Aliau 8 Oumhu, (jue seguramente regis- 
traba algún acontecimiento de prinu»ra magnitud, como en 
la nuestra el nacimiento de Jesucristo. 

Otra época muy importante (h»l calendario Maya fué la 
que los Aztecas llamaron Timalamatl osean 13 meses de 20 
días (2t>0 días) ({ut* comprende t(MÍas las distintas combina- 
ciones de los días en el mismo año, pues como dejo expuesto 
arriba el déiimo cuarto mes está construido exactamente 
coiiío el primero, el décimo quinto como el segundo ¿z. <fc. El 
período corriente ponjue los Mayas se r¡gien>n era este To- 
nalamatl y por él se ajustaron los acontecimientos imiKirlan- 
tes de su vida: por él se asignaron los días venturosos é in- 

_ 127 - 



faustos, se presagiaron sucesos futuros y se dictaron los 
festejos y las fiestas religiosas. Este período religioso se sub- 
dividió en cuatro partes iguales de 65 días cada uno y cada 
parte fué presidida por un planeta ó una estrella, y por uno 
de los cuatro puntos cardinales con sus respectivas deidades. 

Gran papel en el calendario Maya desempeño el planeta 
Venus, cuyo giro al rededor del sol tiene relación al de la 
tierra como 5 á 8. La luna, la Estrella Polar, Orion, las 
Pléyades, los Gemelos, todos entraron en sus cálculos astro- 
nómicos. Según algunos escritores, conocían bien los pla- 
netas Mercurio y Marte, cuyas revoluciones aparentes son 
de 115 y 780 días respectivamente. Según el cálculo pre- 
sentado en los códices, 104 años de Mercurio eran 46 tonala- 
matl, y un año de Marte equivalía á 3 tonalamatl. 

Los relatos mitológicos de los Mayas y de las tribus re- 
lacionadas merecen especial atención, más en la índole de 
este artículo nos llevarían demasiado lejos y me conformaré 
con contar solo uno, zapoteco, ya que de los i^lanetas lie ha- 
blado: como ese hay un sin fin de cuentos que explican suce- 
sos comunes ascendidos á puntos de religión. Hablando de 
los Pontífices Máximos (gran profeta), el padre Burgoa. en 
su Historia, que vio la luz pública en México en 1674, dice 
que su función principal era de consultar á los dioses respec- 
to de asuntos importantes de la nación ó de los individuos y 
de trasmitir su contestación á los feligreses. Como sucedió 
con la Pitonisa en los oráculos griegos, basaban estas profe- 
cías en la autosugestión, pues tuvieron estos sacerdotes el 
poder y la costumbre de trasponerse en un estado extático y 
efectivamente creyeron lo que veían y oían en sus visiones y 
alucinaciones. Estos sacerdotes de la casta mayor no fueron 
elegidos sino transfirieron el oficio á sus hijos. Del relato 
de la manera de tal transmisión, según el P. Burgoa, se des- 
prende que estos pontífices fueron considerados como el pa- 
rangón vivo del dios ó sea una encarnación de Quetzalcoatl. 
Mientras el sacerdote subordinado tenía, i^or regla general, 
que hacer un voto de castidad, y esta se aseguraba despojan- 
do á los muchachos destinados á ser sacerdotes de su virili- 
dad, el sacerdote mayor en ciertas fiestas tenía obligación de 
embriagarse y en estas ocasiones se le llevaban vírgenes: si 
una de estas resultare embarazada y diera á luz á un varón, este 
le sucedía en el oficio de Pontífice Máximo. Esto coincide 



128 — 



con la tradición atribuida á Quetzalcoatl, el dios sacerdote- 
de los Toltecas: como fué persuadido por brujos malévolos á 
beber pulque, se olvidó de su voto de castidad en la embria- 
guez y se unió con Quetzal petlatl. Por est/e pecado se obligó 
no solo á abandonar la ciudad sino el país é irse hacia el 
Este, á la costa del mar, donde él mismo mandó erigir una 
hoguera funeral y del fuego su corazón ascendió á los cielos 
como el planeta Venus. (Seler). 

Volivendo á los Maya^, su religión fué politeísta y dual 
en el sentido de que los dioses de la vida y de la luz, del sol 
y del día, del nacimiento y del alimento, de la lluvia fertili- 
zante y de los campos cultivados, formaron contraste con los 
de la desventura y del dolor, del hambre y de la peste, de la 
sombra y de la noche, de la obscuridad y de la muerte. To- 
dos ellos fueron presididos porHunab Ku: de él no existan es- 
tatuas ni imágenes, pues era invisible é incorpóreo. El jefe 
de los dioses benéficos fué Itzamná, la personificación del 
Este, del sol que nace, y, siendo la luz sinónima de vida y 
sabiduría, se le consideraba creador del hombre, de loe ani- 
males y de las plantas, fundador de la cultura Maya, quien 
inventó el arte de escribir y los libros. 

El que le siguió era Cuculcan (el Gukumatz de los Qui- 
chés y el Quetzalcoatl de los Mejicanos) la serpiente con plu- 
mas. Fué un dios héroe, de cultura y de bondad. Fué el 
que instituyó las leyes y el calendario. A él se le identificó 
con el S(^l Poniente. En las representaciones mitológicas 
aparece vestido de un traje ]?<'••»•'» •'>*! Kandalias y. lo que en 
de notarse, con barbas. 

(yomo tercero le sucede Kiu icli, el ojo o la cara del día, 
como representante del sol en el m«»ridian<). Ix>s sacriíicios 
de Kin ich se hacían á medio día y generalmente en épíH'as 
de j)estilencias, de gran mortandad, en las de destrucción de 
las siembras por langostas y de otras calamidades, y se cnMa 
que la (leiduíl bajaba en la forma de una guacamaya ( Ara 
macao) *Vl ave de fuego" y consunu'a la ofrenda. 

Otra divinidad de importancia es Xarnan Kk, la Kstrella 
Polar. Se le identifica con las diatm direcciones canlinales. 
pues de noche se reconm^en ellas |>or la posición del polo. 
Se le asocia con la Paz y la Abundam^ia. 

La consorte de Itzamná fué Ix Chel, el an'o de iris, tam- 
bién llamada IxKan Leom, la tela de araña c]ue r«H*ogeel rocío 

- 129 - 



de la mañana. Fue diosa de la medicina y de los partos; sus 
hijos fueron los Bacab ó Cliac, cuatro hermanos gigantes, los 
dioses de los cuatro puntos cardinales, de los vientos que de 
ellos emanan, de las lluvias que traen, del trueno y de los 
relámpagos y, de allí, de la agricultura, de las cosechas y de 
la provisión de víveres. A estas deidades benéficas siguen 
muchos de menor importancia que sería prolijo enumerar. 

Se oponen á estos, los dioses malévolos, los que presidían 
á la guerra, las enfermedades, la muerte y al orco. Dioses 
de la guerra por excelencia fueron Uac Lom Chaam (aquel 
cuyos dientes son seis lanzas) Ahulane (el arquero) Pakoc 
(aquel que asusta) Hex Chun Chan (el peligroso) Kak uKaku 
pacat (^su cara es fuego) Ah Chuy Kak (aquel que trabaja en 
el fuego), Ah Cun Can (el conjurador de culebras) Hun Pie 
Toe (aquel de las 8,000 lanzas). El jefe de todos estos ma- 
lévolos fué el Dios de la Muerte Ah Puch. Se le representa 
generalmente como esqueleto con calavera y así se llama Zac 
Chamay Bac (dientes y huesos blancos). 

Estos dos partidos de deidades, las que labran el bien y 
el mal en la existencia humana están en el conñicto eterno y 
lo que hace el uno lo deshace el otro, como lo enseñan tanto 
los mitos como los códices. 

De las deidades en forma de animales solo diré que estas 
deben considerarse generalmente simbólicas representando el 
movimiento de cuerpos celestes &. &. (Brinton). 

Sobre el grado de perfección que pueda haber alcanzado 
el arte musical entre los aborígenes, no me arrogaré juicio, 
pues nada sé que me conste positivamente. En los códices 
vemos varias formas de tambores y con alguna frecuencia se 
encuentran objetos multiformes de barro que servían de pi- 
tos á manera de la ocarina. La marimba que generalmente 
se considera como instrumento nacional es de origen africano 
y el arpa y el violín que figuran en la orquesta del indígena 
moderno, son adquisiciones relativamente modernas. Sin em- 
bargo me parece muy del caso hablar de una música indíge- 
na. Tanto en los Altos como en la Verapaz he oído entona- 
ciones que deben computarse pura y originalmente indígenas; 
en los Altos es generalmente una música festiva y alegre, 
mientras que la de la Verapaz tiene un rasgo indeciblemente 
melancólico, comparable tan solo á la condición deplorable 
del decrépito descendiente de vigorosos antepasados. 

— 130 — 



Pasando á su conocimiento en materia de arquitectura j 
de escultura, consignaré aquí unos apuntes que hice en una 
excursión á las ruinas de Copan y de Quiriguá. Sentiré 
siempre que el tiempo que tuve disponible no me permitió 
hacer un estudio más detenido. Es tal la abundancia de 
material que allí se presenta, que muchísimo de gran interés 
para el arqueólogo habrá pasado inadvertido á la vista, sin 
hacer mención de la multitud de gerogh'ficos que se encuen- 
tran grabados en las Stelas, en los altares, en los templos y 
en las graderías. 

El pueblo de Copan dista del lugar de las ruinas más ó 
menos una milla. Su elevación sobre el nivel del mar es de 
unos 620 metros y, según mis observaciones, no puede ser un 
un lugar muy sano. Aunque estuve allí en el mes de marzo, 
las brumas cubrían las montañas circunvecinas hasta las 9 de 
la mañana y cogí la impresión de que el clima debe ser pro- 
picio al desarrollo de las malarias, como parece suceder en la 
mayor parte de las ruinas Mayas conocidas. 

Según las fechas en los monumentos la ciudad floreció 
durante unos dos siglos y luego fué, al parecer, abandonada. 
Esto, en mi opinión, fué mucho antes de la conquista; sin em- 
bargo algunos de los historiadores españoles antiguos hablan 
de Copan como de lugar poblado que se resistió á las armas 
españolas. Cuentan, sin detalles, que esa provincia — Chi- 
quimula — fué conquistada por los oficiales de Don Pedro de 
Alvarado y que se sublevó en 1530. Se comisionó á Hernan- 
do de Cliavez para que debelara la insurrección; y después de 
muchas batallas sitió á Esquipulas, cuyo cacique se rindió, 
quedando en consecuencia pacifiíada esa provincia. Copan 
Calel, el cacique de Copan, había sido el alma de la rebelión 
y Hernando de Chávez dispuso cartigarle. Según la historia 
fué Copan una de las ciudades nuls pobladas y opulentas de 
ese reino y contaba, incluyendo á sus aliados, con treinta mil 
hombres aguerridos, bien disciplinados y annados. Tres días 
duró el combate con poca suerte para los Invasores, cuando 
Chávez recibió noticias de q\ie en un lugar la profundidad 
del foso era insignificante y allí se dirigió con su fuenta. Los 
Copanes siguieron sus movimientos y pusieron sus más va- 
lientes soldados en las trincheras. La infantería secundada 
por la caballería nada pudieron efectuar; varias veces trata- 
ron de escalar las trincheras y cada ves fueron rechaiados. 

- 131 - 



Muchas fueron las bajas en ambos lados y ninguno quiso 
ceder, cuando un caballero brincó el foso; por la vio- 
lencia del ímpetu se rompió la trinchera y el caballo 
asustado se metió entre los Indios. Otros caballeros siguie- 
ron y diseminaron tal terror entre los Copanes que rompieron 
sus líneas de defensa y huyeron, dejando Copan abandonada 
á su suerte. Viendo hoy todavía las murallas de la ciudad 
se da poco crédito á este relato; mas verosímil me parecería 
que las hazañas de Cha vez hayan tenido lugar en otro sitio 
del mismo nombre. 

La extensión del recinto de las ruinas es de 600 yardas 
por 300 yardas aproximadamente, más es de presumirse que 
estas ruinas no representan sino los templos ó palacios, mien- 
tras que las casas en los alrededores en una gran área y he- 
chas de cañas y de paja han desaparecido, una vez desiertas, 
bajo la influencia del clima tropical sin dejar huella. Lo 
cierto es que, una legua antes de llegar, en la cumbre vi una 
stela y me aseguran que hay otra en una cima en dirección 
opuesta en más ó menos la misma distancia del pueblo. 

Las ruinas propiamente, consisten en una serie de cons- 
trucciones en forma de pirámides, más ó menos bien conser- 
vadas; las edificaciones que antetí había encima de ellas han 
desaparecido, unas por causa del material empleado y otras 
porque se han hundido. La suerte, de vez en cuando, reser- 
va á sus favoritos la fortuna de hallar estos tesoros ocultos 
y más adelante me ocuparé de un templo excavado por el cé- 
lebre arqueólogo inglés Maudsley. 

Juárros, el historiador patrio, relata que en el tiempo de 
Francisco de Fuentes y Guzmán, cronista del reino, aún exis- 
tía intacto el gran circo, pero no nos puede merecer mucha 
fé la descripción de Fuentes, ya que habla de unas esculturas 
como en ropaje casteMano, y de otras con medias, gorgnera, 
espada, gorra y capa corta. Luego cuenta que en la entrada 
del portal hay dos pirámides, desde las cuales está suspendi- 
da una hamaca que contiene dos figuras humanas sentadas, 
una de cada sexo, vestidas al estilo indio. A pesar de ser tan 
grande y hecha de una sola piedra de un peso enorme, se 
puede mecer por el impulso más ligero de la mano. Desde 
1700 cuando escribió Fuentes hasta el año 188H, cuando el 
coronel Galindo visitó las ruinas, nos faltan datos y ya que 
éste en su informe extenso no hace mención de aquella hama- 

— 132 — 



VR. y tampoco se han encontrado restos de aquel milagro en 
el sitio señalado por Fuentes liaremos bien en relegarlos al 
reinó de la fábula. 

Antes de penetrar al recinto de las ruinas haré una des- 
cripción de lo que hoy se vé desde el lado del río, en cuya 
margen derecha se encuentran. La parte que salta á la 
vista y que se podría llamar la cindadela, representa una 
muralla de- 750 pies de longitud y de unos 150 pié< *•»] <ii 
altura uiayor. 

Juzgando de las pocas yardas cuadradas en la parte su- 
deste que quedan en pié y de las grandes * luasas de piedras 
rectangulares, picadas con maestría (jue se encuentran amon- 
tonadas en la playa, toda esta pared fué hecha de piedra la- 
brarla, más hoy no quedan señas de si era en forma de terra- 
do () azotea ó perpendicular, pues esta parte es la que más 
riesgo tiene de desmorronai^se por causa de la vegetación 
exliuberante y de las continuas influencias meteon^lógicas. 
En la superficie se f)bservan cuatro apert\iras artificiales- dos 
de ellas salen oblicuas — que la gente del lugar llama *'ven- 
tanitas'' y que seguramente comunican ccm el interior. Solo 
una encontré (pie parte del ''Patio Sagrado" del que hablaré 
más adelante y termina en la muralla exterior, más ó menos 
ú cien pies encima del nivel del río. Kste pasadizo que tiene 
dos pies de ancho t^i la base y un pié arriba, a|)enas tiene 
dos y medio pies de altura y s\i largo seni de se.senta pies. 
por el cual pasé con facilidad, pues está i)erfect amenté con- 
servado. Ln secci<>!i es de »'sta forüín: 



t 




El arco Maya que formaba las bóvedas de las liabitacio- 
nes ó celdas descansaba en el mismo sistema, solo los canteros 
fueron quitados y ligeramente rondeados, resultando así una 
bóveda ojival, algo alta en relación al ancho. Para el arco 
usaron piedras cortadas al chaflán y el espacio que result(') 
entre estas y la pared exterior fué llenada de escombros y 
mezcla, de modo que de afuera se veía una construcción cua- 
drangular. El peso que soportaba el arco fué grande y ésta 
será la razón porque tan pocos están conservados. Había 
varios modos de hacer estos arcos, como v. g. la interpolación 
de piedras cuadrangulares que en intervalos regulares sobre- 
salían y así permitían una bóveda más ancha. 





Fig. B. 



Fíg. c. 



Volviendo á la muralla del grupo de los edificios princi- 
pales, de la que acabo de hablar, hay que convenir en que 
llama la atención por lo gigantesco, y teniendo en cuenta los 
pocos medios que estos indígenas tenían á su alcance, se pre- 
senta esta com obra de cíclopes. 

Penetrando al área de las ruinas, viniendo del pueblo, 
se pasa por una serie de túmulos al lado izquierdo y de unos 
pocos al lado derecho, hasta llegar á una senda estrecha for- 
mada por un túmulo en la izquierda y una pirámide pequeña, 
bastante alta á la derecha. Esta senda luego se ensancha 
conduciendo á lo que he llamado el "Patio Principal," un 
cuadrángulo de 375 pies por 200 pies aproximadamente en su 
extensión menor, emparedado en el Sur y en el Este por 



- 134 



grandes pirámides. Unas pocas gradas anchas en el lado 
Oeste forman la entrada y la mirada queda fija en una mul- 
titud de piedras esculpidas, la mayor parte con geroglíficos, 
dispersos á tal punto que ya nadie sabe cual era el sitio ori- 
ginal de ellas. A mi pregunta contestaron los lugareños que 
la compañía americana que había trabajado en las excava- 
ciones había reunido en ese lugar las piedras para hacer va- 
ciados y fotografiarlas. Mal servicio prestaron á lacienciacon 
este método vandálico, quizás cómodo para ellos, pues como lle- 
vo dicho difícil será ya determinar su posición original. Ante 
tanta riqueza de material se resiste la pluma á hacer una des- 
cripción por ligera que sea. Sinembargo, no puedo hacer opo- 
sición á la tentación de citar algunas de las piedras que más 
saltan ala vista. Una de las principales es una losa, 66" x 32" 
X 15" lisa arriba; el costado del frente representa una ser- 
piente con piernas de tigre, magníficamente esculpida; lo8 
otros tres lados forman grupos de geroglíficos formados por 
figuras enteras humanas y animales, como los veremos má^ 
adelante en una de las stelas. Cerca de ella liay otra bi-piño- 
nada, muy bien tallada, representando en el frente y atrás 
la serpiente ^lada en rico estilo plateresco. No creo equivo- 
carme al pretender que en el frente de esta piedra está la 
única alusión fálica que he visto en las ruinas. En el costa- 
do izquierdo se distinguen figuras humanas, quizás una mu- 
jer al lado de un niño y en el derecho un xajx) grande, la 
cabeza para abajo bastante borrada. Otra pietlra muy inte- 
resante representa una figura recumbente, sentada á modo 
oriental, la cabeza apoyada en el codo. Una serpiente sale 
por debajo de su brazo derecho 'tomando rumbo á la izquier- 
da. Muy probablemente es otra serpiente alada, más es de- 
masiado gastada para aíirmarh). Kn una de tantas piedras 
cu adrangu lares de 61" de alto, hay una figura hermosa con 
barbas, probablemente de Cuculcán, y dos cruces e<]uilatera- 
les en el "ex." Esta escultura reguerda más bien las de las 
primeras épocas cristianas; en otro sitio, seguramente no se- 
ría tomada por obra de indígenas de este suelo. Otra piesa 
de interés es una cabeza humana grande rodeada de la boca 
del lagarto, tan común en las e8c*ulturas Mayas Hoy se en- 
cuentra arrimada á un altar colosal, pero este no ha sido su 
sitio. El altar á que me refien) muestra en la.sobrefaz y en 
un lado la conoc*ida cara Maya convencionalizada; loe ex- 

- 135 - 



tremos son formados por cuatro piernas humanas, dos en 
cada lado y todas en la misma dirección como si fuesen de 
dos personas tendidas de espaldas, las rodillas atraídas y es- 
barrancadas. Tras este altar hay una stela caída, en mal 
estado. El lado Oriente de este patio es formado por una 
pirámide muy alta y una tercera parte de ella de abajo para 
arriba es formada por escalones con inscripciones geroglífi- 
cas. Desgraciadamente se está descomponiendo esta pirámi- 
de, uno de los monumentos más dignos de nota de Copan y 
una tercera parte del ancho de la escalera está cubierta de 
tierra que de arriba se ha desligado. En mi opinión, toda 
la multitud de piedras cuadrangulares que están dispersas 
en el patio, formaron la gradería de la pirámide hasta la cima. 
En el centro del cuarto peldaño, de los que aún existen, y 
^•ontando de arriba se encuentra ía figura de un rey ó de una 
deidad de tamaño natural, magníficamente esculpida; está 
sentado en un trono cubierto de una manta flequeada en una 
postura completamente natural. Saliendo de la cuarta gra- 
da inferior y exactamente debajo de la referida figura, hay 
un altar colosal en muy mal estado de preservación. Si se 
puede prestar fé á los lugareños esta suntuosa escalera, hasta 
no hace tantos años, había quedado ocultada l3ajo una capa 
gruesa de tierra, probablemente cubierta de otra escalera. 
Sin duda por la acción perenne de las lluvias y de las raíces 
de árboles que crecen en la parte superior de la pirámide, se 
soltó la tierra y así, accidentalmente, se presentó á la vista 
esta parte hermosísima del Patio Principal. Al pié y acopia- 
dos en un lado de esta escalera, hay un montón de piedras 
toscas que en aquella ocasión bajaron y que por algún moti- 
vo desconocido habían servido para esconder esta obra es- 
pléndida. En el costado Sur del mismo Patio Principal y 
delante de otra pirámide altísima, se encuentra la stela que 
Maudsley en su plano de Copan señala con la letra N. Este 
monolito de 13 pies de alto por 4 pies de frente y 3 pies de 
ancho llama la atención por lo excelente de la escultura en 
alto relieve, en muchas partes libre, quizás la mejor de las 
stelas que aún existen en Copan. El frente y el revés repre- 
sentan figuras humanas ricamente ataviadas y profusamente 
adornadas. Ambos costados forman series de geroglíficos. 
Estas stelas estuvieron pintadas en su tiempo y en algunos 
lugares se distingue el color rojo que parece más bien 

— !•}() — 



un esmalte. Esta stela N. es la menos antigua de Copan. 
Alrededor del monolito hay cuatro losas jabadas con gero- 
glíficos y en frente de él, á poca distancia, se encuentra un 
altar redondo, monolítico también, cuyo haz representa una 
serpiente y la parte inferior algún monstruo de varias 
cabezas. 

Saliendo del Patio Principal y siguiendo en dir«»eeión 
Norte, se presenta á la vista un vasto campo de 600 pies por 
375 pies, en cuyo extremo septentrional se encuentra el Patio 
de los ídolos, emparedado en tres lados por construcciones 
piramidales, dejando abierto solamente el lado Sur en cuyo 
centro se levanta otra pirámide. Estos ídolos, que Maudsley 
llama Stela, son unos grandes monolitos que represeiítan 
por lo general figuras humanas y dan su carácter peculiar á 
las ruinas de Copan y de Cjuiriguá. C'ada stela tenía ix)r 
delante un altar monolítico, que por lo general es menos ar- 
tístico que la stela. Dejo abierta la cuestión de si estos al- 
tares jamás han servido para la inmolación de sacrificios hu- 
manos, á pesar de que, en algunos esta idea no es lejana. 

Kntrando en este Patio desde el Patio Principal, la pri- 
mera stela que se ofrece está muy cerca de la pirámide que 
se eleva en el lado Sur (stela A). Tiene 12 pies de altura por 
3 pies de frente y 2 pies H i)ulgadas en los costarlos. I^ es- 
cultura del frente es superior y su parte distintiva es el ador- 
no de la cabeza en forma de turbante anguloso. Kl revés 
presenta dos filas de grupos compuestos de geroglifuMK** y á 
los lados una, todo bastante bien conservado. Kn vano bus- 
qué el altar, que juzgando jH)r la formación del terreno pue- 
de estar enterrado. A i^KH-a distancia al Sur. (|ue<la otra 
stela en muy mal estado. Kn un hoyo, al la(h), st* ve una pie- 
dra redonda, que más bien parece fundamento que altAr, 
pues en el sitio en donde estaba plantada esta stela liay un 
cuadrángulo foruiado de pitnlras de un pie en cuadro, ador- 
nado de geroglíficos. Este cuadm solosale unas*.» pulgadande 
la tierra y bien puede ser que tenga más )>n>fundidad y que 
haya servido de altar. Al Norte de A hay otra stela n>ta en 
muchos fragmentos, cuyos pit^ wm lo linico que queda en su 
lugar. Kn IrtMite hay uu altar circular con una cornisa á 
Uiedia altura. iJama la atención este altar por la excavación 
semi-esférica en el centro de la que salen don canales serpen- 
tinos que llegan hasta la comisa y que pueden haU»r servido 



de guía para la sangre de las víctimas. Debo decir que en 
ningún monumento hay alusión á sacrificios humanos y bien 
puede ser que los Mayas hayan sido menos Sanguinarios que 
sus vecinos mexicanos. La stela B que sigue (144 X 48 X 40 
pulgadas) es de particular interés por su aspecto enteramente 
oriental. El turbante que cubre la cabeza de la personali- 
dad, tiene forma chinesca y además el adorno superior del 
frente es aparentemente la reproducción de dos trompas de 
elefante. En esta conexión debo consignar que existe una 
teoría de que en un tiempo, que se pierde en la antigüedad, 
llegaron misioneros budistas á estas tierras, que han puesto el 
sello de su inñuencia no solo en la religión de los aborígenes, 
sino también en sus costumbres y construcciones. Para subs- 
tanciar este aserto mucho se ha escrito sobre la proveniencia 
oriental de la yadeita legítima [piedra verde semi-preciosa], 
que se ha encontrado aquí, especialmente en piezas de valor, 
magníficamente talladas, que generalmente se ponían en la 
boca de los muertos, á manera del óbolo de Carón en la mito- 
logía griega, y que después, cuando se agotó la verdadera, 
fué sustituida por otra clase de piedra verde, dura, indígena 
de esta tierra; sinembargo hasta la fecha creo que la ciencia 
aun no ha dicho su última palabra sobre el particular. La 
escultura, toda en el alto-relieve más pronunciado y libre, 
así que en las convoluciones se puede pasar el dedo todo al 
rededor, es especialmente buena y muy bien conservada. Los 
costados tienen una fila de gerogiificos cercados de una cade- 
na fantástica, de la que salen dispersos otros gerogiificos. El 
reverso no carece de interés por el adorno, que trae á la me- 
moria la forma convencionalizada de la cruz, en cuya j)arte 
superior está sentada, con las piernas cruzadas, la graciosa 
figura de una deidad. El esmalte rojo está bien preservado 
en esta stela. Al Oriente está la stela C, que desgraciada- 
mente se halla rota en dos pedazos y cuya escultura es la más^ 
rica y ornamentada. A poca distancia queda el altar grande 
y plano de esta stela en forma de concha de tortuga, y sin 
adorno geroglífico. El lado Norte del Patio de los ídolos 
está formado por una pirámide, cuyo peldaño inferior con- 
tiene una piedra cubierta de gerogiificos. Delante de esta 
piedra, que seguramente demuestra cierta importancia, se 
encuentra la stela D, de 141 X 36 pulgadas. El frente es 
bien tallado y el personaje que representa tiene bigotes y 

— 138 — 



barba: los costados nmestran ricos adornos y en la parte su- 
perior hay dos deidades: una de las del lado Este, es indu- 
dablemente el dios con nariz de vampiro, mientras la figura 
correspondiente del lado Oeste me parece representar al dios 
Itzamná. La parte más interesante de este monumento y 
ciertamente de lo más notable en Copan es, sinembargo, él 
reverso donde el escultor, en vez de los geroglíñcos corrientes 
sembró figuras enteras; una vez sustituyéndolos, otra vez en 
combinación con geroglíficos ordinarios. De los 16 grupos 
los dos más cercanos del suelo están completamente destrui- 
dos; de los que siguen en dirección ascendente, el de la dere- 
cha representa al dios con la nariz de vampiro con otra dei- 
dad que desgraciadamente está casi completamente borrada 
é inconocible. La postura de las figuras es sumamente ori- 
ginal y artística. El grupo de la izquierda solo representa 
una deidad, puesto que la otra mitad de la partición tiene 
un defecto en la piedra, en forma hemisférica de 9" pulgadas 
de diámetro. , He observado que la piedra arenisca y blanda de 
Copan que tiene generalmente un color de arbeja tierna, en- 
cierra de aquí para allí una piedra másobscura y muy dura de 
la consistencia de la pirita y en la mayor parte de las vec^es 
este engaste es esférico. Cuando el escultor encontró tal en- 
gaste, ó rechazó de plano la piedra ó trató de sacar el engas- 
te, pues con sus instrumentos primitivos no le era posible 
labrarlo. Kn el caso que nos ocupa hizo lo posible por ex- 
traerlo, pero hallando que desfiguraría la obra, le dejó en su 
lugar resultando trunca esta partición. En el centro de las 
particiones 12 á ló hubo otro desperfecto de esta índole de 
10" ó pulgapas de diámetro, pero de \kk'h profundidad. En 
aquel caso consiguió quitarlo y labró sobre la parte quebrada. 
El altar que pertenece á esta sti'la es colosal y forma un cua- 
drado cuya diagonal señala liacia la stela. En frente de este 
altar Mr. JolinC )Nven, jefe de la compañía norte-americana, ijue 
trabajó en las ruinas en ISW.S encontró su última morada. 
Ninguna lápida que eternice su nombre adorna su sepulcro: 
sus comi)añeros sembraron en el lugar donde se encuentra ia 
cabeza una escultura que representa una serpiente, símbolo 
Maya de la eternidad. Sobre el terraplén de una pirámide, 
al Oeste de la stela B en un lugar queMaudsley en su plano 
señala con la letra E se encuentra otra stela, quebrada en doe 
pedazos con los geroglíficos muy gastados. Con la ayuda de 

— i.in - 



palancas le dimos vuelta, más no valía la pena, pues á causa 
de la escultura más superficial hasta la cara estaba casi bo- 
rrada y toda la obra era menos cuidadosa que las estatuas 
abajo. Lo único que revelaba interés era el geroglífico ini- 
cial que da principio á la fecha. Trasladándome al lado 
Noreste del Patio, llegué primero á la stela F de 144 X 36'' pul-^ 
gadas. La ornamentación de esta stela es riquísima y la escul-' 
turafranca y muy buena. También esta figura tiene bigotes, 
pero lo que sobresale es el reverso que consta de cinco meda- 
llones de los cuales cada uno contiene cuatro geroglíficos. El 
contorno de estos medallones es formado de cordones gracio- 
samente enlazados y su disposición, vista de alguna distancia, 
da la impresión de unos blasones ó escudos de armas. VA 
adorno alrededor de los medallones es de lazos artísticamente 
dispuestos y todo ello parece más bien una obra del tiempo 
del Renacimiento que de los aborígenes americanos. El es- 
malte rojo está especialmente bien conservado en el reverso 
de este monumento. En frente hay un altar que representa una 
cara convencionalizada, cuyas dimensiones son 68 X 44 X 48' 
pulgadas de altura. El próximo adorno de escultura es proba- 
blemente un altar de una figura rara y estrecha en forma de 
triángulo rectangular, cuya hipotenusa es bizarramente escul- 
pida. En una parte de ella hay un puentecillo ó galápago po- 
día que haber servido para encorvar á las víctimas. Debajo de 
este galápago y en ambos lados hay dos filas de grupos gero- 
glíficos. El conjunto representa la figura convencionalizada 
de la serpiente, y en el extremo más estrecho y delante del ho- 
cico de la serpiente se distingue á la deidad de la muerte 
[deidad A según SchellhasJ. La última stela H también es 
de mérito artístico: por el traje se ha supuesto que represen- 
ta á una mujer. Los lados son adornados simplemente, sin ge- 
roglíficos, y el reverso en el centro representa la cabeza, algo 
maltratada de una deidad. El adorno encima de esta cabe- 
za es particularmente hermoso; es otra cabeza más pequeña 
que salta de la boca abierta del lagarto. La disposición de 
rayas da á esta parte superior la vista de una cabeza de león 
con su melena y la parte inferior forman cuatro grupos ge- 
roglíficos. 

A una distancia de 400 pies, aproximadamente, del Patio 
d^ ídolos, se halla otra stela más, aislada al pie de una 
pirámide. No tiene fecha, pero por su estilo en un relieve 

— 140 — 



mucho más bajo y su ejecución menos esmerada, juzgo que es 
de otra época. El frente insinúa la idea de una cruz con- 
veneionalizada y en este sentido tiene unos puntos de contac- 
to con el reverso de la stela B. Tanto el frente como el re- 
verso están cubiertos de geroglíficos, con la particularidad 
que en el reverso estos están dispuestos en líneas entrelazadas 
de la manera de una estera ó petate [Maya **pop'\]. El al- 
tar en frente de esta stela también tiene distinto carácter de 
los demás: es menos grande ó más bien terso. Tiene zócalo 
con adorno de líneacs angulares y encima de él una construc- 
ción cuadrangular con las esquinas rondeadas: en el frente 
se vé el geroglífico del sol en un semicírculo y fuera de él los 
rayos. En el reverso está en vez del sol la cabeza del tigre 
[hiixj, símbolo del sol. 

Regresando al punto donde se entra en t^\ Tatio Primi- 
pal, se toma la dirección Sur por unas 60 yardas y ascendien- 
do las gradas de Ja pirámide llega uno al Patio del Altar ó 
Patio Occidental En el lado Este de éste Patio y delante 
de una escalera que conduce á la meseta encima del Patio Sa- 
grado ú Oriental se encuentra la stela P, ricamente esinilpi- 
da, pero de relieve no muy alto, en buen estado de conserva- 
ción. La particularidad de esta stela consiste én que es cun- 
eiforme, siendo la base bastante más estrecha que la parte 
superior. El carácter de la esí'ultura agraria por más que 
difiere del de las otras stelas. 

En la esquina Norte del Patio y á unas 20 yardas de 
distancia de esta, stela hubo lo que parece un rerinto sagrado 
al cual conducen unas gradas en las (pie hay grabados unos 
geroglíficos hermosos y grandes. 

No muy lejos hay, tirada en el suelo, dt>n<lest»gnramentf 
no era su lugar, una lápida de 6 pies en cua<lro nm la repre- 
sentación de una deidad, probablemente la de la nmerte, la 
con la nariz de viímpiro, llevando sobre un plato una calave- 
ra Jnimana. La lápida está rota en cuatro ¡HMJa/.os y la es- 
cultura se divisa ya mal por la influencia ineteonílógica. 

En el centro del lado Kste del Patio está el hennosi> al- 
tar que me sugirió la idea de sefialar este Patio ^M)r el mote 
del altar. Tiene rt pié^ en cuadro por 4 pies de altura y des- 
cansa sobre cuatro pies esféricos tallados de la misma pie<1ra. 
La escultura — la única en Copíin— es en bajo relieve y es íle 
mérito artístico en sus detalles. Kn cada lado hay 4 figuras, 

- ui - 



sentadas sobre geroglíficos al estilo oriental con las piernas 
cruzadas, como parecen orientales también los turbantes. En 
el lado oriental están representados los jefes, divididos por 
un grupo de geroglíficos, mirándose cara á cara; sus compa- 
ñeros en este mismo lado siguen en misma dirección de sus 
jefes, mientras en los otros tres lados miran en una sola di- 
rección. El lado superior lo forman treinta y seis grupos 
geroglíficos dispuestos en cuadros de seis. Atrás del altar 
hay una serie de gradas que conduce hacia arriba y en la mi- 
tad de la altura de la pirámide hay un renglón de grandes 
calaveras de piedra. En el lado Sur de este Patio y frente á 
una pirámide en estado de deterioro, hay una serie de 
fragmentos de esculturas grandes, transportados allí por ex- 
ploradores anteriores. En el centro hay un altar en mal 
estado, sobre el cual pusieron un hermoso fragmento de una 
columna representando una figura humana bien tallada en 
un relieve no muy alto. La cara en perfil representa el co- 
nocido tipo de Palenque con la frente rebajada y es barbada; 
las manos unidas, medio cerradas sobre el signo "pop" tiene 
un pulgar y tres dedos solamente. El fragmento alcanza hasta 
la rodilla y tiene tres y medio pies de altura. Debajo de la cara 
está otro signo ' 'pop" y de él emana una hermosa cabeza de ser- 
piente, mientras la nariz de la serpiente [que figura tanto en 
las representaciones Mayas] nace de la frente de la figura 
principal. En el reverso hay otro signo "pop" y es ocupado 
ca^i en su totalidad por el adorno de la cabeza que consiste 
de plumas de quetzal, atadas sobre la oreja por medio de un 
lazo gracioso; hay también siete grupos dobles de geroglífi- 
cos; pero, como llevo dicho, falta la parte inferior. Cerca de 
otros fragmentos de poca importancia y uno en cada lado de 
la pirámide hay dos lápidas grandes de 91'' X ^^" X 15" de 
altura, lisas completamente con excepción de que en tres lados 
tienen grupos dobles de geroglíficos. Puede ser que estas 
lápidas hayan servido de mesas, de las cuales un lado— el 
liso — se encontró arrimado hacia la pared y no necesitaba de 
adorno. 

Subiendo la pirámide atrás de la stela P, á una altura 
considerable se halla un terrado bastante grande que condu- 
ce al Patio Sagrado ú Oriental, emparedado en todos los la- 
dos por pirámides con gradas. Puede ser este el Gran Circo 
de Copan que cita Juárros relatando las crónicas de Francis- 

— 142 — 



i 



/ 



co de Fuentes. Este habla de un espacio circular y de pirá- 
mides de 6 yardas de alto: pero las últimas son mucho más 
altas y el espacio es un rectángulo de 140 por 90 pies. Pro- 
bablemente este fué el punto de reunión en las ocasiones 
grandes ó en las acciones sagradas, pues el recinto tiene as- 
pecto de anfiteatro. Sobre el terraplén hay muchos frag- 
mentos de piedras talladas: la más notable es un altar pe- 
queño: su frente está casi borrado: pero los costados y el 
reverso cubiertos con profusión de geroglíficos. Otra piedra 
que llama la atención es una cabeza de 4 pies de alto. En 
la parte Suroeste hay una construcción con el techo destrui- 
do con unas celdas pequeñas de 6 X 10 pies, de las cuales 
solo una está bastante bien preservada. En ella se ven tres 
nichos y el arranque fiel arco Maya está en parte conservado. 
El alto de estas celdas habrá sido de 9 pies. Por lo general 
hubo secciones de do» celdas, una tras otra, siendo la inte- 
rior .separada de la exterior por una grada y el piso de aque- 
lla al nivel de la grada. A flor de este terraplén y en los 
lados Norte, Sur y Kste, se levantan construcciones piramida- 
les que arrancan de las azoteas de las pirámides ijue forman 
las paredes del patio y en la cima están los templos y lugares 
habitados. Del Patio conducía un pasillo de 20 pies de 
ancho por 300 pies de largo á la salida en el lado del río. 
A lli se encuentran seis discos de piedra que pueden ha l>er 
sido las bases de otras tantas columnas. Kn la ewjuina for- 
mada por este pasillo hay una cabeza grande y sobre las gra- 
das que del Patio sul>en al terraplén hay otra gigantesia de 
6 pies de alto; como aquí y allí hay dispersas piezas esculpi- 
das de más ó menos mérito. lia cima de la pirámide del 
lado Kste, que da al río la forman los restos de dos torres cin*ula- 
res y debajo de estas al nivel del patioque<ia laentradadel pasa- 
je I "ventanita" | que más arriba lie descrito, l'nos i\ pien de- 
bajo de este pasaxlizo, subterráneamente, encontrt^ el Conmel 
(ralindo en 1885 una Ixueda sepulcral pecpieña. con muchos 
nichos: en estos y regarlas en el suelo halló una cantidad 
de jarrinas de barro rojo, nuls de cincuenta de ellas, 
cuenta, llenas de Iniesos humanos enterrados en cal. Tam- 
bién algunas navajas fihuias y puntiagudas de olisidiano 
(chay I y una calavera |>equeria tallada en pit^ira verde de 
un trabajo cxq\iisit»> 

u.; 



r- 



Es particular que en todas las ruinas y especialmente en 
esta parte que debe haber servido para habitaciones no se 
vean trazas de acueductos ni de cocinas. 

Partiendo de la esquina Noreste del terraplén y yendo 
para las pirámides superiores del lado Norte se llega á las 
ruinas de un templo. Aun existe la tercera parte de un por- 
tal espléndidamente tallado que representa una cara conven- 
cionalizada. Siguiendo con rumbo al Este y en.el centro de 
la pirámide, se presenta á la vista la ruina de un templo que 
Mr. Maudsley ha descubierto y excavado. Sorprende la mag- 
nificencia de la escultura que absolutamente parece obra de 
los indígenas y que en nada puede compararse con los monu- 
mentos que dejo descritos. El templo mismo consta, como 
las otras construcciones, de dos piezas sencillas, la interior 
algo más grande pero completamente arruinada, separada 
por una grada, que, en este caso tiene dos pies de alto y está 
cubierta de geroglíficos grandes perfectamente grabados en 
el más alto relieve y de las formas más nobles. Las jambas 
descansan en ambos lados sobre calaveras y sobre ellas acu- 
rrúcanse figuras en forma de cariátides, soportando en la 
cabeza la serpiente, que sirve de sostén á una figura humana. 
Desgraciadamente no existen ni los escombros del dintel de 
la puerta, que deben haber sido la parte más interesante y 
cuya falta dificulta la descripción de la acción de las muchas 
figuras humanas y mitológicas que exhibe esta magnífica 
obra maestra, la mejor entre tanto bueno en Copan. Sepa- 
rado tan solo por un pasadizo estrecho, hay otro templo, pa- 
recido en su disposición al anterior, pero sin la portada egre- 
gia de aquel. La grada que conduce de una cámara á otra, 
muestra una fila de preciosos geroglíficos, que, con todo, no 
son comparables á los que descubrió Maudsley. 

No sería completa la descripción de las ruinas de Copan 
si omitiese la descripción de dos altares, que se encuentran 
hoy en la plaza del pueblo bajo una hermosa ceiba y que di- 
cen se encontraron casi en el sitio que hoy ocupan. El pri- 
mero, más pequeño, representa de frente una cara enorme 
convencionalizada, con el signo "Ahau" en las pupilas. Apa- 
rentemente había más figuras humanas en los lados; pero se 
encuentran en tan mal estado que ya no se distinguen. En 
el lado izquierdo hay, á lo que parece, una quijada con tres 
dientes á la inversa sobre la cual está sentada una figura. 

— 144 — • 



En la parte superior hay 24 geroglíficos, casi completamente- 
borrados y en el reverso hay 50 de los cuales la mayor parte 
son legibles. 

El otro altar lo cuento entre lo más sabresaliente en Co- 
pan. Sus dimensiones son 78'' X 57" X 29'\ más desgra- 
ciadamente, está en tan mal estado de ruina que cuesta des- 
cribirle con alguna certidumbre. La parte superior, se conoce, 
estaba cubierta de un raudal de figuras curiosas, que á la 
sazón están borradas. 8e reconoce tan solo la figura princi- 
pal al parecer un sapo gigantesco, cuya cabeza está circun- 
dada con la boca abierta del lagarto, como lo hemos visto en 
un número de los monolitos. Las manos terminan en garras 
tremendas, en las muñecas se ven pulseras, cuya fonna no se 
distingue ya; lo único reconocible son los remates de la ma- 
nilla en forma de flor, de la que está adherido un pez. Este 
último símbolo cuyo concepto aún no conocemos, es bastante co- 
mún entre los Mayas, pues el mismo ha sido encontrado enchi- 
chen Itzá, en la Verapaz y en Copan. Generalmente repre- 
senta la flor una borla. En cada lado de las piernas mons- 
truosas que parecen serpientes inmensas y también terminan 
en garras, están sentados dos sacerdotes con inmensos adiar- 
nos de cabeza en el acto de sacrificar. I^>s tobillos están 
amarrados con una serpiente no muy grande con cal>e/.a 
enorme, cuya nariz es otra cabeza serpentina iHHjueña. Tam- 
bién en cada antebrazo hay un sacerdote en ademán de ofer- 
torio. En el lado Noroeste están cuatn) sacenlotes sentados 
con las piernas cruzadas sobre grupos de geroglifiros con ga- 
villas en las manos, al estilo del altar Q en las minas. Kl 
sacerdote de la izquierda tiene una capa alagartaida. una ra- 
dena larga de piedras redondas antidada y su gavilla es dis- 
tinta de la de los demás y el turbante tamluén es de otra 
forma. El segundo también tiene turbante; pero por el mal 
estado en (jue se encuentra la escultura no se puede deíicri* 
bir; su cadena no es anudada. Kstos dos miran hacía la ix* 
quierda. Entre ellos y los doe que siguen, hay, parecido al 
altar Q, ocho grupos de geroglíficos divididos en flos filas de 
cuatro cada una. Kl tercero tiene un turbante angular, so- 
bre el cual aparentemente hay un ave y su cadena tampcn^o 
es anudada. Kl cuarto tiene otro adorno de cal)e7^, encima 
del cual hay un animal que puede ser serpit»nte: tampoco su 
cadena tiene nudo. En el lado Sur hay cuatro personas m¡- 

_ 145 — 



rando á la izquierda. Los tres primeros tienen una cadena 
de. piedras redondas en el cuello que termina en una especie 
de borla y en cada cadena hay suspendida una cabeclta. 
Los dos primeros están sentados en el suelo, el tercero sobre 
un cepo aparentemente formado por una serpiente y el cuar- 
to está sentado sobre una de las enormes garras del sapo. 
Los dos primeros tienen figura humana, el tercero tiene 
forma humana con cara de tigre y el cuarto es de figura hu- 
mana con piel de sapo. El lado Sudeste está dividido en dos 
por una figura de campana con tres geroglí fieos. Kn cada 
lado yace una figura sentada sobre un grupo doble de gero- 
glíficos. Las caras son animales, la de la izquierda es de 
pisóte y la de la derecha es de mapache. Cada una lleva un 
geroglífico con el prefijo lO en la mano; el del mapache pa- 
rece el geroglífico del mes "cumliu" y el que lleva el pisóte 
del mes ''zip." Estos geroglíficos son incompletos y en otra 
parte están seguramente los signos de los respectivos ''kines" 
[días] que completarían la fecha. Ambos tienen cadenas en 
el cuello con una carita y borlas en los extremos. El lado 
Noreste tiene cuatro figuras. La primera es humana con piel 
de sapo, sentada en la garra del pie derecho del sapo, la se- 
gunda es figura humana con cara de mono, la tercera es fi- 
gura humana con cara de lagarto y la cuarta es la figura de 
un buitre con cabeza de guacamaya. 

Cerca de la plaza hay otro monolito quebrado en dos, 
uno de los más grandes. Para consignar aquí la superstición 
de la gente del lugar diré que me contaron que este monoli- 
to se encontró fuera del pueblo y que las autoridades dispu- 
sieron sembrarlo en media plaza. Para el efecto se mandó 
número suficiente de individuos para conducirlo y ya casi en 
el lugar de su destino uno de estos individuos en un momento 
de descanso rezó á la virgen, quejándose de cuántos hombres 
morirían, si algún día se cayese el monolito — ese resto de pa- 
ganismo. Luego sonó la voz de mando de proceder, pero la 
virgen exaudió las preces de su fiel y al hacer fuerza la cua- 
drilla el enorme monolito se partió en dos en el lugar donde 
hasta la fecha existe. 

No me alcanzó el tiempo para hacer un estudio minucio- 
so de los geroglíficos y de las fechas que lleva cada stela, 
quizás la parte más interesante del estudio Maya. 

_ 146 — 




Pasé en seguida á Quiriguá, donde tuve la suerte de en- 
contrar una comisión científica norte-americana, ocupada en 
la labor ele limpiar los monumentos allí existentes. Con mu- 
cha galantería me suministraron datos y ya que solo haré 
una descripción ligera de los monumentos, me serviré de los 
datos cronológicos que me facilitaron. 

Quiriguá esta situada á una milla de distancia y en el lado 
izquierdo del río Motagua cerca de ''Los Amates" á 56 millas 
de la costa atlántica en la tierra caliente. Su origen coinci- 
de más ó menos con el ocaso de Copan; la altura de sus mo- 
numentos es mayor en lo general de los de Copan y se verá 
que fueron sembrados con intervalos de cinco años, de modo 
que todos originaron dentro de una época de 60 años que 
debe considerarse la florescencia del lugar. 

La pedrera dista unas ocho millas del lugar* de las rui- 
nas en el lado derecho del río y es asombroso cómo pudieron 
trasportar estos enormes monolitos y pasar con ellos el río 
que en aquel sitio es caudaloso. Es de presumirse que en el 
tiempo histórico Quiriguá se encontró en la margen del río 
que habrá cambiado de cauce. 

Para la mejor inspección daré aquí un cuadm .mnológi- 
co con la dimensión de los monumentos: 

FECHA DIMENSIONES \' ^ i.hm 

II í).ir>. 0.0.0 ;j5"x3(r'xr)4"x v \r 

.1 í).l(i. 5.0.0 ;n"x42"xr»o"x()0" l<r(>"mái5:::: tifuajo iie la uerra 

F II. I(). 10.0.0 40"x40'*xó()".\r).r' 24' 

1) H.Ki.ió.o.o :n"x:iir'xr>()"x()r)" lo' 

P: í).17. 0.0.0 4:r'x4r>"xHO'*xr)2" 2.V considérase 12* bajo tIerrE 

A í).17. r).o.o :n"x40''x4})"x()2" H'I" gestas dos fueron sembrada» en «*! ml'^ 

C! í). 17. 5.0.0 38"x37"x4«"x5:r' 13'(V' Ono aHo. 

B 1». 17. 10.0.0 

G {). 17. 15.0.0 

i).18. 0,0.0 4'4" circunferencia 27 

V 0.18.5.0.0 7'2" circunferencia .nrü. i'ei»o42 lonciadas 

1 0.18.10.0.0 42"xV xíMVx70" 14'»"má8 3, 4" debajo de la llerra 
K 0.18.15.0.0 t.'"\1('."\.v;"v-,:" iriM" 

H. Como se ve del cuadro anteri<ir e8 la stela iiiAh anti- 
gua en las ruinas. El reverso es de forma cuadrangular, en- 
cerrando geroglíficos que representan el signo **i)op/' al modo 
de la stela J de Copan. La cara ee fea, cuando por lo regu- 
lar las caras de las stelas de Quiriguá son más naturales que 
las de Copan. La postura de las manos es parecida á las de 
Copan, con el dedo pulgar para arriba. Esta stela está caída. 

- 147 - 



J. Stela corta, quebrada, cuyo pedestal tallado está 
fijo en la tierra. 

F. En el zócalo hay una escultura magnífica que repre- 
senta la cabeza de un tigre que no deja de recordar las escul- 
turas venecianas. Llama la atención lo bien esculpido del 
adorno de plumas en la cabeza. La posición de las manos es 
más natural de la de Copan. Las figuras en Quiriguá llevan 
por lo regular un escudo en la mano izquierda y el adorno 
en los tobillos es generalmente una cara convencionalizada. 
En ésta, como en muchas otras estatuas, la fecha no es re- 
presentada por rayas y puntos, sino por sus geroglíficos sinó- 
nimos en forma de caras. 

D. Esta es una de las mejores obras entre las stelas de 
Quiriguá. ^ El perfil de la figura del frente, que es barbada, 
es excelente. En la parte superior de lalos dos hay 7 geroglí- 
ficos de figura entera del modo del reverso de la stela D de 
Copan; en la parte inferior hay 10 grupos dobles, menores y 
no de figura entera. 

E. Esta es la stela más grande conocida y se encuentra 
hoy en una posición exageradamente oblicua. La base de- 
bajo de la tierra, no puede tener menos de 12 pies de profun- 
didad. La figura en el reverso es especialmente bien hecha 
y es barbada. El peso de esta stela se computa en 45 tone- 
ladas. 

A. De una ejecución poca artística; el reverso está bas- 
tante borrado-. Bien puede ser que jamás haya sido una 
obra acabada. 

C. Esta se encuentra en muy mal estado. En un lado 
debajo de la serie inicial hay 26 geroglíficos y en el sex- 
to y el séptimo lugar se lee la fecha mitológica 4 Ahau 8 
Cumhu. 

B. Este monumento, que no es stela, representa un 
monstruo [tigre?] que lleva en la boca una cara humana. En 
el cuerpo, encima de la cola, hay una fila de geroglíficos de 
figuras enteras, como en las stelas D de Copan y de Quiri- 
guá. Sobre la parte delantera, tanto en el cuerpo como sobre 
la mano, hay esculturas menudas de mucho mérito, adornos 
con calaveras y uno de los signos "cam" [muerte]. 

G. Este es otro monumento que representa un sapo 
gigantesco; en la boca, con cuatro dientes, hay figuras huma- 

_ 148 —